Columna publicada el domingo 10 de enero de 2020 por El Mercurio.

Las imágenes del Capitolio invadido y zaherido por una masa enardecida de trumpistas, dispuestos a cualquier cosa para impedir la consumación de un supuesto fraude electoral, quedará por largo tiempo en nuestras retinas. Después de todo, la democracia norteamericana es una pieza angular del imaginario occidental, y encarna un esfuerzo extraordinario con vistas a restaurar la política en la era moderna. En ese sentido, la profanación de sus lugares más emblemáticos no puede dejarnos indiferentes.

Desde luego, no se trata de declarar precipitadamente la muerte de la democracia del norte. Lo más probable es que el sistema resista este embate, como ha resistido otros. Por lo demás, los partidarios de Trump no tienen ninguna estrategia más allá de la estridencia. De hecho, como ha subrayado Daniel Innerarity, esto no es un intento de golpe, pues no hay ningún diseño para tomarse el poder. No obstante, los peligros son reales y están a la vista. Hay algo relevante —el sentido de la república— que se perdió en el camino.

En ese contexto, la primera reacción es la indignación. ¿Cómo es posible que un presidente derrotado en las urnas llame abiertamente a desconocer el resultado y las mismas instituciones que le permitieron alcanzar la primera magistratura? ¿Cómo comprender que un viejo y respetable partido como el Republicano haya terminado comprometido, aunque fuera parcialmente, en actos de esa naturaleza? Ahora bien, estas preguntas no agotan el fenómeno. La indignación tiene su peso moral, pero carece por sí sola de herramientas intelectuales para comprender. Esto se agrava cuando la indignación se tiñe de maniqueísmo, como si el mal siempre estuviera fuera de nosotros.

La pregunta es, por cierto, qué motivos pueden explicar que Estados Unidos haya llegado hasta este extremo. En su libro “Posverdad y otros enigmas”, el filósofo italiano Maurizio Ferraris ha sugerido una explicación. Ferraris —quien fuera cercano a Derrida— arguye que el fenómeno Trump es el heredero directo, aunque nunca reconocido, de la filosofía posmoderna. En términos muy esquemáticos, esta corriente tiende a sospechar de la idea misma de verdad. Por lo mismo, también mira con distancia el lenguaje, que es el instrumento que intenta expresar aquello que creemos verdadero. En esta perspectiva, el lenguaje crea realidad (en lugar de remitir a ella) y, en último término, oprime. Por eso Roland Barthes podía decir que el lenguaje es fascista.

La dificultad estriba en que, al interior de esta lógica, quien intenta reivindicar las virtudes del diálogo democrático es rechazado como potencial opresor. Si la verdad es una ilusión ideológica, si el lenguaje es un instrumento de dominación y si cada cual se encierra en su propia identidad, no debe extrañarnos el surgimiento de actores que se niegan al diálogo racional y construyen mundos paralelos. Trump es aquello que adviene cuando el lenguaje ha perdido su capacidad de articular el mundo común. O, si se quiere, es la fuerza bruta que surge cuando ya no creemos en nada.

Aunque suene abstracto, todo esto tiene consecuencias políticas de primer orden. En efecto, sin lenguaje común ni referencias compartidas, solo nos queda la fuerza como mecanismo para resolver nuestras diferencias. En consecuencia, la política —que es la negación de la fuerza— pierde pertinencia. No puede haber política allí donde no hay deliberación, y no hay deliberación allí donde nunca vemos diálogo honesto, sino opresión y correlación de fuerzas. La duda posmoderna termina corroyendo los fundamentos de la democracia, en la medida en que le cuesta mucho admitir sus méritos. Si solo tenemos lentes para ver opresión, perdemos la capacidad de distinguir regímenes, y todo nos parece igualmente opresivo —de allí la facilidad con la que muchos hablan de dictadura o de violencia estructural para justificarlo todo—. La paradoja reside en que si bien la tradición posmoderna está estrechamente asociada a la izquierda, sus frutos son recogidos con frecuencia por la derecha: nadie sabe para quién trabaja. Pero no debemos engañarnos, pues en ambos bandos hay corrientes nihilistas que se alimentan recíprocamente. La violencia ciega no tiene color político.

¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros? Poco y mucho a la vez. Poco, porque, naturalmente, los escenarios son distintos. En Chile hemos tenido violencia, pero ha sido más bien inorgánica y no fruto de un desacato presidencial. Sin embargo, la situación también admite analogías. Muchos vieron en la violencia de octubre el camino para superar un orden que consideraban opresivo, y no marcaron con ella la debida distancia. En el fondo, para varios la condena de los medios es relativa a la simpatía respecto de la causa perseguida, como lo revela el proyecto de indulto a los “presos de la revuelta” —algunas violencias son más legítimas que otras—. El cáncer de la política chilena es la aceptación instrumental de las reglas del juego, que es precisamente el rasgo más característico de Trump. Llamar a rodear de masas la Convención Constitucional sugiere precisamente que algunos no están dispuestos a aceptar el resultado, y el hecho de que dicho llamado haya sido realizado por el PC debería persuadirnos de que el fascismo —devoción por la fuerza, desprecio hacia las instituciones y negación de las posibilidades del diálogo— no es patrimonio exclusivo de ningún sector.