Carta publicada el martes 14 de mayo de 2024 por El Mercurio.

Señor Director:

¿Tendría sentido una encuesta que pregunte si acaso las mujeres deben tener derecho a voto? Es la pregunta que levanta María José Cumplido al criticar a encuestas que continúan preguntando respecto de “derechos adquiridos” (se refiere al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo). En lugar de eso habría que preguntar solo por derechos aún por adquirir, como la eutanasia. Debo confesar que me sorprende esta mirada. Si hubiera una porción significativa de personas que se oponen al voto femenino me parecería muy malo, pero la verdad es que no estaría mal saberlo. La razón para dejar de preguntar al respecto es lo marginal que se ha vuelto ese tipo de oposición, no nuestra claridad moral sobre el fondo del asunto. De modo similar, si en el primer proceso constituyente se hubiese consagrado un “derecho a migrar”, esa no sería una razón para querer ignorar la opinión de la ciudadanía sobre esa materia. Muy por el contrario.

Como de hecho sugiere el ejemplo de la migración, hay serios problemas en esta concepción de la historia como una progresiva conquista de derechos. La historia tiene más de dilemas recurrentes que de inequívoco progreso, una diferencia que resulta fundamental para nuestra comprensión recíproca. Si ignoramos este hecho solo sabremos imaginar a la contraparte como dejada atrás por la marcha de la historia, como incomprensible vestigio del pasado –registrado en inútiles “encuestas sobre el pasado”–, pero no como interlocutor legítimo en una disputa racional. Quien mira las cosas así tiende a usar las encuestas para abrir un tema de discusión (“hablemos de esta nueva tendencia”), pero luego acaba horrorizado cuando nos muestran que la discusión continúa. En lugar de ese horror, parece razonable simplemente ponerlas en su lugar: las encuestas no son fuente de conocimiento moral, a veces parecen abonar el argumento de unos y en otros casos el de otros, pero interpretadas con distancia pueden ser un insumo relevante para comprender el país en el que nos toca convivir. Un país en el que, afortunadamente, aún podemos discutir y dialogar con argumentos sobre las controversias morales y políticas que atraviesan nuestra sociedad.