Columna publicada el domingo 19 de mayo de 2024 por La Tercera.

Leer a los clásicos abre puertas a mundos humanos que recorrieron completo su camino y fueron consumidos por las arenas del tiempo. Todos los corazones que estuvieron entrelazados por las esperanzas y decepciones de esas épocas están detenidos hace siglos. Y revisar las páginas de su historia sabiendo que lo mismo nos ocurrirá a todos nosotros pone la piel de gallina. De eso habla el poema “Ozymandias” de Percy B. Shelley, donde la declaración altanera de un rey del pasado labrada en la base de una estatua derrumbada que invita a los poderosos a “admirar su gran obra y desesperar” clama ridícula en medio de un desierto que se extiende en todas direcciones a su alrededor. La impotencia y el olvido final de toda gran ínfula humana invitan a la humildad y a la magnanimidad.

Los clásicos no son, entonces, un lujillo esnob. El contacto con tiempos idos nos permite comprender y abrazar el presente en sus posibilidades y limitaciones. Veamos un ejemplo: casi a todos los que participamos de alguna forma en la política nacional nos aqueja lo tóxico y decadente que se ha vuelto el espacio público. ¿Cómo la renacida democracia chilena, que inició con tanta ilusión y ambición los años 90, terminó así? ¿Por qué hoy parece imposible el diálogo no meramente manipulativo entre adversarios? Heródoto y Tucídides pueden ayudarnos a responder estas preguntas.

Las “Historias” de Heródoto, así como “La guerra del Peloponeso” de Tucídides, narran el triunfo y la decadencia de la democracia ateniense. El primero se centra en los sucesos de la guerra de las poleis griegas contra los persas (481-479 a.C.), donde Atenas logra gloriosos e inesperados triunfos en Maratón y Salamina. El segundo, en cambio, discute los hechos de la guerra entre Atenas y Esparta (431-404 a.C.) que termina con la humillante derrota de la primera. Ninguno de estos autores vive el apogeo democrático ateniense, sino que les toca una polis imperial orgullosa y victoriosa, que ha transformado a sus antiguos aliados en vasallos, y que experimenta la corrupción del éxito. Ambos intentan advertir los peligros de la hybris o desmesura,  al tiempo que buscan renovar la identidad política de la ciudad para salvar sus cimientos democráticos.

En Tucídides, en particular, aparece con nitidez el problema del cinismo y el doble estándar como signos de decadencia cultural: los atenienses tienen un relato digno y bello respecto a ellos mismos y sus libertades (discurso fúnebre de Pericles), pero se comportan de manera arrogante y abusiva con los demás, ni buscando ni confiando en la justicia y el diálogo, sino apelando a la mera fuerza. Esto se ve en el discurso de la embajada ateniense ante Esparta, y también en el “Diálogo de los Melios”. En estas instancias, tal como en el mensaje pétreo del Ozymandias de Shelley, la única función del lenguaje es llamar a la rendición a los débiles, y toda apelación a la equidad o la mesura es objeto de burla. La desmesura política, así, reduce el lenguaje a un arma, estropeando el mecanismo central de coordinación democrática y promoviendo el abuso, el pillaje y el desorden.

Esto nos recuerda los días de la Convención Constitucional, cuando la izquierda que hoy gobierna se sentía invencible y afirmaba que “los acuerdos los vamos a poner nosotros”. ¿No se habrá herido o terminado de herir ahí el lenguaje? Desde entonces parece imposible entendernos: las palabras ya no se dan sino que se disparan. La ironía final es que el Presidente Boric, que se precia de leer poesía, conduzca una coalición que ha hecho todo lo posible por inutilizar el habla, eligiendo cada vez la fuerza por sobre la justicia. Y ahora el Mandatario demanda, desesperado y arrogante, que se deshaga el daño producido por esa arrogancia en nuestra convivencia política. Muchas veces se le advirtió a la generación actual que usar el caos como escalera al poder dañaría los cimientos mismos de aquello que buscaban conquistar. Ahora tenemos al frente el resultado: el desierto que crece alrededor de quienes antes declaraban “¡Mirad mi obra, poderosos, y desesperad!”. La pregunta es si observar este naufragio colosal nos permitirá un giro de timón que reviva las palabras. No fue el caso de Atenas.