Columna publicada el lunes 3 de junio de 2024 por La Segunda.

Durante el último tiempo, quizá como nunca en las décadas previas, nuestras bajas tasas de natalidad se han vuelto un tema recurrente en la agenda pública. Motivos para que así sea sobran, en la medida en que se trata de un problema que tiene serias implicancias, desde la dimensión geopolítica (un país de ancianos se vuelve más vulnerable) hasta la seguridad social (cualquier reforma de pensiones debe considerar el envejecimiento de nuestra población). Y, pese a ello, jamás ha sido una prioridad del país. ¿Por qué?

Lo lógico es comenzar recordando la complejidad del asunto, así como la incomodidad que supone para los diversos sectores políticos. A riesgo de simplificar mucho el asunto, hacer más amigable la crianza y educación de los hijos exige pensar la vida común y la política social desde la necesidad de los hogares —desde un grupo familiar, no desde un individuo—, lo que resulta contraintuitivo tanto para la ortodoxia económica (derechas) como para el progresismo e individualismo afectivo (izquierdas).

Con todo, tal vez en este cuadro influye una dificultad más profunda y difícil de asir. Me explico: quizá las tendencias culturales dominantes en nuestra sociedad, o al menos en nuestras elites, tienden a volvernos impasibles o derechamente hostiles respecto de los integrantes más pequeños de nuestro mundo. A primera vista la impresión es la contraria, pues nunca se ha hablado como ahora de los derechos de “niños, niñas y adolescentes” —quien no emplea la sigla NNA es casi mal mirado—; pero si indagamos más allá de la superficie, el panorama es desolador, y oscila entre la indiferencia y la manipulación.  

Por desgracia, un par de ejemplos recientes confirman esta percepción. Indiferencia revela el olvido de los niños del (ex) Sename. Sin ir más lejos, en la cuenta pública presidencial brillaron por su ausencia (no así el “aborto legal”, por supuesto). Pero el problema acá no es sólo de La Moneda, que en este ámbito sirve como caja de resonancia de un abandono bastante más generalizado.

Y manipulación sugiere el impactante reportaje de la periodista Sabine Drysdale “Pubertad interrumpida”, publicado hace pocos días en radio Bío Bío. Ahí se exponen una serie de testimonios sobre tratamientos hormonales y otro tipo de procedimientos —usualmente irreversibles— a menores de edad que creen padecer una disconformidad con su sexo biológico. Lo menos que puede decirse es que dichos testimonios revelan una irresponsabilidad e instrumentalización que raya en lo macabro. Triste ironía: mientras en el discurso público se reivindican las políticas basadas en evidencia, la protección de la infancia e imitar a los países desarrollados, aquí ocurre todo lo contrario. Muy sintomático.