Columna publicada el jueves 4 de junio de 2020 por Ciper.

Las élites chilenas han ido alcanzando niveles de polarización altamente preocupantes. Esto se debe, en parte, al debilitamiento de la autoridad política, que hace que la competencia por el poder sea más cruenta, pero también debido a los efectos de la interacción permanente y prolongada con plataformas virtuales que incentivan la polarización.

Sociológicamente hablando, el origen de todo este desajuste es la consolidación de la clase media chilena nacida al alero de la sociedad de mercado. Clase que, a pesar de ser demográficamente mayoritaria, no tiene espacio en las instituciones nacionales, que quedaron ancladas en un país simplemente de pobres y ricos. Parece haberse llegado al final de una escalera que ayudó a millones de chilenos a subir, pero que hoy ofrece sólo bajar. Y la gran pregunta es qué hacemos ahora.

«Carlos Peña tiene toda la razón al señalar que la mayoría de los chilenos se encuentra mucho mejor hoy que sus padres y abuelos. Eso justamente aviva el conflicto, en la medida en que se produce, en palabras de Peter Turchin, una “sobreproducción” de élites»

Carlos Peña tiene toda la razón al señalar que la mayoría de los chilenos se encuentra mucho mejor hoy que sus padres y abuelos. Eso justamente aviva el conflicto, en la medida en que se produce, en palabras de Peter Turchin, una “sobreproducción” de élites: demasiada gente calificada (o certificada, al menos) compitiendo por los mismos espacios. Un grupo reducido y envejecido arriba, y una mezcla de jóvenes y recién llegados presionando desde abajo. El conflicto es a la vez generacional y de clase, pero se equivocan quienes piensan en un escenario de proletariado y burguesía (por si acaso, las élites de izquierda no son menos élites que las demás: simplemente usan una estrategia de legitimación diferente).

En un contexto como este, los grupos que se disputan los espacios de liderazgo tienen incentivos para tratar de agravar la situación en vez de buscar soluciones. Meterle leña al fuego con la esperanza de que tu adversario se queme, corriendo el riesgo de correr la misma suerte y arrastrando, por cierto, al resto de los grupos sociales. Las guerras de las clases dirigentes las pagan con sangre, miedo y hambre los más pobres.

El debate público se vuelve, por supuesto, tóxico. Una constante es acusar al otro de carecer totalmente de principios, y guiarse meramente por intereses. Tal sospecha hace imposible el debate razonado, ya que asume que las razones dadas son siempre fachadas de los verdaderos intereses ocultos. Muchos se solazan en “revelar” que el adversario “sólo quiere poder” o realmente es nada más que un operador de algún grupo de interés.

Terminamos, entonces, en una distopía foucaultiana, donde todo es realmente maniobra y el lenguaje es simplemente velo. No hay comunicación posible. En este ambiente, las teorías conspirativas cunden y la lógica obtusa de “si tal fenómeno le conviene al adversario, entonces él mismo lo produjo” hacen nata. Un ejemplo obvio es buena parte de la derecha segura de que el estallido social fue orquestado completamente por la izquierda, y la izquierda, luego, convencida de que el coronavirus era prácticamente un invento del gobierno para desarticular el movimiento social. Este razonamiento ideologiza y vuelve partisano todo fenómeno, incluso las catástrofes ambientales. Luego, nos interesa más culpar al adversario que encontrar soluciones efectivas.

¿Es posible salir de ahí? Sí, pero es difícil. Lo primero que necesitamos es un lenguaje común para poder hablar sobre las reformas que deben impulsarse para pacificar el conflicto elitista y convertirlo en fuente de justicia social para los demás grupos sociales. ¿Cómo llegar a ese lenguaje?

LA PAZ QUE TRAERÁ LAS REFORMAS

Los modos de razonamiento que dividen izquierdas y derechas contienen sesgos poderosos que previenen la posibilidad de lograr acuerdos fácilmente. Percibimos la realidad de distinta manera, magnificando algunas cosas y minimizando otras. Tenemos, en última instancia, teorías diferentes acerca del sentido y significado de la historia humana, tal como explica notablemente Yuval Levin en su libro “The Great Debate: Edmund Burke, Thomas Paine, and the birth of right and left”.

Ahora, son principalmente las élites académicas las que tienden a la sistematicidad: su distancia con la realidad les permite e incentiva aproximarse a ella a través de abstracciones. Pero poca gente razona políticamente en base a un sistema. La mayoría armamos más bien un collage que nos permite orientarnos y navegar la realidad. De ahí que lo normal es que seamos inconsistentes. Heredamos posturas políticas tanto como equipo de fútbol, mezclamos eso con nuestra experiencia, con nuestros intereses y así se va armando un entramado complejo, que se inclina un poco más hacia la izquierda o la derecha, pero que puede cambiar su inclinación si cambian las circunstancias.

