Es indispensable entender cómo y por qué las cosas siguieron un rumbo muy diferente al que se imaginó en 2006, 2011 y, sobre todo, 2019.

Visto en retrospectiva, el año 2006 significó un punto de inflexión para nuestro país. Si en aquel marzo el expresidente Lagos (un orgulloso concertacionista) entregaba la banda a la expresidenta Bachelet (una autoflagelante que más tarde abrazaría el “otro modelo”), pronto estallaría la “revolución pingüina”. Es claro que estos hechos anticiparon dinámicas posteriores, como la irrupción de los jóvenes o la incapacidad de los artífices de la transición de defender su legado; y resulta aún más claro que la trayectoria de los últimos 20 años tuvo, al menos por ahora, un desenlace distinto del que soñó en su minuto la intelligentsia criolla.
En rigor, es indispensable entender cómo y por qué las cosas siguieron un rumbo muy diferente al que se imaginó en 2006, 2011 y, sobre todo, 2019. Para comprender el Chile actual debemos indagar en las tensiones, frustraciones e inquietudes que se fueron acumulando y que, luego del auge y caída del proyecto refundacional de la fallida Convención —apoyado con fruición por el expresidente Boric—, favorecerían la llegada a La Moneda de un discípulo de Jaime Guzmán.
Por ese motivo, pero también porque en 2006 nace el Instituto de Estudios de la Sociedad, esta semana presentaremos en el IES un especial de nuestra revista semestral “Punto y coma” (en cuyo editorial desarrollo estas ideas). Su misión va más allá del aniversario institucional: se trata de delinear una visión de conjunto que ayude a aquilatar lo ocurrido desde la “revolución pingüina” hasta hoy, de la mano de artículos, reseñas y entrevistas que ahondan en las disputas e iniciativas que le han dado su fisonomía al Chile contemporáneo.
Entre ellos destacan las principales tesis políticas en pugna durante estas décadas, en las que ni la centroderecha tradicional ni las izquierdas de nuevo cuño lograron sus propósitos originales al alcanzar el poder —ahora el Presidente Kast tiene sus propios desafíos e incordios—; los puntos ciegos de cierta hegemonía progresista, enfrentada a nuevos problemas que revelan sus insuficiencias (el más notorio es la crisis de natalidad); la trágica paradoja que sufrió la esfera educativa en estos años —nunca se habló tanto de ella, pero los niños y la educación pública terminaron últimos en la fila y la pobreza dejó de ser una prioridad política—; y otra paradoja, tanto o más sintomática del itinerario recorrido: mientras se impugnaba la Constitución, el aparato estatal devino incapaz de cumplir algunas de sus funciones más básicas.
Ninguno de estos asuntos es cosa del pasado, y todos ellos confirman una premisa del trabajo del IES; una premisa a veces ignorada por nuestras élites y que estos zigzagueantes 20 años ilustran a la perfección: las ideas tienen consecuencias.












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