Columna publicada el domingo 30 de junio de 2024 por La Tercera.

El Presidente Boric parece haber dado con tono y temas que le funcionan. Tono y temas que son básicamente los mismos a los que aspiró su antecesor, el fallecido Presidente Piñera. Gobierno de unidad nacional (“actuemos con unidad y generosidad”). Cambio, futuro y esperanza (“ser patriota es preocuparse en Chile por el bien de su gente, con propuestas en positivo… contagiando esperanza, no odio”). Sentido de urgencia (“cambios que mejoren la calidad de vida ahora”) y gobierno de los mejores (“hablemos de gestión”). Delincuentes se les acabó la fiesta (“los perseguiremos por cielo, mar y tierra”). Y, por cierto, agenda valórica progresista y Chile líder mundial en la agenda verde.

Así, casi todos los conceptos centrales de la renovación frenteamplista son conceptos piñerísticos karamanizados. La sombra de este giro es obvia: Boric y sus amigos, antes de llegar al poder y recién llegados a él, declaraban que todo en Chile estaba mal y era terrible. La Norcorea del neoliberalismo. Y con ese mantra odioso y revanchista hicieron la vista gorda al violentismo extremo del octubrismo, montaron una oposición obstruccionista durante la pandemia, promovieron retiros inflacionarios e hicieron campaña por una propuesta constitucional que destrozaba Chile. Sólo derrotada esa infamia apreció este nuevo discurso, que, entre otras cosas, hace borrón y cuenta nueva de su pasado inmediato, ofreciendo una dulce amnesia y mirar para adelante.

La liviandad e impunidad de este giro obviamente genera indignación moral en los adversarios del gobierno. A cualquiera le enoja una trayectoria tan abusiva. ¿Tanta destrucción y ruido para terminar alabando lo mismo que pisoteaban? Pero por algo la moral y la política son esferas relacionadas, pero distintas: el poder organizado es una necesidad. Y, por eso, tiene cara de hereje. En política lo mejor es enemigo de lo bueno, y aspirar a lo perfecto normalmente termina engendrando lo peor. Por eso la virtud central del político es la prudencia, la conciencia de la medida de lo posible.

La derecha, entonces, tiene dos opciones frente al giro político de la coalición de gobierno: reconocerlo y legitimarlo, o desconocerlo e impugnarlo. La primera abre una ruta de vuelta a la política de los acuerdos, intentando capitalizar el giro del gobierno hacia el centro y presionar desde ahí, mientras que la segunda fija una confrontación de todo o nada. Esta última opción busca una revancha antioctubrista que pase a Boric y su gobierno todas las cuentas por cobrar. Necesariamente, por lo mismo, tiene un discurso centrado en el pasado, la memoria y las injusticias impunes. Y no puede reconocer nada bueno en los actos presentes del gobierno sin denunciarlos de inmediato como farsa. Son el Javert de un Valjean que quemó la panadería y terminó de panadero.

¿Qué opción es mejor para Chile? Por doloroso que sea, lo más probable es que la primera. Tal como la transición democrática exigió renuncias y pactos durísimos, proteger y poner nuestra democracia a la altura de los desafíos presentes parece demandar abrir rutas de colaboración con la nueva nueva izquierda gobernante, antes que impugnarlos para siempre por su trayectoria. La democracia no funciona sin grandes acuerdos, y hay que arar con los bueyes que hay. Además, la mejor manera de mantener a la izquierda en su nueva postura es validarla, en vez de desconocerla, aumentando así los costos de otra voltereta (el antioctubrismo, en cambio, asume esa voltereta futura desde el principio, creando una profecía autocumplida). El horizonte programático de la derecha tiene mucho que ganar, y ha ganado ya mucho, siguiendo este camino: Boric ha aprobado y defendido una agenda de seguridad impensable para un gobierno de derecha. Jaime Guzmán siempre destacaba que lo importante no era estar en el gobierno, sino el dominio de las ideas.

¿Significa esto hacer realmente borrón y cuenta nueva al Frente Amplio y aceptar la amnesia? No lo creo. Destrabar los acuerdos en sede política, como mostró la Concertación durante la transición, no demanda borrar la memoria y la historia, sino desplazar en lo posible el trabajo con ellas al plano más reflexivo y duradero del arte y la cultura.