Columna publicada el lunes 20 de mayo de 2024 por La Segunda.

“Hoy nos gobierna un ‘travesti político’. En Hungría dije que nos gobernaba un presidente woke y generó mucho escándalo en Chile, esto va a generar más escándalo. Pero no es una falsedad”. Esas fueron las palabras de José Antonio Kast en el marco del encuentro organizado por Vox, en España. Y, tal como anticipó el líder de los republicanos, de inmediato provocaron polémica. ¿Ella se justifica o es exagerada? Responder esta pregunta exige un breve rodeo. 

Por un lado, tras la frase de Kast subyace una crítica cada vez más extendida, que hoy se expresa incluso desde el mítico “30 por ciento”. Dicha crítica apunta a la aparente inconsistencia del presidente Boric y a su falta de explicación suficiente sobre sus giros discursivos; a la duda sobre si hay ahí mero oportunismo o algo más. En concreto: cuando JAK señala que el mandatario “hace un par de años estaba en la calle encarando a militares y policías” y lo compara con su actitud actual, no dice nada muy distinto al posteo sobre su “metamorfosis” que el propio Boric salió a responder la semana pasada.

Por otro lado, y tal como recordó la prensa en las últimas horas, la frase en cuestión ya ha sido utilizada en el debate político criollo. Entre otros, la han empleado la expresidenta Bachelet para denostar al expresidente Piñera, cuando ambos eran candidatos en 2005; el mismo Gabriel Boric en sus días de diputado, al interpelar a Francisco Vidal —hoy presidente de TVN— por el financiamiento irregular de la política, en 2015; y diversos analistas del acontecer nacional (sin ir más lejos, la filósofa Lucy Oporto usó idénticas palabras en una entrevista publicada ayer en La Tercera).

Ahora bien, si el contexto descrito ayuda a poner las cosas en perspectiva, no alcanza a justificar los términos del líder republicano. Su problema no reside sólo que se aleja, una vez más, de la valiosa práctica según la cual nuestros dirigentes políticos cuidan el trato que le dan en el extranjero a la máxima autoridad del país. Aquí ya se advierte una diferencia importante con los casos mencionados, pero tan relevante como eso es el hecho de que Chile sufre un profundo deterioro de su cultura cívica. Y, por lo mismo, quien aspira a encabezar la nación debería ayudar a rehabilitarla; no profundizar su erosión. 

Siempre puede replicarse que declaraciones como las de Kast son inofensivas en comparación con la validación de la violencia y el intento de derrocar al expresidente Piñera que siguió al 18-O. Sin embargo, precisamente porque aún padecemos las nefastas consecuencias de la deslealtad con el juego democrático y del desprecio a los acuerdos, conviene tomarse en serio la necesidad de favorecer la gobernabilidad y la amistad cívica. Chile no necesita más polarización.