Opinión
Trump y Venezuela: entre Monroe y Huntington

La ofensiva en Venezuela no buscaría moldear el país a su gusto, sino que negociar con el régimen, evitar alineamientos estratégicos adversos y restablecer un mínimo de estabilidad regional.

Trump y Venezuela: entre Monroe y Huntington

Abundan las lecturas e interpretaciones sobre la ofensiva estadounidense en Venezuela que anuncian, con tono alarmista, el inicio de una nueva etapa en la política exterior de Estados Unidos. Se trataría, básicamente, del retorno de la Doctrina Monroe bajo su versión trumpista, lo que supondría la recuperación del “patio trasero” latinoamericano y el abandono definitivo del derecho internacional como marco normativo. En paralelo, no faltan quienes invocan ese mismo derecho como si se tratara de un cuerpo plenamente coherente, homogéneo y dotado de obligaciones claras e indubitadas. Sin embargo, la operación en el país bolivariano parece tener un trasfondo bastante más complejo que el sugerido por los análisis gruesos y apresurados que circulan estos días.

La relación del gigante norteamericano con América Latina nunca ha sido sencilla ni lineal, y la propia Doctrina Monroe dista de ser unívoca: ha transitado desde un principio defensivo frente al colonialismo europeo a una justificación de la hegemonía hemisférica, pasando por etapas de repliegue, abandono y reaparición. De hecho, durante al menos veinticinco años Estados Unidos simplemente dejó de mirar hacia el sur. Si Washington hubiese querido intervenir, pudo haberlo hecho incluso a comienzos de los años 2000, cuando el chavismo avanzó en expropiaciones de empresas petroleras estadounidenses y ya se perfilaba como una amenaza regional.

Entonces, ¿por qué se dejó ser al chavismo por tanto tiempo y por qué Trump decide volver su atención a los vecinos del Caribe? La respuesta remite tanto al nuevo escenario internacional como a las lecciones aprendidas por Washington tras su propio pasado reciente. Donald Trump irrumpe en Venezuela cuando el régimen ya ha desestabilizado al continente completo: una crisis migratoria sin precedentes, operaciones ilegítimas en suelo extranjero y acusaciones fundadas de vínculos con redes de narcotráfico y crimen organizado transnacional. No es una reacción ideológica ni preventiva, sino más bien defensiva.

En lo fáctico, el mundo que enfrenta Estados Unidos ya no es el de la posguerra fría. El escenario es abiertamente multipolar y, como ha advertido estos días Juan Ignacio Brito, lo que vuelve a importar es el poder “crudo y duro”. Como indica el mismo autor en la revista del IES Punto y coma, Trump no crea esta inestabilidad mundial, sino que la encarna. Su improbable liderazgo no se entiende sin el agotamiento del orden liberal internacional y de las instituciones que lo sostenían. No es casual que organismos como la ONU o la OEA hayan observado durante años, prácticamente inmóviles, la consolidación de la tiranía chavista. Las reglas de antaño llevan tiempo tambaleando. En este contexto, las advertencias sobre el precedente que sentaría una intervención en Venezuela parecen ignorar que esta se explica en dicha situación y en el deseo del mismo pueblo venezolano de ver caer al dictador.

Todo esto puede mirarse también a la luz de la obra El choque de civilizaciones de Samuel Huntington (1993). En respuesta al optimismo noventero del “fin de la historia” y el apogeo del occidente liberal, el politólogo plantea que la futura escena internacional se caracterizaría por el auge en simultáneo de varias civilizaciones distintas y sus respectivas potencias, en que el elemento ideológico es reemplazado por la cultura y no existiría hegemonía mundial indiscutida de solo una de ellas. Por cierto, el autor no pretendía fomentar un conflicto efectivo entre culturas, sino advertir contra una ilusión peligrosa: el universalismo occidental que llevó a Estados Unidos entre los noventa y los dos mil a intervenir imprudentemente en países musulmanes intentando “evangelizarlos” con el orden liberal. Aconseja, así, privilegiar realismo y pragmatismo en las relaciones internacionales.

Esta distinción es clave para entender el caso de Venezuela y por qué toca al interés estadounidense. Venezuela es un país hispanoamericano, con herencia occidental y relación histórica con Estados Unidos y el resto de la región; que últimamente se encuentra sometido a una tiranía que ha abierto la puerta a potencias hostiles como Rusia, China e Irán. El plan –aparentemente– no es replicar el estrepitoso fracaso de ingeniería política en Irak, fracaso que marcó a fuego a la política exterior estadounidense. De hecho, MAGA surge, en buena medida, como un intento explícito de reconfigurar al Partido Republicano que legó la era Bush, y que durante décadas impulsó cruzadas morales en territorios hostiles a costa de su propio pueblo. Trump fue electo bajo la consigna de America First, y esto explica tanto su reticencia a actuar con vehemencia contra Rusia en Ucrania, como sus intentos por desactivar el conflicto en Gaza lo antes posible.

Desde esta clave, la ofensiva en Venezuela no buscaría moldear el país a su gusto, sino que negociar con el régimen, evitar alineamientos estratégicos adversos y restablecer un mínimo de estabilidad regional. Trump, quizá de forma implícita o incluso inconsciente, sigue a Huntington: se opone al universalismo neocon y reinterpreta la Doctrina Monroe como reafirmación de Latinoamérica como parte del bloque occidental –cuestión que al menos el pueblo venezolano parece valorar. La operación no está exenta de riesgos. Trump se caracteriza por la imprevisibilidad y las arbitrariedades. Por ahora este no parece ser el caso, sino más bien una acción con horizonte acotado, pragmática y, en el marco del nuevo orden mundial, difícilmente evitable.

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