Carta publicada el domingo 2 de junio de 2024 por La Tercera.

Sr. Director:

La cuenta pública del presidente Boric confirmó la apuesta narrativa del oficialismo: instalar el relato de la estabilización del país. Este discurso se basa en dos supuestos: que Chile estaría mejor que bajo el gobierno anterior,  y que eso sería gracias a la administración actual. Se trata de un mensaje arriesgado y poco persuasivo, con la excepción (quizá) de la barra brava.

Por un lado, la idea de que Chile está mejor sólo es plausible si el punto de comparación son los peores días de octubre de 2019, aquellos donde la destrucción, el saqueo y el vandalismo se tomó las calles con la complicidad activa o pasiva de las izquierdas. Pero, más allá de esa evidente constatación —hoy nadie intenta derrocar al presidente Boric—, la percepción dominante en las grandes mayorías no es de avance, sino de estancamiento y, más aún, de angustia e incertidumbre por la situación económica y el auge del crimen organizado.

Ciertamente el gobierno puede argüir que esos problemas vienen de antes, que no son de su completa responsabilidad y que ha aprobado medidas para superarlos (con el concurso de la oposición); pero el punto es que celebrar una “normalización” o “estabilización” en estas circunstancias parece temerario.

Por otro lado, aún está muy vivo el recuerdo de las palabras y los actos de muchos miembros del oficialismo cuando eran oposición, legitimando la violencia callejera y buscando atar de manos al Estado. ¿Qué dijeron luego del 18 de octubre de 2019? ¿De la quema de iglesias? ¿Del “que baila pasa”? ¿Del expresidente Piñera? ¿De los “30 años”?

Esta memoria fresca supone un obstáculo significativo a la credibilidad de quienes, apenas ayer, protagonizaron esos episodios. Sobre todo considerando los propósitos originales de quienes nos gobiernan, cuyo resumidero fue la fallida Convención Constitucional y su propuesta que el Presidente Boric llamó a aprobar. Luego, si el país ha logrado algo de estabilidad ha sido a pesar del oficialismo, y no gracias a él.

Si el gobierno fuera más humilde y se jactara menos de cosas que apenas ayer rechazaba o empujaba en sentido contrario, el diálogo político ganaría en credibilidad y alcance. Abusar del lenguaje, en cambio, produce el efecto contrario.