Una cultura que solo tiene ideas sobre el mal a evitar es una cultura anémica que con razón se ha agrietado y comienza a quedar atrás.
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Como todo el mundo reconoce, estamos hace tiempo en una encrucijada. Cada contienda electoral, cada controversia sobre el rumbo de nuestra cultura, parece ser apenas una pieza dentro de un cambio de época, algo de calado mayor. ¿Se trata de una crisis de la democracia? ¿De una crisis de sentido? Estas alternativas no son excluyentes, claro está, pero se mueven en distintos planos. ¿Cómo se articulan los cuestionamientos que enfrenta nuestro mundo en esos dos planos?
Tal vez se pueda recoger alguna luz a partir del reciente libro del historiador Alec Ryrie, “The Age of Hitler”. A diferencia de sus eruditos libros sobre el siglo XVI, este es más bien un ensayo de comprensión del presente. Con la “era de Hitler”, Ryrie se refiere no a los años treinta o cuarenta, sino al mundo actual, con ese orden que aún (extrañamente) llamamos “de postguerra”. Es bien común que se exprese hoy temor ante el hecho de que ese orden esté en entredicho. La irrupción de un tipo u otro de iliberalismo constituiría un llamado de alerta para las fuerzas globales de la democracia. Sobre ese orden Ryrie tiene en realidad poco que decir, aunque definitivamente no está entre sus críticos. Lo que le ocupa es otra cosa: la imaginación moral que ha acompañado a ese mundo de postguerra.
La “era de Hitler” es (o fue) una era fundamentalmente determinada por una concepción del mal. Por décadas nuestro compás moral no nos ha dicho cómo actuar, sino solo cómo evitar actuar. “Tal vez todavía creemos que Jesús es bueno”, escribe Ryrie, “pero no con el mismo fervor y convicción con que creemos que Hitler es malo”. Las lecciones aprendidas de la Segunda Guerra Mundial son, en buena medida, de ese carácter negativo. Desde entonces esas lecciones obviamente se han expandido: los “valores anti-nazis” se han transformado en una lucha contra toda opresión, y su lógica se encuentra tan presente en el antirracismo como en el anticolonialismo. Esa sigue siendo la imaginación moral del presente.
Ryrie no tiene mayores problemas con su contenido, pero sí tiene problemas con lo limitado de su alcance. La obsesión con el mal radical ha tenido sus virtudes, pero es palmariamente insuficiente. Hay horizontes más amplios. Una cultura que solo tiene ideas sobre el mal a evitar es una cultura anémica que con razón se ha agrietado y comienza a quedar atrás. ¿Tiene sentido resistirse al remezón de ese cambio epocal? El ensayo de Ryrie sirve hoy como un profundo llamado de atención a los defensores del orden de postguerra. El solo lamento contra lo iliberal es estéril. Más productivo sería hoy defender el orden político de postguerra sabiendo a la vez renunciar –sin olvidar algunas lecciones– a la imaginación moral que lo acompañó.