Columna publicada el domingo 26 de mayo de 2024 por La Tercera.

Las comunidades científicas que producen conocimiento en el campo de las ciencias naturales lo hacen sujetas a reglas metodológicas que sirven para validar la investigación producida. Una vez que un hecho es comprobado, pasa a ser parte del acervo científico universal. Esto hace que cada investigador que trabaja en un área determinada tenga un alto interés por el trabajo de sus pares de cualquier parte del mundo que estén investigando en la misma área, y las revistas académicas, así como los congresos especializados, sirven para filtrar y coordinar ese tráfico de conocimiento. Las ciencias naturales, así, son empresas donde el esfuerzo mancomunado de generaciones de científicos hace avanzar las fronteras de lo conocido por el ser humano. Luego, todo aporte, por pequeño que sea y rápido que se vea sobrepasado, se inscribe en una épica colectiva que tiene una dignidad propia.

Alan Sokal, físico de la U de Nueva York, lleva décadas defendiendo esa dignidad de los ataques y usurpaciones de la filosofía posmoderna, que básicamente postula que todo conocimiento es ideología y que lo que aparece como realidad es una configuración hegemónica y contingente de los discursos del poder. Esto lo llevó a enfrentarse con los filósofos europeos más famosos de fines del siglo XX, abriendo fuegos con un experimento: envió en 1996 un paper sobre los supuestos aportes de la filosofía posmoderna a la física cuántica a la revista posmoderna más prestigiosa, “Social Text”. Cada párrafo de dicho ensayo carecía por completo de sentido. Y, sin embargo, luego de la revisión de pares, resultó aceptado. La revelación posterior de Sokal respecto a la naturaleza absurda del paper generó un enorme escándalo. El libro “Imposturas intelectuales”, de Sokal y Bricmont, recoge el episodio.

Hoy Sokal –quien políticamente es de izquierda, al punto de haber partido a Managua a hacer clases durante la revolución sandinista- sigue dando la pelea, ésta vez contra los académicos que han intentado corromper la ciencia biológica para servir a las agendas progresistas de moda. Su último artículo en “The Critic” se titula “Woke invades the sciences” y aparece poco después del informe preparado para el NHS británico por la pediatra Hilary Cass, que dejó en evidencia el daño médico generado por validar el activismo transexual.

Pero el escándalo Sokal tiene otro borde: el de la falta de estándares idóneos en el campo no de las ciencias exactas, sino de las humanidades y las ciencias sociales. A diferencia de las ciencias naturales, en estas áreas no existe ni una sola comunidad epistemológica ni un progreso claro del conocimiento. De hecho, el nivel de fragmentación extremo de la producción académica (la mayoría de los papers en estas áreas nunca son citados, y los citados lo son muchas veces por redes de compadrazgo) hace que el “filtro de pares” diga poco: el régimen de papers en las humanidades y las ciencias sociales, donde históricamente siempre tuvieron más peso libros y ensayos, es más bien una parodia del mundo científico impuesta por un esfuerzo de estandarización industrial, aunque genere algunos productos valiosos. Luego, el espacio para el despliegue del “todo vale (porque todo es poder)” es amplio. Esto ha facilitado que se construyan áreas académicas completas desde el activismo temático, donde básicamente se utiliza el prestigio del código científico para validar opiniones políticas (tal como denunciaba Sokal en los 90), tejiendo redes de pares, estudiantes, publicaciones, programas y congresos de investigadores que se apoyan mutuamente por razones no académicas.

Lo feble del tinglado es tema de soterrado debate interno en la academia, aunque algunos de sus miembros pretendan en público que sus opiniones políticas merecen ser tratadas como si fueran físicos nucleares hablando de la fisión. La flacidez disciplinar, claro está, puede llevar a compensaciones egóticas. Sin embargo, bien encausada debería conducir a tomarnos en serio la pregunta respecto a la dignidad propia de estas áreas del saber, tan distintas a las ciencias naturales, pero igualmente valiosas. Una épica del saber humano, tal como mostraron Andrés Bello o J.H. Newman, es difícil pero no imposible.