Columna publicada el domingo 22 de agosto de 2021 por La Tercera.

“Estamos ante una polisemia propia de tiempos de incertidumbre” afirmó Sol Serrano a propósito de la eliminación del concepto “República de Chile” en una subcomisión que trabaja el reglamento de la Convención. A su hipótesis, quizás valdría agregar que la polisemia es propia también de tiempos nominalistas como los que vivimos. En la obsesión con los conceptos que invade a la Convención, parece esconderse la idea de que es allí donde todo se pone en juego, como si fueran las palabras las que crean la realidad. Así, al sacar “república”, podríamos borrar todo el historial negativo de nuestra trayectoria nacional, en una muestra de voluntarismo ingenuo que asume que fijando un concepto nuevo se puede partir de cero. Se trata de una versión más de la hoja en blanco que varios convencionales han tenido siempre como principal agenda: establezcamos otro concepto para construir la realidad a la que aspiramos.

En la crítica a esta pretensión no se esconde una actitud reaccionaria, escandalizada por el sólo hecho de abrirse a la pregunta –legítima e inevitable– de si no hay mejores palabras para designar tiempos distintos. Se busca, en cambio, poner en evidencia cierta ceguera de quienes impulsan la iniciativa. Y es que, contrario a sus objetivos, con el gesto replican los peores momentos de un Estado que, desde arriba, impone y fija las categorías con las cuales se quiere ordenar la realidad. Quizás esto se deba a la idea equivocada de que no es el Estado el que tiene siempre el riesgo de arrasar, sino que depende de quienes están a su cargo. Así, los convencionales parecen carecer de conciencia crítica para ver que ellos también pueden reproducir las dinámicas constructivistas y excluyentes que han cuestionado de nuestro historial republicano. No perciben que el desafío no reside en que el Estado logre por fin ser un fiel reflejo de la cultura, sino en que vaya perfeccionando sus criterios y recursos para evitar su propensión a pasar por encima de ella. Al cambiar “República” por “Constitución de los pueblos”, no están solamente desconociendo la relación histórica que hace inseparables ambos conceptos, como dice Serrano, sino repitiendo una vez más la imposición elitista del Estado.

Pero en este voluntarismo nominalista se esconde también una comprensión empobrecida del lenguaje. Al desechar la palabra república, se la identifica por completo con la historia de los abusos del Estado, como si a ello se redujera su significado. Se desconoce así que las palabras no guardan meras voluntades de poder, sino que son herederas de los espacios y personas que las ocupan para significar su mundo. Es por eso que la palabra república no se agota en la dimensión oscura de nuestra trayectoria, sino que resguarda la herencia completa –en su riqueza y miserias– del esfuerzo por ir configurando la vida en común. Lo que uno cuestiona, entonces, al querer eliminarla, es el desprecio por esa historia y el afán refundacional que lo acompaña. Porque no se trata de desconocer el valor de discutir sobre las palabras con que construiremos nuestro pacto social, sino de criticar la aspiración a construir todo nuevo, ciegos a las herencias valiosas que esos términos conservan. Tal vez se puede formular esto de modo más propositivo: no necesitamos tanto reemplazar palabras, como conversar respecto de sus significados, para descubrir si es que no hemos errado nuestra comprensión de ellas. Que la discusión de la Convención sea ocasión no de refundar, sino de enriquecer el patrimonio lingüístico que resguarda la historia de nuestra convivencia.