Columna publicada el domingo 9 de junio de 2024 por La Tercera.

¿Puede mi cuerpo ser distinto de mí? Esa es una de las preguntas de fondo que se levantan a propósito del debate en torno a las personas trans, y que se revela con dramática claridad en el reportaje de Sabine Drysdale “Pubertad interrumpida”. Ahí se muestra una cada vez más extendida práctica de intervención que, ante la sola manifestación de la voluntad de un menor, interrumpe con fármacos (cuyos efectos se han ido mostrando sumamente dañinos) el proceso natural de desarrollo de niños y niñas. Esto ocurre en el marco de una sofisticada y poderosa red de “expertos” que ofrece su apoyo para derribar todos los obstáculos que impidan hacer efectiva esa decisión.

La justificación y legitimación de esta compleja –también brutal– maquinaria, se deriva de la expresión de una voluntad que aparece como soberana y, sobre todo, definitiva (aunque se trate de un menor de edad). Ante ella no cabe duda ni pregunta alguna; tampoco espera. Solo una identificación total con el sentir expresado que pasa rápidamente de la empatía y apoyo en el sufrimiento a una suerte de activismo dispuesto a todo con tal de borrar lo que se era. Si acaso mi cuerpo es distinto de mí, corresponde emprender su transformación irreversible. Todo esto con una fe ciega en las acciones desplegadas, asumiendo que esa incomodidad y desajuste entre mi cuerpo y quien soy, se borrará tan solo por ese gesto, y por hacer de la historia previa un engaño. Su hijo murió, repiten algunos expertos que asesoran los tránsitos de género a padres angustiados: acéptelo y verá que todo se arregla. 

Pero que no se malentienda. La tragedia no empieza porque se plantee esa pregunta (de la cual hay que hacerse cargo), sino por las decisiones que, ante la explicitación de ella, se emprenden; por lo que se hace con ella. Toda esta maquinaria tecnológica –que disfraza de compasión una forma particularmente siniestra de violencia contra el cuerpo de alguien– aparenta que no hay otra alternativa frente a la inconformidad de un niño con quien es, que volverlo otro. El cuerpo se levanta así, por momentos, como la última barrera de lo impuesto por otra voluntad ilegítima y abusiva; al punto de afirmar que el género con que se nace ha sido asignado por alguien (en general los padres), en lugar de ser una característica con la que, como toda nuestra estructura biológica, se llega. Desde ahí empieza el dominio. 

  ¿Cómo se pasa desde la compasión ante el dolor de alguien a la experimentación con su cuerpo? ¿Cómo se vuelve el cuerpo un objeto neutro, ajeno, disponible a ser maltratado las veces que sea necesario para que se adapte a la voluntad de quien se encuentra dentro? ¿No queda huella de ese maltrato en la persona que lo experimenta? ¿Resolveremos la incomodidad y sufrimiento originales por el simple hecho de modificar el cuerpo e intentar borrar su historia? La radicalidad de las acciones emprendidas frente a la manifestación de ese desencuentro entre el cuerpo y quien se es –uno que por cierto se vive de modo doloroso y angustiante– es finalmente lo más problemático de toda esta agenda. Y el hecho de que monten un sistema así de sofisticado haciendo creer que no hay otro camino. Pero afortunadamente, y esa es quizás la principal esperanza, hay padres y madres dispuestos a rebelarse ante esa violencia disfrazada de compasión. Así, se han resistido a ser tratados como enemigos, peleando el derecho a cuidar de sus niños, enfrentando el conflicto en lugar de evadirlo, acompañando una inquietud en la que puede irse la vida, para reconciliarse y encontrarse bien dentro de donde tocó estar. “Te queremos tal y como eres” dice una madre en el reportaje, como si quisiera mostrar que hay otro camino al que se ha fijado: atravesar la angustia y la duda con alguien al lado que te sostiene y espera en la búsqueda insustituible (que no desaparece por cambiar el propio cuerpo) de volver a sentirse en uno como en casa.