Columna publicada el martes 28 de abril por La Segunda.

La muerte de Sergio Onofre Jarpa y sus repercusiones nos hablan de derechas e izquierdas; de su generación y de la nuestra. 

De origen Ibañista y máximo exponente de la corriente nacional popular, Jarpa lideró la oposición contra el gobierno de la UP en una inédita articulación con la DC, impulsó la relativa apertura política de la dictadura, y fue crucial en el retorno a la democracia (su temprano reconocimiento del triunfo del “No” fue vapuleado por los duros del régimen). En suma, la trayectoria e impronta del fallecido dirigente son muy singulares: ni conservador ni liberal —según recordó Andrés Allamand—, más pragmático que dogmático, más político que económico. El contrapunto con el chicago-gremialismo es elocuente. Pero tal como el doctor Cruz-Coke (muy distinto, pero aún más heterodoxo), Jarpa no dejó escuela ni herencia política clara. Por motivos que deben estudiarse más, en la derecha local suele imponerse el tradicional paradigma liberal-conservador.

Para la nueva izquierda, sin embargo, nada de esto merece ninguna consideración o matiz. Lo único significativo sería que Jarpa encabezó el gabinete de Pinochet (por dos años) y que ahí continuaron las cruentas violaciones a los derechos humanos (lo cual es cierto). Pero, además del laberinto sin fin al que conduce este enfoque unilateral —unos replicarán con el prontuario de Tellier, otros con la reunión de Boric con Palma Salamanca, y así—, asoma un problema más profundo. Nadie lo ha formulado mejor que Sergio Valech, presidente de la “Comisión sobre prisión política y tortura”. A propósito de los civiles de la dictadura, el obispo sostuvo que se hace “bien en procurar desde adentro corregir los errores (y horrores) de injusticia social, corrupción económica, tortura y otros atentados”. A falta de prueba en contrario, no cabe descartar a priori que ese fuera parte del ánimo de Jarpa. Basta recordar su papel en el retorno de varios exiliados. 

Todo esto remite al drama de su generación, víctima y protagonista de la época de las «planificaciones globales», al decir de Mario Góngora. El mérito de Jarpa, Aylwin y otros —más allá de sus respectivos demonios— fue sobreponerse a sus vivencias e intentar superar los traumas del pasado, para dialogar con los adversarios de toda una vida. Si algo se nota al revisar las peripecias de fines de los 80, es justo eso. Como concluye Ascanio Cavallo en «Los hombres de la transición», mucha gente hizo «esfuerzos para que todo resulte bien». 

En varios sentidos, así resultó. Hoy sabemos cuán frágil es la estabilidad democrática que nos legaron por tres décadas los fundadores del Chile posdictadura. Otra cosa son las dificultades de nuestra generación para aceptar los claroscuros propios de la condición humana.