Columna publicada el viernes 3 de mayo de 2024 por El País Chile.

El algoritmo de Instagram es implacable. Hace unos días, un amigo me envió un video de Amadeo Lladós burlándose de él. Hoy, mi feed en la aplicación está plagada de videos del influencer español. Él se presenta así mismo con el siguiente relato: “Como fui víctima de bullying, era delgado y sin confianza, no me atrevía a hablar a las mujeres, lavaba platos, trabajaba de obrero, camarero, tenía $50 en mi cuenta bancaria, escapé de mi vida con alcohol/drogas/fiesta hasta el punto de casi morir de sobredosis de cocaína a generar +1M al mes como Coach Online y comprarme un Bugatti Chiron”. Su misión es ayudar a las personas a convertirse en el “GANADOR” (sic) que llevan dentro y poder “escapar del sistema para vivir la vida de tus sueños”.

Tiene una curiosa filosofía que mezcla estoicismo, el relato del self-made man, versiones secularizadas del cristianismo y grandes porciones de autos, yates, casas, junto con lo que él llama “tías buenísimas”. Exhorta a sus seguidores a levantarse a las 5 de la mañana, a trabajar más, a no quejarse, a ir al gimnasio y hacer burpees. Pero, sobre todo, sorprende la atracción que genera en sus millones de fanáticos e imitadores, que lo siguen con una fidelidad casi total y entregan sus a veces escasos recursos para parecerse un poco más a Lladós.

Una reacción natural ante esto podría ser la risa. Pero, ¿no hay una denuncia más profunda detrás de esta figura frívola y vacía? ¿No dice algo sobre nuestros modos de vida y las expectativas de muchos? Aunque Lladós se dirige principalmente a España, tiene seguidores de todo el mundo. De manera más impresionante, los recientes datos presentados por Cadem en El País respecto a la juventud chilena muestran una coincidencia con muchos de sus atributos y aspiraciones: los jóvenes chilenos priorizan tener trabajo, bienestar material y físico; describen el mundo como un lugar hostil y creen que, más que sueños, hay que tener metas concretas. Si nada parece tener sentido por sí solo, si la desafección es total y no hay criterios orientadores, la autoafirmación logra un remedo de ese sentido; y no es descabellado que el dinero ocupe un lugar tan central en sus vidas. Esto va de la mano con que en muchos casos, la vida se ha vuelto sumamente cara y difícil de financiar, lo cual exige más trabajo para mantenerse a flote pero, al mismo tiempo, implica dejar de lado muchas de las redes de apoyo y comunidades de pertenencia que proporcionaban un soporte vital.

Otra faceta del éxito de Amadeo Lladós parece relacionarse con cómo los hombres de esta generación lidian con la emergencia del feminismo y la falta de éxito. Ambos comparten una raíz: si se espera que, como hombre, me comporte y sea de una determinada manera que no funciona, una salida posible es hacer justo lo contrario y profundizar en ello. Si algunas agendas feministas se han forjado a partir de la crítica a la masculinidad, puede que paradójicamente la terminen reforzando. El mundo de los incel –célibes involuntarios– bien puede buscar respuestas en trabajar el cuerpo, despreciar a los débiles, ganar pastamucha pasta– y abrazar una ética cuasi sacerdotal de vida, aunque carente de un sentido trascendente. Por eso, la burla y el desprecio casi no sirven de nada, precisamente porque alimentan el sentimiento de nosotros contra el mundo, un mundo que, por lo demás, nos quiere “gordos y pisoteados”.

Desde el prisma político y cultural, se trata de cambios de la mayor relevancia. La desafección por lo común –lo cual incluye la religión, pero parece involucrar casi cualquier noción de bien compartido, de trascendencia, o narración más amplia– será un desafío mayor para quienes busquen liderar a la sociedad. También marca la volatilidad de los apoyos políticos, que pueden estar hoy y mañana desaparecer, y que tienden hacia la individualidad extrema. La juventud parece decir: garantice condiciones generales y no se entrometa en mi vida, que del éxito y su gestión me encargo yo.

De ahí que la aparición de Lladós, profeta del éxito, pero también síntoma nihilista, no debiera causar mayor risa. Toca fibras centrales en nuestra civilización occidental, sumergida en las tensiones del capitalismo tardío. La respuesta a los crujidos del mundo, para muchos, parece radicar en seguir a hombres fuertes que sepan ejercer el poder contra toda adversidad, para imponerle sentido a un mundo carente de éste. La historia, como un viento helado, no se repite. Pero rima. O puede rimar.