Columna publicada el miércoles 15 de mayo de 2024 por El Líbero.

“Obstruccionista”. Así calificó a la oposición la ministra Camila Vallejo en su reciente entrevista en El País. “Lo que nosotros esperaríamos -añadió- es que la oposición deje su posición original, de cuando asumimos, de atrofiar al Gobierno, obstaculizarlo, negarle la sal y el agua”. ¿Es justa o verosímil esa descripción? Veamos por qué, al menos en principio, no lo es.

De partida, los pocos logros legislativos que exhibe La Moneda, como la ley de las “40 horas” y los proyectos de seguridad, han sido aprobados de forma transversal. No podría ser de otro modo: los parlamentarios de gobierno son minoría en el Congreso. En rigor, sin apoyos opositores ninguna de esas iniciativas habría visto la luz.

Lo propio puede decirse de la decisión de habilitar un segundo proceso constitucional, después del categórico triunfo del Rechazo. En medio de la polarización que padecen los cuadros dirigentes y considerando, además, la radicalidad de la malograda Convención de 2022, no era obvio que la oposición cumpliría su promesa (“Recházala por una mejor”). De hecho, las elecciones para el Consejo celebradas un año atrás sugieren que la centroderecha pagó costos por honrar la palabra empeñada.

Nada de lo anterior parece muy “obstruccionista”, y menos aún si se recuerda la cruel oposición que enfrentó el expresidente Sebastián Piñera. A la ministra Vallejo le molesta la llamada arqueología tuitera, pero lo cierto es que aún están muy vivos los discursos y acciones desleales con el régimen democrático que protagonizaron —apenas ayer— actuales ministros y parlamentarios oficialistas. Luego, no parece sensato interpelar a sus adversarios en este plano: la comparación es inevitable y el balance no favorece a las izquierdas. Tal como recordó la exministra Gloria Hutt, el Partido Comunista (y no sólo el PC) fue un “activo promotor de dos acusaciones constitucionales contra un Presidente democráticamente electo”.

Además, hay proyectos emblemáticos para La Moneda, como la reforma tributaria y las ya referidas iniciativas en seguridad, que han carecido de un apoyo indubitado en las filas oficialistas. En la misma línea, no es casual que en la última semana el comité político haya debido desplegarse para asegurar sus propios votos ante la ley corta de isapres. Después de todo, frente a cada decisión relevante asoma el fantasma de la división en la alianza de gobierno. Naturalmente, ese problema no es responsabilidad de sus contradictores.

Con todo, cuando Vallejo sugiere que se requiere una “oposición más constructiva que plantee propuestas”, toca una fibra que remite a una dificultad de larga data para las derechas. Por incómodo que sea asumirlo, en este punto los diversos grupos opositores deberían abrirse a la autocrítica. Porque, más allá de lo que diga la vocera u otro dirigente oficialista, es innegable que en muchos temas de primer orden —pensiones, seguridad, crecimiento económico— la ciudadanía sencillamente desconoce cuáles son los planteamientos alternativos que le ofrece la oposición.

En suma, más que “obstruccionismo” lo que domina es un impulso meramente reactivo, que dificulta perfilar una acción política a la altura del momento. El fenómeno puede tener implicancias electorales, como las que advirtió Max Colodro en su última columna dominical, pero, incluso si no las tuviera, es muy inquietante de cara a un eventual regreso a La Moneda. Gobernar es relatar, gobernar es priorizar, gobernar es ejecutar e implementar; y nada de esto se improvisa. El tiempo corre para la oposición.