Columna publicada el domingo 25 de julio de 2021 por El Mercurio.

¿Cuánto espacio efectivo hay entre Sebastián Sichel y Gabriel Boric? El lanzamiento de la candidatura de Yasna Provoste obliga a formular esta pregunta del modo más riguroso posible. Es sabido que el diseño inicial de la senadora preveía una disputa con dos candidatos que fueron derrotados —Daniel Jadue y Joaquín Lavín— y, aparentemente, los elegidos estrechan su margen de acción. Así, la centroizquierda parece estar atenazada entre dos fuerzas que amenazan con reducirla a su mínima expresión.

Ese análisis no es del todo incorrecto, pero peca por su carácter un poco estático. En efecto, el escenario político chileno es demasiado móvil y cualquier conclusión muy definitiva será precipitada. Por lo mismo, lo más relevante no es tanto la instantánea del momento, sino captar la dinámica, la dirección del movimiento. En ese sentido, me parece que las primarias dejaron tres grandes mensajes. El primero es que —contrariamente a lo que muchos esperaban— la derecha está viva y, si hace las cosas bien, tiene buenas posibilidades de llegar a segunda vuelta en noviembre. El segundo mensaje guarda relación con la participación, mucho mayor a la prevista: los chilenos quieren incidir en lo que viene y no permitirán que ningún grupo se arrogue toda la representatividad por haber ganado una elección (dicho sea de paso, será difícil avanzar a un sistema parlamentario, considerando el profundo arraigo que detenta en nuestro país la elección presidencial). Y el tercer mensaje, más o menos evidente, consiste en que el marcado anhelo de cambio y renovación bien podría converger al centro. Sichel, sin ir más lejos, obtuvo una votación tan impresionante como inesperada desde ese lugar; y Boric —por más que le pese— sabe perfectamente que le debe buena parte de su triunfo al voto moderado que Jadue ahuyentó con meticuloso esfuerzo.

Si lo anterior es plausible, una candidatura de Provoste podría —eventualmente— gozar de más espacio del que se supone, porque tiene más herramientas para encarnar una dinámica de esa naturaleza. Sichel deberá lidiar con el legado de este gobierno, con los partidos que lo apoyan y, además, enfrentará un oponente por su derecha. Por su parte, a Boric le será difícil librarse de sus enormes ambigüedades. Hará lo posible por no renunciar al voto menos duro, pero su ala izquierda le estará exigiendo constantemente pruebas de fidelidad absoluta. Cada vez que quiera moverse al centro y mostrar vocación de mayoría, pagará un costo elevado en su flanco izquierdo. De hecho, es muy probable que dicho sector se fragmente en varias candidaturas y Boric, entonces, se verá obligado a navegar en aguas hostiles. Baste recordar que su micropartido no lo respaldó el 15 de noviembre ni cuando quiso incluir al PS en la primaria.

Ahora bien, en política, los espacios nunca están disponibles, sino que deben generarse. Sin ir más lejos, así lo hicieron Sichel y Boric, que entraron como retadores. Si la praxis crea sus propias condiciones de posibilidad, la tarea de Yasna Provoste es precisamente construir un escenario que le sea propicio a partir de los factores antes señalados, y evitar el resultado de Carolina Goic —votación bajo los dos dígitos, abandonada por su infantería—. Para lograrlo, debe cumplir con una condición ineludible, de índole más bien psicológica: todos aquellos quienes fueron parte de la Concertación no pueden seguir mirando con complejo de inferioridad a los más jóvenes. Aquí reside, sin duda, el gran déficit de la generación de Yasna Provoste. Al abdicar el año 2011 de lo que habían realizado, en lugar de realizar un inventario sereno, le regalaron a los críticos toda la supremacía moral. Nunca más un político de ese mundo pudo hacer frente con orgullo a un frenteamplista, porque habían concedido el elemento inicial del diagnóstico. Si los treinta años fueron algo así como una traición, entonces todos los que jugaron en esa cancha son cómplices del crimen (y allí están las firmas de Yasna Provoste y Ricardo Lagos en la Constitución vigente). No será fácil revertir esa tendencia, pero si la centroizquierda no recupera algo de orgullo por el ciclo político que lideró, está condenada a ser fagocitada por fuerzas que le enrostrarán una y otra vez el pecado ya confesado. Todo esto conlleva, por cierto, una exigencia programática: el proyecto de la centroizquierda tiene que distinguirse nítidamente del ofrecido por Boric. Sin identidad ni programa específico, será imposible crear ese espacio.

Con todo, si acaso es cierto que los chilenos quieren reformas profundas sin rupturas, todo indica que ni la izquierda dura (presionada por quienes quieren jugar a la revolución y a la exacerbación de las guerras culturales) ni la derecha (que no ha dado pruebas suficientes de gobernabilidad con el piñerismo) estarán en condiciones de ofrecer esa alternativa. En rigor, puede pensarse que el electorado chileno pareció extremarse porque el centro quedó vacante. Sin embargo, las profundas transformaciones que se avecinan serán imposibles de llevar a cabo sin un centro que modere y evite la polarización por la que tantos apuestan. Tal fue la tragedia que encerró a la Unidad Popular, y tal es la responsabilidad que pesa hoy sobre la candidatura de Yasna Provoste.