Entrevista realizada por Daniel Mansuy y publicada por El Mercurio el domingo 8 de marzo de 2020.

Pierre Manent es ciertamente una de las figuras más influyentes en la filosofía política francesa de los últimos decenios, que ha contribuido a renovar con sus trabajos. Discípulo de Raymond Aron y lector de Leo Strauss, Manent ha sido uno de los defensores más sistemáticos de la idea de nación, al mismo tiempo que un crítico muy severo del proyecto europeo. Nos reunimos con él para preguntarle su parecer sobre la crisis que viven las democracias contemporáneas, la relación entre política y derechos, y el complejo momento de Emmanuel Macron. Aquí sus respuestas.

–Usted ha realizado por años un vasto trabajo sobre la política moderna. ¿Cuál es su impresión frente a las enormes dificultades que enfrenta hoy la democracia representativa en todo el mundo?

«Se trata de una crisis de un sistema elaborado en los siglos XIX y XX. El régimen representativo es muy original en la historia humana, y exige instituciones bien organizadas y disposiciones colectivas difíciles de adquirir. Por un lado, se requiere que la población confíe en quienes gobiernan; y, por otro, el gobierno debe ser responsable frente a la población. Pero la confianza se ha debilitado, y los electores no confían en quienes eligen. Además, en el caso europeo, la clase dirigente ha concebido su función con independencia de su papel representativo. En Europa, la clase dirigente no se ve a sí misma como representante del pueblo, sino como encargada de conducir a las naciones hacia otro dispositivo político: construir la gobernanza europea. De algún modo, la clase dirigente ha contribuido a deslegitimar la representación política, sobre todo cuando se negó a tomar en cuenta los resultados del plebiscito de 2005 sobre la Constitución europea. La clase dirigente busca organizar la vida común según reglas que considera racionales e independientes del voto popular; el pueblo, por su parte, no cree obligatorio obedecer pues siente que sus necesidades no son tomadas en cuenta».

–¿No estamos pagando el costo de haber pensado, en los años noventa, que todos los obstáculos al despliegue de la democracia liberal estaban abolidos?

 «En el fondo, dejamos que el sentido mismo de la democracia se modificara. Tenemos hoy una interpretación muy unilateral de la democracia, que se resume en derechos individuales. La democracia siempre estuvo fundada sobre los derechos humanos, pero en su origen, a fines del siglo XVIII, la afirmación de los derechos humanos era inseparable de la afirmación de los derechos del ciudadano, esto es, los derechos de la nación de gobernarse a sí misma. Hoy, esta idea ha perdido mucho peso. Uno de los factores fue el descrédito de la nación, y la inculpación del nacionalismo como la fuente de todos los males. Hoy, todo lo que parece ser un eco del nacionalismo, incluso la defensa más sobria y moderada de la nación, resulta sospechosa. Sin embargo, el gobierno representativo sólo existe al interior del marco nacional. En Europa, enfrentamos una dificultad considerable, pues nos sabemos quién nos representa. Los europeos estamos divididos entre las naciones y Europa. Europa tiene mucha legitimidad y poca realidad, y las naciones mucha realidad y poca legitimidad, y no logramos reunir ambos principios. En el lenguaje de Pascal, nos falta unir la fuerza y la justicia».

–¿En qué medida puede decirse que las democracias iliberales, como la Hungría de Orban, plantean un desafío mayor al mundo occidental?

«El caso de Hungría es muy singular, pues es un país que se siente víctima de la historia del siglo XX. Hungría no es la cabeza de un movimiento. Lo importante es tomar la lección correcta. La clase dirigente quiere administrar la vida común a través de reglas económicas y jurídicas, que no tienen en cuenta el hecho nacional, sino que se dirigen al hombre en general. En nuestros países, parte importante de la población se siente en situación de minoría amenazada por la evolución de las reglas comunes, pues el derecho parece darle siempre razón a las minorías reivindicativas. Si en otros tiempos temíamos la tiranía de las mayorías, hoy las mayorías se sienten expuestas a la tiranía de las minorías. Si usted quiere, una parte de la población puede verse tentada a renunciar a ciertas garantías del estado de derecho si los gobernantes aseguran la forma de vida nacional. Las democracias iliberales no son una versión contemporánea del fascismo, ni un modelo a seguir. Son más bien un fenómeno que nos dice algo sobre nuestros propios problemas. El resorte de esos regímenes puede resumirse así: es una respuesta política a la ansiedad de una mayoría que siente que, con el auxilio de ciertas instituciones jurídicas, los gobernantes imponen cambios en su modo de vida».

-¿Eso explica también el caso Trump?