Si nos dejamos llevar solamente por abstracciones teóricas, terminaremos haciéndole daño a muchas formas de vivir realmente existentes. Si dejamos de lado las abstracciones y nos dedicamos solamente a la repartija de lo común entre diversos modos de vida

El collage tiene ventajas y desventajas. Su ventaja principal es que resulta más próximo a la realidad: representa modos de vida realmente existentes. Su desventaja nace de lo mismo: es parcial respecto a esos modos de vida. Luego, no presta mucha atención a los demás modos de vida y sus expectativas.

Construir acuerdos, entonces, demanda no sólo buscar lenguajes compartidos entre sistemas ideológicos abstractos que son poco compatibles, sino tratar de poner en relación y perspectiva modos de vida que van siempre a luchar por preservarse a sí mismos, incluso en desmedro de todos los demás. Si nos dejamos llevar solamente por abstracciones teóricas, terminaremos haciéndole daño a muchas formas de vivir realmente existentes. Si dejamos de lado las abstracciones y nos dedicamos solamente a la repartija de lo común entre diversos modos de vida, terminamos rápidamente en formas de clientelismo ajenas a la justicia.

Algunos pensarán que no es necesario llegar a acuerdos, imaginando que el poder se ajustará sólo según las “correlaciones de fuerzas”, que actuarán como una mano invisible. Sin embargo, la realidad no funciona así: para que haya correlaciones de fuerza pacíficas, debe haber un acuerdo respecto al juego que se juega y sus reglas. De lo contrario, pasamos rápidamente de contar cabezas a cortarlas. Las disputas por la conducción que no se dan dentro de un orden acordado y con cierto sentido de “juego limpio” terminan rápidamente pasando a choques de fuerza materiales: a violencia. Y ahí dejamos el plano de la política. Recordemos 1891.

Algo que me parece clave aclarar es que una nueva constitución no va a arreglar este problema por sí sola. Si el debate acerca de ella no es bien enfrentado, de hecho, simplemente va a agravar la situación. Para ponernos de acuerdo necesitamos un punto de vista compartido que permita poner en perspectiva nuestros propios puntos de vista. Observar nuestra observación. Y eso no surge de la nada en momentos de necesidad: perfectamente podemos generar un quiebre total de la comunidad intentando forzar la necesidad de un acuerdo sin las herramientas básicas para construirlo ni una noción clara de lo que estamos buscando.

Algo que me parece clave aclarar es que una nueva constitución no va a arreglar este problema por sí sola. Si el debate acerca de ella no es bien enfrentado, de hecho, simplemente va a agravar la situación.

¿Cómo obtener perspectiva? El filósofo chileno José Andrés Murillo llama “confianza lúcida” a una distancia que nos permite ver con claridad al otro y confiar en base a lo que se ve. La desconfianza hace invisible al otro, lo niega por completo, mientras que la confianza tiene el mismo efecto, ya que lo identifica por completo con uno mismo. El problema de la distancia, por supuesto, también se aplica al propio punto de vista: yo puedo trabajar un compromiso irónico tanto con mi forma de vida como con mi ideología. Esto remedia el exceso de confianza en uno mismo.

Si miramos desde lejos, izquierda y derecha buscan objetivos altamente improbables. La izquierda quiere una libertad sin privilegios, mientras que la derecha quiere una igualdad sin homogeneidad. Ambas son utopías. De acuerdo con ese horizonte, la izquierda asume como principal herramienta al Estado soberano, lo que le atrae la simpatía de las formas de vida que dependen fuertemente del apoyo estatal. La derecha, en tanto, confía en el libre intercambio de mercado, lo que le atrae la simpatía de formas de vida que dependen fuertemente de la autonomía de los privados.

Si observamos nuestro propio modo de vida, muchas veces es fácil notar por qué nos inclinamos por una opción política u otra: generalmente tiene que ver con intereses privados. Y algo muy importante es reconocer que eso no deslegitima nuestra posición política. El bien común es el bien de todos, pero también de cada uno. Nadie tiene por qué avergonzarse de vivir de una forma que le gustaría preservar, o de tener necesidades que le gustaría resolver lo antes posible. Los seres humanos vivimos en comunidades y en grupos. Y cualquier punto de vista que pretenda negar eso en nombre de una justicia total terminará en guerra con la realidad. Lo importante es tener claridad respecto a que hay formas y formas de avanzar los intereses de nuestra comunidad y grupo. Y que algunas de ellas, aunque nos otorguen ventajas en el corto plazo, terminan dañando la vida en común, por lo que deben ser evitadas.

La izquierda necesita un Estado no capturado por el clientelismo para poder pretender que dicho aparato administre de manera justa y eficiente más áreas de la realidad. Pero es altamente improbable que haga las reformas necesarias para ello, ya que muchos de los grupos de interés y modos de vida que apoyan a la izquierda son justamente clientes del Estado.

