Reseñas
Nuestro lugar en el mundo

Andrea Kottow nos entrega un volumen brillante en el que reflexiona, a partir de su propia experiencia, en torno a los vínculos entre padres e hijos. Nos muestra la manera en que todos nosotros construimos un lugar en el mundo distinto al de nuestros progenitores


Nuestro lugar en el mundo

Un padre sufre una caída mientras instala una cortina; es un accidente doméstico no demasiado grave, pero que le genera dolores en un costado. Como es médico, se receta a sí mismo analgésicos y barbitúricos para disminuir las molestias. Sin embargo, el exceso de remedios le termina produciendo una sobredosis que lo lleva a ser ingresado a la clínica. Esos episodios, que desembocan en el diagnóstico de una enfermedad autoinmune (que habría, a su vez, causado la caída), terminan derribando la sólida imagen que una hija tiene sobre su progenitor, que hasta entonces encarnaba la estabilidad, la seriedad y la ley. La de ambos es una relación sana, basada en una preocupación mutua y una comunicación sin aspavientos; con todo, observada en detalle por Andrea Kottow nos llevan a hurgar en las grandes interrogantes de todo ser humano ante su origen y su destino

Kottow, profesora de literatura de la Universidad Adolfo Ibáñez, nos entrega un volumen brillante en el que reflexiona, a partir de su propia experiencia, en torno a los vínculos entre padres e hijos. Nos muestra la manera en que todos nosotros —quienes estamos indefectiblemente atravesados por nuestra condición de ser, siempre, hijos de alguien— construimos un lugar en el mundo distinto al de nuestros progenitores. En ese ejercicio, la autora no solo echa mano a la experiencia personalísima en que se vuelve testigo de la decadencia de su padre enfermo, sino también a un amplio elenco de lecturas que le sirven para profundizar en las distintas formas en que podemos definirnos como personas únicas, distintas a quienes nos dieron la vida.

El mayor logro de este nuevo libro de Kottow radica en el tono del ensayo. La verdad también se mueve. Ensayo sobre literatura y paternidad equilibra a la perfección una sinceridad brutal, incómoda a ratos, con una ternura serena y reconciliada consigo misma. La vida se observa sin facilismos: están presentes los rencores, taras y traumas, que la autora rastrea en su propia genealogía y es capaz de observar siempre de frente. Están los suicidios de su abuelo y bisabuelo, matrimonios que se quiebran, momentos de incomunicación, exilios familiares y búsquedas rebeldes de una personalidad propia, por mucho que eso implique tensar las relaciones con quienes nos rodean. Todas esas búsquedas, sin embargo, no nacen de la nada, sino que comienzan con aquellas dimensiones que, desde el inicio mismo de nuestras vidas, están dadas por otros: “El nombre, que se llama propio, es algo que otro —aquel otro del que no solo recibimos el nombre, sino un legado y la pertenencia a una genealogía— nos ha dado y que debemos hacer nuestro”. Aunque no todo es tan neutral o inocuo como el nombre. Hay, también, elementos negativos, corrosivos, que pueden producir reacciones de otra índole y que igualmente provienen de quienes nos han antecedido: “¿No heredamos todos, en menor o mayor medida, la mierda de nuestros padres? Somos, entre muchas cosas, el producto de los traumas, los miedos, las debilidades, las imposibilidades de nuestros padres”.

La primera parte del libro relata esa enfermedad del padre e intenta racionalizar aquellas situaciones en que nosotros, los hijos, nos hacemos un espacio propio en un mundo que no siempre tiene los mismos planes para uno. Kottow relata sin pudor episodios crudos, que muestran cómo su progenitor se vuelve un lastre, un ser dependiente de aquellos a quienes educó para ser autónomos y libres. En la segunda parte disminuye la carga autobiográfica y adquiere una mayor importancia la revisión literaria de quienes se han hecho preguntas similares. Aquí aparece la profesora de literatura en su mejor versión, y desde una lectura atenta y sutil, recorremos el modo en que Kafka, San Lucas, Tolstoi, Homero, Knausgård o Rimsky (además de algunas películas) han elaborado relatos de diversa naturaleza —epopeyas de la antigüedad, evangelios, novelas modernas y contemporáneas— para hacerse cargo de esas preguntas infinitas e ineludibles: ¿de qué manera podemos asumir nuestra genealogía? ¿Cómo definir nuestro lugar en el mundo a la luz de nuestro origen biológico? ¿Qué papel juegan los padres —presentes, ausentes, conflictivos o pacíficos— en las respuestas que nos damos al preguntarnos por nuestra identidad? Kafka y las altas expectativas, Knausgård y su maldición paterna, Rimsky y su búsqueda incansable, San Lucas y el perdón al hijo pródigo; todos estos autores y personajes permiten abrir puertas desde las cuales afrontar las preguntas señaladas. Ese recorrido literario y cinematográfico cala hondo en el misterio de la paternidad y le da un enorme espesor reflexivo a este breve volumen.

En cierto sentido, la pregunta por la filiación y la paternidad cruza toda nuestra existencia. Provenimos siempre de alguien más, y lo más frecuente —todavía, al menos— es que trascendamos en la generación siguiente por medio de nuestros hijos. Nuestros apellidos, a su vez, dan cuenta de cierto espacio que ocupamos en el mundo —de ahí el énfasis que pone la autora en seguir, por continentes y tiempos diversos, las líneas de otros Kottow que caminaron el mundo antes que ella— y tienden líneas que siempre nos exceden. “Es un hecho ineludible que formamos parte de una cadena que nos marca, muchas veces misteriosamente. Somos todos, inevitablemente, hijos de alguien, y así venimos al mundo amarrados a una historia de otro/s”. Hombres y mujeres no somos islas, parece aseverar este libro, sino archipiélagos repletos de puentes y vínculos que pueden funcionar mejor o peor y constituyen el punto de partida de toda identidad. Si acaso la búsqueda es de reconciliación, quiebre o distancia, todas las alternativas pasan inevitablemente por asumir ese dato como algo dado y mirarlo con la franqueza —quizás también con la ternura y el afecto— de Kottow.

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