Columna publicada el lunes 13 de mayo de 2024 por La Segunda.

En términos de conflicto social e incapacidad de diálogo, podría pensarse que lo peor para Chile ya ha quedado atrás. El estallido de 2019 expuso fracturas que algunos no imaginaban y la Convención Constitucional mostró una inédita voluntad avasalladora, pero los actores de esos procesos maquillan hoy su pasado y parecen rendirse ante una ciudadanía que pide ahora paz y seguridad, no politización y disputa. ¿O no?

Algunos estudios sugieren un escenario más preocupante. Según la recién publicada Encuesta Bicentenario UC 2023, hay en algunos ejes una altísima percepción de conflicto. Pero eso no es lo más llamativo. Después de todo, incluso en los conflictos cabe comportarse con justicia y deferencia. Pero la encuesta muestra no solo alta conflictividad, sino alta intolerancia. Hay una bajísima disposición a que la contraparte de la que se juzga mal pueda ejercer funciones públicas o escribir en la prensa, y un 70% considera que aquellas personas a las que uno rechaza por su forma de pensar no se les debería permitir ser profesores en la enseñanza básica.

La gran pregunta, por supuesto, es con qué fenómenos vincular estos datos. Para algunos será natural leerlos como ingredientes de un giro autoritario de la ciudadanía. Pero la verdad es que el mismo estudio muestra cómo se sigue expandiendo también una mentalidad “antirepresiva” (véase, por ejemplo, las opiniones sobre familia o sexualidad). El Chile que emerge puede ser permisivo e intolerante a la vez. No debiera sorprendernos. Una sociedad no tiene por qué moverse en una u otra de esas direcciones, e incluso cabe preguntarse por los sentidos en que permisivismo y nueva intolerancia pueden no solo coexistir, sino incluso potenciarse.

Y aquí parece inevitable levantar la pregunta por el vínculo entre los problemas de la vida familiar y los de la tolerancia. Nuestros futuros ciudadanos crecerán con menos deber de convivir con hermanos y primos, por el sencillo hecho de que con la actual natalidad no los tendrán. Crecerán también –como para un gran número ya es el caso– bajo la sensación de que el vínculo que une a un matrimonio puede ser disuelto como un contrato más cuando las cosas se vuelven cuesta arriba. No hay en este tema nada de conclusiones fáciles ni causalidades sencillas, pero sí una gran pregunta respecto del trasfondo social que hace posible la tolerancia. Ella es ingrediente de una sociedad abierta y flexible, pero también parece suponer sacrificios y vínculos estables que una sociedad permisiva cree poder descartar sin gran costo. Las preguntas que estemos dispuestos a levantar respecto de la familia parecen, en cualquier caso, un buen campo para probar cuán en serio nos tomamos el problema.