Columna publicada el miércoles 5 de junio de 2024 por El Líbero.

Una reseña a “Radiografía de la violencia y el terrorismo en la macrozona sur” de Pablo Urquízar (Universidad San Sebastián Ediciones, 2023)

Hubo un tiempo en que una porción no menor de la izquierda decía que los atentados en la Macrozona sur eran “montajes”. Según esta aproximación, las forestales se atacaban a sí mismas para cobrar los seguros de camiones, plantaciones y otros bienes. Se hablaba de represión a las comunidades mapuches, de la legítima lucha contra el Estado y también del “Wallmapu”. Intelectuales públicos alababan al líder de la CAM, Héctor Llaitul, editoriales publicaban apologías al conflicto, e incluso diputado Gabriel Boric, hoy Presidente de la República, se refería a la zona de Temucuicui como “territorio liberado”. ¿Liberado de quién? Del Estado de Chile que hoy dirige.

Y aunque habrá varios personajes que siguen y seguirán justificando lo mismo, son pocos los que hoy se atreven a mantener ese discurso en público. Las propias consecuencias del terrorismo terminaron por mostrar la verdad de las cosas: existen diferentes orgánicas que en la actualidad azotan el lugar con violencia, caos, destrucción y muerte.

Pablo Urquízar, excoordinador de la Macrozona Sur y profesor de Derecho, tal vez sea una de las personas de la derecha que mejor comprende el conflicto. Su último libro, “Radiografía de la violencia y el terrorismo en la Macrozona sur”, es la concreción de un esfuerzo inédito y necesario por descifrar dicha violencia desde una perspectiva integral. Urquízar, en ese sentido, aterriza una demasiado abstracta “violencia” para enumerar y describir nombres, motivaciones, formas de acción, víctimas y territorio. Al final, la violencia sin rostro termina siendo un enemigo peligroso que algunos intentan utilizar a su favor.

Como demuestra Urquízar, el principal objetivo de las distintas organizaciones presentes en el sector es disputar al Estado el control de lo que ellos denominan “territorios ancestrales”. Las principales organizaciones que buscan este fin a través de la violencia son la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), Wichan Auka Mapu, La Resistencia Mapuche Malleco, la Resistencia Mapuche Lefkenche, la Liberalización Nacional Mapuche y Wiñotauiñ Taiñ Malon. Si bien la orgánica más reconocida es la CAM, y Héctor Llaitul su rostro más emblemático, el problema es más complejo: hay en La Araucanía organizaciones con cientos de hombres y diferentes focos de decisión que operan en paralelo contra una sola gran fuerza central, el Estado. El funcionamiento es similar a la guerra de guerrillas ampliamente popularizada en los sesenta y setenta: iniciar múltiples focos de conflicto con un poder militar considerable para poner en jaque el monopolio del aparato estatal.

La forma de actuar de estas organizaciones es reiterativa y, por eso mismo, ha podido ser identificada. El patrón es el siguiente: primero cometen actividades delictivas; luego, por motivos publicitarios y para aumentar el terror, reivindican para sí el atentado a través de pancartas y comunicados. Por último, cuando detienen a los weychafe (guerreros mapuches), estos son reivindicados como “presos políticos”. Esa distorsión en el concepto ayuda a confundir el delito con las legítimas diferencias políticas que existen con algunos de nuestros pueblos originarios. Al mismo tiempo, tiene la ventaja de que produce incertidumbre en la comunidad internacional respecto de los abusos hacia el pueblo mapuche en general.

A través de una consistente base de datos y con una sólida argumentación política, Urquízar muestra cómo estas orgánicas han puesto en jaque la institucionalidad, las oportunidades y la vida de las personas mapuche y no mapuche que habitan dichos sectores. Apoyadas en un plan de acción fuertemente anclado a una primitiva dialéctica marxista, estas organizaciones elevan un ideario bajo el cual es imposible coexistir con el Estado chileno; por eso lo combaten. Reivindican para sí una gran cantidad de territorio, autonomía, el derecho a abandonar el capitalismo y la secesión del territorio nacional. Desde luego, que esos ideales tan nobles convivan elegantemente con el robo de madera, la quema, el tráfico de armamento ilegal y el narcotráfico parece no ser un problema demasiado relevante para dichos grupos.

En vista a la gravedad de la situación, el libro de Pablo Urquízar representa un insumo fundamental para que el público general pueda entender lo que ocurre realmente en la zona. Muchas veces el centralismo en el que caen no sólo los que toman las decisiones políticas, sino también los intelectuales y la prensa, nos ha hecho perder de vista que en la Macrozona sur existen fuerzas con alto poder de fuego que le declararon formal y explícitamente la guerra al Estado chileno (la CAM lo hizo en 2009). ¿Cómo enfrentaremos a estos grupos armados terroristas que hoy asesinan, queman y destruyen casi en impunidad? ¿Qué más deberá ocurrir para que el sistema político intente detenerlos? ¿Se necesitarán más carabineros muertos? ¿Más hectáreas quemadas? ¿Qué el terrorismo se acerque a Santiago?

Urquízar pone una de las primeras piedras para responder estas preguntas. Mientras no lo hagamos ni actuemos en consecuencia, no cabe descartar nuevas tragedias en los años que vienen.