Columna publicada el miércoles 12 de junio de 2024 por El Líbero.

Los resultados de los comicios para el Parlamento Europeo que llevaron a Emmanuel Macron a disolver la Asamblea Nacional y llamar a elecciones -entre otros efectos en el viejo continente- han sido leídos a partir de una sola idea fuerza: el auge de la “extrema derecha”. Así, mientras algunos lamentan el avance de la “ultra”, otros expresan alivio porque su crecimiento sería menor de lo esperado. Como fuere, esta votación confirmaría que el fantasma de la radicalidad y el neofascismo recorre al mundo occidental. Europa sería una víctima más y ante ello la intelligentsia sólo admite denuncia e indignación. Nada indica, sin embargo, que se trate de una aproximación precisa.

Un acercamiento más razonado comenzaría por intentar distinguir los diversos grupos exponentes de lo “ultra”. Quizá convenga englobarlos bajo un solo rótulo de cara a la reyerta mediática, pero no se requiere demasiada sofisticación para advertir diferencias entre ellos. Ahí coexisten más de un pacto (Reformistas y Conservadores e Identidad y Democracia no son lo mismo); liderazgos distintos (Meloni es más pragmática y abierta a Europa que Le Pen o AfD); agendas disímiles (no todos los euroescépticos son afines a Putin), y así.

¿Por qué se les agrupa de ese modo tan grueso, entonces? Hay varias explicaciones posibles, incluyendo su recelo del cosmopolitismo y una práctica política antagonista u hostil al diálogo cívico en muchos de esos referentes (no en todos). Pero también ocurre, tal como indica Rodrigo Pérez de Arce en el último número de la revista del IES, Punto y coma, que tras las diatribas contra la “ultraderecha” subyace un propósito más o menos velado: excluir las visiones políticas conservadoras o de inspiración cristiana -como las de Meloni-, bajo el entendido que son por definición contrarias al ethos democrático.

Desde ese ángulo, lo legítimo sería sólo aquello que comulgue con la agenda progresista; y quien disputa con ella pasa a integrar el bando que, en palabras de Michelle Bachelet, impulsa “retrocesos civilizatorios”. Esto es muy problemático, pues al identificar progresismo y democracia se olvida la apertura al debate que caracteriza a este régimen, así como también su historia reciente. Después de todo, Maritain, Adenauer y otras figuras cuya labor pública resulta inseparable de sus convicciones cristianas jugaron un papel fundamental en la consolidación política e intelectual del proyecto democrático de posguerra.

Pero tal vez lo más paradójico es que al descartar a priori la visión de mundo de sus adversarios los círculos progresistas se privan de lentes y perspectivas que les ayudarían a pensar sobre el momento actual. De hecho, se observa una gran desproporción entre los males que lamentan y su disposición a indagar sobre los antecedentes del escenario imperante; un escenario que miradas ajenas al mainstream lograron anticipar.

Ejemplos sobran. El intelectual Jean-Claude Michéa -cuyo origen es socialista- viene advirtiendo hace un par de décadas el error que supuso para la izquierda privilegiar las banderas de la diversidad en desmedro de la justicia (hay traducción chilena). Casi 10 años atrás la académica Chantal Delsol notó cómo la pasión ciega por la emancipación pugna con el arraigo familiar y territorial típico de los sectores populares (ver aquí reseña de Josefina Araos en El Líbero). En abril el ensayista John Gray explicaba cómo los atentados contra la libertad de expresión del mundo biempensante son caldo de cultivo para sus rivales. La lista podría extenderse varias líneas adicionales.

Hoy, con el diario del lunes, todos hablan del problema migratorio y los perdedores de la globalización. Sin embargo, la fractura es más profunda y ninguna caricatura o narrativa estrecha permite ocultarlo.