Columna publicada el miércoles 26 de junio de 2024 por El Líbero.

El pasado mes éramos testigos de padres que realizaban largas caminatas hacia Santiago para así solicitar auxilio del gobierno ante los carísimos medicamentos de los que pendían las vidas de sus hijos. De Ancud a La Moneda en un caso, de Arica a La Moneda en el otro. Y con éxito anticipado: antes de llegar a Santiago, la madre de Tomás Ross anunciaba ya haber recaudado lo necesario para su tratamiento. ¿Cómo? Por una razón muy elemental: historias como estas mueven a quienes se cruzan con ellas, y quien se compadece de modo genuino actúa. Fueron personas comunes y corrientes las que fueron colaborando para alcanzar esa meta. Así es como deben actuar los ciudadanos.

¿Pero cómo debe actuar el Estado? Como es bien sabido, esa es una pregunta muy distinta. Porque para este se trata no solo de cómo responder a esta persona concreta con sus aflicciones, sino de cómo responder con justicia ante las necesidades de la comunidad completa. Hacer justicia a esa compleja totalidad exige una reflexión que no puede estar dominada por el dolor de algunos. Y ahí, por lo mismo, no es la compasión la que principalmente debe guiarnos. La compasión, en palabras de Oliver O’Donovan, es una virtud que esquiva el pensamiento, pues nos mueve a acción inmediata. Por eso es una disposición tan fundamental cuando ya se sabe qué hacer –dar alimento a quien está aquí y lo necesita– y solo se requiere movernos a hacerlo. Es una virtud de la motivación más que del razonamiento. Pero por eso mismo es tan insuficiente cuando la pregunta es más bien qué hacer.

No estaría mal que este punto lo tuviéramos más constantemente presente, pues en muchas disputas contemporáneas –desde la eutanasia a la inmigración– se apela a la compasión como criterio de orientación fundamental. Conviene pensar bien qué hacer ante esa apelación. La bondad voluntarista, después de todo, tiene efectos de largo plazo que a veces son catastróficos. Eso no significa que de ningún modo debamos apelar a la compasión, pero si decidimos hacerlo parece indispensable que al menos nos preguntemos bien qué significa ser compasivo. Es buscar el bien del otro, claro está, pero solo a veces está claro de inmediato cuál es ese bien y en qué medida buscarlo pasa por extinguir el sufrimiento presente. ¿Cuál es, por tomar otro debate actual, la respuesta compasiva ante un adolescente disconforme con su propio sexo biológico? Tal como en la pregunta por la distribución de los recursos estatales, aquí necesitamos mirar una totalidad. No la totalidad de la población a la que mira quien distribuye recursos, sino la totalidad de una vida extendida en el tiempo.

Porque muchas veces la compasión puede pasar por eliminar el sufrimiento actual, pero no siempre. A veces lo compasivo será ayudarnos a mirar más allá del momento actual, a poner nuestra mirada en un horizonte temporal más amplio. Siguiendo con el mismo ejemplo, la gran mayoría de los adolescentes que padecen esa disconformidad de hecho la deja atrás en pocos años. Pero poner la mirada en ese mediano plazo no es algo que surja de modo espontáneo en la adolescencia, y por lo mismo se requiere de una compasión que mantenga abierto ese horizonte. Como cualquiera puede observar, sin embargo, nos cuesta una enormidad pensar en la compasión en estos términos. Se entiende, entonces, por qué a Chesterton le parecía que el mundo moderno se caracteriza no tanto por sus vicios como por sus “virtudes vueltas locas”. Separada de otras virtudes, y en un mundo de inmediatez, la compasión puede volvernos ciegos respecto de la totalidad. Nada de esto debiera llevarnos a echarla por la borda. Pero si no queremos que estreche nuestra mirada –por mucho que ensanche nuestro corazón– obviamente debemos hacer una revisión profunda de cómo apelamos a ella.