«Nos sorprende, con justicia, la popularidad de Trump, pero hay que comprender la profundidad de la frustración de una porción muy importante de los estadounidenses respecto de la evolución de la gobernanza de ese país. Trump no resuelve el problema, pero lo encarna y lo expresa. Es desagradable, es estridente y es chocante, pero al menos debería servirnos para tomarnos en serio la angustia colectiva de parte de nuestras naciones».

–¿Qué tan pertinente le parece la distinción de David Goodhard entre aquellos que son de todos lados (anywhere) y aquellos que son de algún lado (somewhere) para explicar las divisiones contemporáneas?

«Es una buena formulación. Es llamativo cómo la clase gobernante busca mostrar su independencia respecto de sus propios países. Ellos pueden moverse y trabajar en cualquier lugar; mientras que los otros están ligados a un entorno social, viven con dificultad y no pueden moverse fácilmente. Este problema desencadenó la crisis de los chalecos amarillos, con el aumento del impuesto al petróleo. Hay personas, por citar a Montesquieu, para las que el territorio natural es todo el universo, o al menos se perciben así; y aquellos para los que el territorio natural es su región. Un factor adicional, pero muy importante, es la lengua. Las clases ilustradas realizan buena parte de su educación en inglés, incluso hay lugares, como Sciences-Po, donde se exige cada vez más que profesores franceses hagan clases en inglés. Es una separación muy radical: unos hablan la lengua internacional, y otros el idioma local, además de que no pueden, o no quieren, moverse. En las novelas rusas, la aristocracia habla francés. La separación por la lengua remite a edades predemocráticas, y nuestra democracia reencuentra esas viejas divisiones».

–¿En qué medida le parece que Emmanuel Macron ha logrado modificar el paisaje político francés?

«Macron pretendió traer novedad, pero no es seguro que lo haya logrado. Desde hace decenios, la clase dirigente de izquierda y derecha viene siguiendo la misma política, la política europea. La derecha había renunciado a la idea de nación, y la izquierda a la idea socialista. Macron condensa a la perfección a esa clase dirigente francesa de los últimos 30 años».

–Actualmente, se discute en Francia la legalización de la procreación asistida para parejas de mujeres, ¿le parece relevante esa discusión?

«Es muy importante. Hay una empresa metafísica que busca una operación en último término imposible, pero en la que se puede avanzar: se trata de artificializar completamente el núcleo más natural de la vida humana, y de entregar el mundo humano a la soberanía ilimitada del individuo. Éste puede pedirle al Estado un niño, incluso si su vida excluye que lo tenga. Si su conducta excluye a los niños, la sociedad contemporánea puede fabricarlos. Uno de los inconvenientes de esta empresa es que, al separar la reproducción de su base natural, se hace imposible decir lo que estamos haciendo. Las palabras más elementales que organizaban el mundo humano (hombre, mujer, padre, madre) se vuelven inutilizables. Así, buscamos artificios jurídicos que remiten a los artificios técnicos para decir lo que ya no puede decirse: un “proyecto parental” no tiene nada que ver con una pareja fecunda».

–En su último libro, usted elabora una crítica muy severa a ciertas formulaciones contemporáneas de los derechos humanos, en la medida en que despolitizan e impiden la acción común. ¿Puede explicar brevemente esa idea?

«La construcción de nuestros regímenes representativos combinó el respeto de los derechos y la institución común. La república representativa garantiza derechos, libertades públicas, distribución de poderes, una educación común y un autogobierno de la comunidad de ciudadanos. Esta síntesis se hizo, pero es una síntesis difícil, que siempre peca por algún costado. Cuando lo común se impone, los derechos individuales pueden ser defendidos de modo menos completo; y recíprocamente, cuando los derechos individuales se protegen con todo rigor, la preocupación por lo común deja de ser un motivo determinante. La tercera república francesa fue el régimen que institucionalizó, al mismo tiempo, las libertades públicas y la educación común. Era un régimen que creía saber en qué consistía la buena educación para los ciudadanos. Desde hace unos 50 años, y por una serie de razones, el gobierno de la república no cree tener la potestad para definir cuál es la educación común. Ya no hay educación para la unidad, sino para la diversidad. Si la educación es para la diversidad, entonces se ha perdido uno de los objetivos de la educación pública».

–¿Qué pensadores considera que deben ser leídos en el momento actual?

«Aristóteles, por un motivo muy preciso: es quien mejor explica por qué organizar la vida política consiste en poner cosas en común, y cómo se hace. Es la pregunta que debemos formular hoy. La ideología dominante supone que podemos ordenar la vida colectiva sólo con reglas del juego. Éstas son útiles, pero no permiten poner nada en común».