Reseña publicada el martes 21 de mayo de 2024 por El País Chile.

Sobre Los tres duelos del detective Bernales (Tajamar, 2024), de José Miguel Martínez

En esta tercera novela de José Miguel Martínez (Santiago, 1986), y tal como ocurre con frecuencia en el género policial, su autor vuelve sobre personajes que ya habíamos visto en algunas de sus obras anteriores. Por sus muchas virtudes, Los tres duelos del detective Bernales excede notablemente los tópicos habituales de este tipo de textos. En esta ocasión, el relato protagonizado por Gustavo Bernales, un investigador que persigue infatigablemente al Gordo Granola, un asesino serial, se inscribe sin dificultades en el género de la novela negra: un personaje principal muy lejos de la ejemplaridad, cuyos intentos de resolución de los crímenes son menos relevantes que la representación de una sociedad plagada de injusticias.

La anécdota es sencilla: luego de enfrentarse con su antiguo enemigo a las afueras de la Estación Mapocho (en una escena que evoca y honra los clásicos duelos de las películas de vaqueros), el detective que da título al libro queda parapléjico y su vida se va al carajo. Lo obligan a jubilar de la PDI, se vuelve adicto a la morfina y es abandonado por su mujer y su hija; mientras, el antiguo policía se lamenta amargamente por lo ocurrido sin salir de los opioides ni de una poco fructífera reflexión sobre su mala suerte.

En sus tres partes, la novela transgrede la linealidad temporal y juega con la percepción quebrada de un hombre envuelto en las neblinas de la droga. En la primera, vemos a Bernales cayendo en los infiernos de la adicción y la soledad luego de verse frustrada su captura de Granola, a quien ha perseguido durante más de veinte años, al ser derrotado en el mencionado duelo. En la segunda, Martínez invierte la dirección narrativa, al modo de García Márquez en Crónica de una muerte anunciada o de Memento, la película de Christopher Nolan. De ese modo, encadena episodios que hacen retroceder a Bernales por sus diversas destinaciones como detective hasta sus inicios en las cercanías de Ovalle. En ese camino, el protagonista siempre se encuentra con las huellas de los crímenes de Granola, reconocibles por la pulcritud con que mutila a sus víctimas. Muchas de estas alusiones remiten a El diablo en Punitaqui, el primer libro de cuentos de José Miguel Martínez, aunque hacerlos calzar en este nuevo contexto narrativo lo obliga, a todas luces de manera innecesaria, a forzar demasiado los giros de la trama. En la tercera y última parte, el narrador vuelve al día del duelo, en el que ambos personajes se encuentran en el cuartel de la PDI, y desde el cual se desarrolla la acción que termina con Bernales herido en las afueras de la Estación Mapocho. Allí, en un giro arriesgado que el autor logra llevar a buen puerto, los lectores nos asomamos a lo que pareciera ser un final alternativo que dota a Los tres duelos del detective Bernales de una resolución sorpresiva y muy potente.

A pesar de todas sus virtudes, el libro de Martínez está lejos de ser una obra perfecta. Hay, claro está, una mejora en su prosa con respecto a sus primeros libros y una mayor ambición y pulcritud a la hora de dibujar a sus personajes y tramas. Sin embargo, lo reflexivo del personaje de Bernales (las tres partes de la novela tienen como centro la perspectiva del investigador) lo hace caer a veces en frases sobrecargadas y poco cuidadas (“a medida que circulaba en esa órbita, apartado del apoastro de un invierno sempiterno…”). Por otro lado, un problema más relevante de esta novela radica en un aspecto ya mencionado: Granola y Bernales ya habían aparecido en algunos libros anteriores de Martínez —el volumen de cuentos El diablo en Punitaqui, del año 2013, y la novela Tríptico de Granola, de 2020—, y el autor se engolosina intentando hacer calzar la persecución del detective con los cuentos de su primer libro. Que Bernales esté casualmente en los mismos lugares que Granola perpetra sus crímenes puede ser una posibilidad; sin embargo, cuando esos lugares son tan distantes y diversos como Traiguén, el Lago Todos los Santos y Antofagasta, tanta casualidad se vuelve inverosímil, sobre todo si carece de explicación suficiente para dar cuenta de tal alineación del azar.

Esos problemas puntuales, sin embargo, no estropean una narración que tiene ritmo y cuya arquitectura está bien organizada. Hay en ella bastante de romanticismo en el tratamiento de los tópicos del policial, pues se rozan la mayoría de los clisés del género. A excepción de la femme fatale que seduce al detective, parecen estar todos los rasgos característicos de este tipo de historias: los personajes fuman mucho, se toma alcohol en exceso, y los móviles de Bernales para perseguir a su presa son una perfecta mezcla entre idealismo a la hora de recomponer los equilibrios rotos por el crimen y la obsesión por encontrar a este delincuente que se escapa una y otra vez. En esa línea, Martínez se arriesga por un terreno poco dado a la corrección política: los machos manifiestan su fuerza y coraje por medio de la violencia y la resistencia física, las pistolas son un objeto de prestigio y tradición (no son azarosos los modelos que portan Bernales y Granola, Smith & Wesson .40 y Colt Single Army, respectivamente), y el tabaquismo es defendido al borde de lo poético, en un ejercicio que lo vincula a autores como Julio Ramón Ribeyro y su genial relato “Solo para fumadores”.

Martínez no se detiene demasiado en las esferas de corrupción que permiten que Granola, quien funge como matón del señor Cavagnaro, ande suelto. Esta es, en ese sentido, una novela que profundiza más en la psiquis de un personaje fracasado, que tuvo durante años una obsesión pero que la falta de pruebas le impidió resolver de modo exitoso. Como buena expresión del género negro, la justicia parece no ser un horizonte posible. Así como menciona en medio de la novela el detective Bernales: “Es una de las paradojas del crimen, le explicaste, el gesto más fútil del acto homicida; que, de cierta manera, el crimen es algo que nunca se resuelve, porque el crimen ya ocurrió, el mal ya triunfó, y todo lo que ocurre después es el drama irreversible que gira alrededor del crimen, el drama humano, de la gente que quería a la víctima”.

En esta nueva novela de José Miguel Martínez, el mundo sigue siendo un lugar donde abunda la injusticia. Sin embargo, a pesar de los vicios, de las rupturas familiares y de los fracasos, a pesar de que los protagonistas parezcan caer en un agujero oscuro y sin fondo, al otro lado del espejo hay una pequeña posibilidad de imaginar un final distinto, un final donde la camaradería y el cariño existen. Donde a pesar de que sabemos que todo tiene marcado su final —como ese juego de vaqueros con el que el protagonista pasa el rato en medio de la hecatombe familiar—, se puede encontrar un momento donde no todo está signado por la tragedia del crimen.