Columna publicada el domingo 12 de mayo de 2024 por La Tercera.

En el hemisferio norte las etapas del año van coincidiendo con el calendario litúrgico, dando cuenta de este modo del sincretismo cristiano respecto a las religiones paganas ancladas en el ciclo natural que fue sobrepasando en el camino. Por ejemplo, se plantea que el nacimiento de Cristo es celebrado, desde Constantino, en la misma fecha previamente dedicada al dios Sol: el día más corto del año, cuando la luz comienza a derrotar a las tinieblas. El resultado de este encuentro es que la fuerte teleología histórica cristiana que sigue rigiendo la imaginación occidental logra combinarse en armonía con el proceso de las estaciones. El ciclo material anual sigue inscrito en el proceso espiritual, aunque éste apunte hacia más allá de la historia. Esto le entrega una racionalidad interna a cada año, al mismo tiempo que al conjunto de la vida, y dicha racionalización no ha sido destruida por la secularización sino extremada.

En el caso de nuestro hemisferio sur, las cosas se complican. El ciclo espiritual y el natural no van de la mano, y las estaciones son en general más tenues. Esto hace que la existencia misma se encuentra menos racionalizada, conduciendo a cierta pérdida de la noción de ciclo, que es reemplazada por un presente radical, roto a ratos por momentos de esperanza también extrema: golpes de suerte, milagros, magia. Nos cuesta demasiado prever lo que viene y actuar en consecuencia, a pesar de que todos los años, o cada cierto tiempo, pase más o menos lo mismo. En Chile cada terremoto, cada incendio forestal, cada aluvión y cada plaga invernal es tratada como si fuera un evento inesperado y sorpresivo. Todo se hace a último minuto y cuando muchas de las consecuencias ya son inevitables.

Tal escenario obliga a los gobiernos a tomar un rol mucho más activo en la anticipación, prevención y coordinación de respuesta ante los eventos naturales. Lo natural se nos aparece como artificial. Cada otoño hay que corretear a medio mundo para que se vacune contra las enfermedades respiratorias (todavía hay tiempo) que cada invierno colapsan el sistema de salud. Y otro tanto pasa con los incendios forestales: el (otra vez) verano más seco y caluroso de la historia de cada año es demasiado tarde para preocuparse. Terremotos, maremotos, aluviones y erupciones volcánicas, aunque ocurren con cierta frecuencia, suelen sobrepasar la capacidad de previsión gubernamental. ¿Alguien sabe cuál es el plan si llegara a ocurrir mañana el temido terremoto de la falla de San Ramón? Yo tampoco.

Terminando ahora la época de las vacunas, que nunca logra sus objetivos, vendrá el colapso de los servicios de salud por la combinación de sincicial, covid e influenza. Y luego será el momento en que deberíamos comenzar a hablar sobre los incendios forestales. Esto generalmente toma la forma de un recuento de brigadistas y aviones especializados en el combate del fuego. Sin embargo, la discusión debería incluir más elementos. Por ejemplo: ¿es posible prevenir los megaincendios?

Para poder abordar preguntas como esa necesitamos más compromiso de la academia, el periodismo y los medios con hacernos cargo de lo que sabemos que está a la vuelta de la esquina. Salvo acotados esfuerzos, como los de los profesores Gomberoff y De la Maza, hay muy poca literatura de difusión científica en Chile. Si no hay cómo entender los bosques y sus dinámicas, no hay como hablar sobre los incendios forestales.

En mi caso, la lectura de “Trees in trouble” de Daniel Mathews me hizo consciente de la propia total ignorancia respecto al rol del fuego en los bosques. No tenía idea de que los incendios pequeños y controlados en temporadas menos secas prevenían megaincendios después. Mucho menos sabía que, a veces, combatir estos incendios pequeños puede ser contraproducente. Tampoco que las casas y otras edificaciones humanas son el combustible más peligroso que hay, por lo que parte de toda estrategia de prevención debería ser mantener despejada a toda costa -desalojando tomas todo lo que sea necesario- la distancia entre bosques y barrios. Me di cuenta de que es urgente que hablemos sobre los bosques no cuando estén ardiendo de nuevo, sino ahora, antes de toda nueva catástrofe.