Columna publicada el martes 4 de junio de 2024 por La Tercera.

Hace muchos años fui a ver la obra de teatro de Guillermo Calderón llamada “Villa + Discurso”. La parte del discurso es Michelle Bachelet hablando a tres voces en una imaginaria interlocución final de su primer gobierno (2006-2010). Es de una potencia ultraizquierdista tan triste como brillante. Muestra a una Bachelet resignada y atrapada por el modelo neoliberal que debe administrar. Llena de culpa y traumada por el golpe, la dictadura y la renovación socialista. Atravesada por voces internas que a veces hablan a coro y a veces discrepan entre sí. Resentida, sensual, modesta, orgullosa, esperanzada, facciosa, generosa, alegre, comprensiva, realista. Todo mezclado. Dice no tener poder real, a pesar de ser Presidenta. Se lamenta por su inconsistencia. Dice que habla como si alguien le estuviera poniendo palabras en su boca. Se siente moralmente superior, en el lado correcto de la historia. Pero también se avergüenza de sentir eso y no poder actuar mucho en consecuencia. Habría querido hacer más, pero no pudo. La obra abre y cierra con los acordes de la canción “Leader of the band” de Dan Fogelberg: “mi vida ha sido un pobre intento de imitar al hombre/ soy sólo un legado viviente del líder de la banda”. La canción está dedicada al padre del cantante, pero en la obra teatral opera ambiguamente proyectando tanto la imagen del general Alberto Bachelet como la de Salvador Allende.

Me tomó un par de días procesar el discurso penúltimo de cuenta pública del Presidente Gabriel Boric. Desde el principio noté que no hablaba con una sola voz. También noté cómo se detenía largamente en su referencia a Bachelet, poniéndola muy por sobre Aylwin, Frei y Lagos. Quería claramente enlazar con ella y posicionarse como un continuador de su obra. La Bachelet que Boric y su gente admiran, eso sí, no es la del primer gobierno, sino la del segundo. La de “El otro modelo” y Revolución Democrática en el Ministerio de Educación. Pero casi todo lo que dijo sonaba al primer gobierno de la mandataria, y muy parecido al “Discurso” de Calderón, porque estaba lleno de excusas, disculpas, inconsistencias y contradicciones.

El tono general del discurso de Boric fue positivo y de unidad, y se desarrolló en un plano ideal. Reencuentro, generosidad, justicia, altura de miras, Chile puede más. No se humilla quien cambia de opinión por la Patria. Esa fue una de las voces. Se intercaló, por cierto, con destacarse como Juan Logros: hoy bien, mañana mejor. Policías, muchos policías. Dolor por las víctimas. Otra voz pidió disculpas a la izquierda por lo poco, amenazó a la oposición y prometió venganza: si no me hacen caso vendrá otro estallido. Cada cierto tiempo, también, aparecieron líneas infantilonas sobre trenes y niños (Pinochet en campaña de civil recurrió también a esa imagen despolitizada de niños felices). Finalmente, en el plano prudencial, donde el político muestra su destreza, Boric terminó haciendo algo parecido al “póngame el uno y qué tanto”, al traer de vuelta al centro del debate público –después de hora y media de hablar de amistad, flores y carabineros- dos temas altamente divisivos y odiosos: el aborto legal (con proyecto ya rechazado en 2022) y la eutanasia. Quizás lo hizo con la ambición de aleonar a los propios y dividir a los contrarios de cara a las elecciones que vienen, pero no es claro que haya resultado mucho.

Al final, el discurso de Boric es como una parodia –en su sentido fársico- al “Discurso” de Bachelet escrito por Calderón. No hay un recorrido vital tremendo detrás de la contradicción y la inconsistencia, sino un acomodo entre oportunista y winner. Hay infatuación moral, pero no se ha sacrificado nada en la vida por ella: otros han pagado siempre los platos rotos. Y hay notoria falta de vergüenza y pudor. Hay un esfuerzo de mímesis, pero con la audiencia, con el consumidor de turno. No hay una figura tutelar perdida ni tampoco dolores genuinos. Hay algo hiperreal, en el sentido de Baudrillard, en el Presidente: en él el simulacro parece indistinguible de la realidad. La Bachelet de Calderón, de hecho, es muy corporal. Boric, en cambio, parece un holograma publicitario. El personaje teatral de Bachelet se siente más real que él.