La democracia liberal es un sistema que funciona justamente porque siempre evita que una abstracción derrote a todas las demás y que un modo de vida someta a todos los otros. Por lo mismo es siempre frustrante: nunca obtenemos todo lo que queremos. Y eso es bueno: un triunfo total rápidamente se volvería una derrota total. Es demasiado lo que queda fuera de nuestra perspectiva como para que no colapse si no es puesta en tensión.

El secreto bajo este sistema es tan sencillo como paradójico: los grupos de interés y formas de vida defendidos por cada facción política normalmente derrotan el proyecto ideológico de esa facción. Así, por ejemplo, la izquierda necesita un Estado no capturado por el clientelismo para poder pretender que dicho aparato administre de manera justa y eficiente más áreas de la realidad. Pero es altamente improbable que haga las reformas necesarias para ello, ya que muchos de los grupos de interés y modos de vida que apoyan a la izquierda son justamente clientes del Estado. Un Estado eficiente, entonces, será más probablemente conquistado por la derecha que por la izquierda. Y lo mismo pasa con los mercados: la izquierda está en mejor posición para presionar contra los monopolios y las fallas de mercado que la derecha. Libres mercados funcionando bien, sin capturas monopólicas, son mucho más fáciles de conquistar por la izquierda que por la derecha. Y hay más: las reformas pro-Estado de la derecha serán probablemente mejor hechas y ejecutadas, justamente porque la derecha no confía mucho en el Estado. Y el fantasma del comunismo no pesará sobre ellas. Lo mismo con las reformas pro-mercado de la izquierda: nadie se imaginará que son hechas con un horizonte de darwinismo social-laissez faire. Como se decía en los 70, sólo Nixon puede ir a China.

Obviamente la virtud de esta confrontación colapsa si la derecha se dedica a clientelizar el aparato estatal al mismo tiempo que defiende grupos de interés monopólicos y la izquierda se dedica a defender grupos de interés monopólico al mismo tiempo que clienteliza el aparato estatal. En ese escenario, tal como mucha gente dice con acertada frustración, da lo mismo quién gobierne. Todo sigue igual o cada vez peor.

Otro hecho triste es que todo orden, cualquiera sea, tiene víctimas. Hay personas y modos de vida que tienen una muy baja compatibilidad con el orden establecido, al punto que resultan casi invisibles para él. Un orden que funciona de buena manera tiene la menor cantidad de víctimas posible. Y sabe que tiene víctimas. Todo orden que se plantea como uno sin víctimas es simplemente porque las niega y las esconde.

La crisis sanitaria, al poner bajo estrés el orden completo, hace más fácil identificar las grandes fallas, vacíos y víctimas del sistema. Esto podría servir como una base para el diálogo y los acuerdos orientados hacia el futuro.

LAS REFORMAS QUE TRAERÁN LA PAZ

En resumen, creo que tenemos un gran desafío entre manos: despolarizar el debate de las élites y reconducirlo a un cauce razonable. Esto exige reformas sociales que redistribuyan de mejor manera los espacios de poder y autoridad. Pero para realizar esa distribución por medios distintos a la guerra, se necesita un lenguaje común que permita negociar los acuerdos, tratando de orientarlos hacia medidas de justicia generales que beneficien al conjunto de la población.

Ello demanda que tanto la izquierda como la derecha democrática dejen de entenderse como portaestandartes de todo lo universalmente bueno, justo y correcto. No lo son, y si insisten en ese camino, terminaremos en un escenario de guerra civil. Ambas se necesitan mutuamente para corregir sus puntos ciegos y contradicciones internas. De ese balance permanente se trata la democracia, y no de “el mejor sistema gana”, como creen algunos iluminados.

Una derecha democrática leal a su deber necesita interesarse por el Estado y sus instituciones. No puede ser un parlante de ignorancia que repita que “hay que cortar grasa” para luego rellenar con la “grasa” propia una vez que se hace del poder. Una izquierda democrática leal a su deber necesita comprender bien el funcionamiento de los mercados y sus instituciones. No puede ser un mono porfiado de “si es privado, es malo”, al mismo tiempo que se deja financiar por los monopolios.

Una derecha democrática leal a su deber necesita interesarse por el Estado y sus instituciones. No puede ser un parlante de ignorancia que repita que “hay que cortar grasa” para luego rellenar con la “grasa” propia una vez que se hace del poder. Una izquierda democrática leal a su deber necesita comprender bien el funcionamiento de los mercados y sus instituciones. No puede ser un mono porfiado de “si es privado, es malo”, al mismo tiempo que se deja financiar por los monopolios.

Finalmente, es importante que ambos grupos reconozcan a las víctimas de orden resultante y luchen por minimizar el daño que sufren. No hacerlo es lo que genera horrores como el Sename, fruto de la indiferencia general respecto a los que nada tienen.

En otras columnas sucesivas me gustaría tratar de explorar qué tipo de formas podrían adoptar acuerdos básicos en distintas áreas de la realidad, si es que tratamos de pensarlas asumiendo este punto de vista.