Reseña sobre Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment, de Francis Fukuyama (Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 2018), publicada en la sección «Horas en la biblioteca» de la revista IES Punto y coma.

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Fukuyama empieza Identidad afirmando que, de no ser por el intrigante triunfo de Donald Trump en noviembre de 2016, este libro no habría sido escrito. El escenario mundial no solo deja perplejos a analistas, empresarios, académicos y ciudadanos de a pie, sino también al mismo Fukuyama. Pues si en 1989, en un breve artículo en National Affairs, el filósofo estadounidense postulaba nada menos que el conflicto por el reconocimiento —el motor de la historia humana— alcanzó su culmen con el régimen liberal-democrático occidental, ¿cómo explicar la irrupción tan masiva de liderazgos y grupos opuestos a la autonomía, el pluralismo y la globalización que, se supone, caracterizan nuestra época? Si el deseo de cada persona de ser reconocida en su dignidad y agencia moral ya alcanzó su forma institucional más acabada o completa bajo el régimen liberal, ¿cómo explicar las emergentes “democracias iliberales” de Trump, Orbán o Bolsonaro? Si asumimos las premisas de Fukuyama, ¿qué pueden encarnar estas figuras sino un retroceso en la odisea del espíritu humano?

En la última década, Fukuyama ha intentado vincular sus tesis más propiamente filosóficas con la investigación histórica, algo que ya había ensayado en Confianza. Así, en Identidad afirma explícitamente que dos de sus textos más importantes (Los orígenes del orden político y Orden y decadencia de la política) son un intento por reescribir El fin de la historia en otros términos. Dichos textos quieren iluminar la génesis histórica del Estado moderno a partir de dos ejes: por un lado, las condiciones de posibilidad de un Estado impersonal y burocrático; por otro, las causas del retroceso de las democracias liberales. Si existe una relación fundamental entre el Estado moderno y las formas liberales que encauzan nuestro deseo de reconocimiento, es necesario iluminarla para comprender el presente.

Identidad forma parte de este programa de investigación. En efecto, Fukuyama piensa que existe un profundo problema institucional en Estados Unidos, que gradualmente ha minado las condiciones que hacían de su democracia un caso ejemplar para el mundo. Los grupos de interés han obstruido progresivamente la representación política, haciendo del “establishment” un grupo insensible a las demandas de la población. Si a esto se suma la desigual distribución de los costos y beneficios de la globalización, aparece el fenómeno Trump: la “política del resentimiento” de los grupos blancos precarizados y la queja de quienes se consideran víctimas del desarrollo. La precarización y la desigualdad se experimentan ante todo como una vulneración de la dignidad.

Existe, además, una tercera variable: el énfasis creciente de la izquierda en los discursos identitarios. Siguiendo a Lilla, Fukuyama sostiene que esa tendencia va de la mano con el auge de una derecha autoritaria y populista. Si la desigualdad lesiona la imagen que tenemos de nosotros mismos, perfilándonos como ciudadanos de segunda clase, la política identitaria de izquierda es incapaz de articular un discurso común que apele a un “nosotros” que no esté fragmentado por los particularismos de la identidad. Sin ese discurso, la izquierda carece de las herramientas necesarias para emprender una reforma distributiva ambiciosa.

Así, ante un Estado norteamericano capturado por grupos de interés que minan la democracia, una izquierda incapaz de transformar y una derecha crecientemente antiglobalista, ¿qué salida podría tener en mente Fukuyama? Su propuesta consiste en fortalecer nuestra identidad nacional mediante formas más activas de participación pública (como trabajar gratuitamente para servicios comunitarios, participar en foros y debates, etc.). Este tipo de prácticas, al construir identidades comunes y más atentas a las necesidades de los demás (un “nacionalismo cívico”), ayudarían a revitalizar la democracia liberal. Si logran encauzar debidamente el deseo de reconocimiento, hay posibilidades de salir de la crisis.

El diagnóstico de Fukuyama tiene el mérito de formular, en poco menos de doscientas páginas, una interpretación del liberalismo que recupera su dimensión igualitaria, su escepticismo ante la concentración del poder y el rol central la dignidad y autonomía de la persona. No es claro, sin embargo, que Fukuyama quiera ir a la raíz de los problemas que examina. De hecho, su interpretación más bien ambivalente de la irrupción de las identidades en política reclama mayor atención. Pareciera que a ratos las considera un desafío central de la democracia contemporánea, y es por eso que movimientos como Me Too o Black Lives Matter habrían logrado visibilizar patologías reales, expresar algo “verdadero”. Es indiscutible que los Harvey Weinstein de este mundo dañan nuestros deseos de reconocimiento. Pero en otras ocasiones, Fukuyama parece tratar las identidades como un mero particularismo, algo pasajero, la mera expresión de subjetividades carentes de relevancia política. Como si bastara con reintroducir algo de servicio comunitario y compromiso cívico para que ellas dejen de inundar nuestra vida pública.

Esta ambivalencia, sin embargo, no ayuda a entender cómo las identidades pudieron obtener la centralidad que hoy tienen en el discurso público. Fukuyama reconoce que el discurso de las identidades tiene problemas, pero no está dispuesto a vincularlo con su propia teoría del reconocimiento. ¿La política identitaria no podría ser, acaso, una consecuencia del mismo liberalismo? Pero si así fuera, ¿no deberíamos cuestionar la capacidad del liberalismo para superar el conflicto por el reconocimiento?

Y es que cuando el liberalismo es cuestionado, para Fukuyama la causa siempre parece ser exógena: sean los grupos de interés o la política identitaria, los problemas del liberalismo se explican por fenómenos externos. ¿Por qué no preguntarnos si acaso hay algo en las formas liberales mismas que favorece su deterioro, que les impide cumplir su propia promesa de reconocimiento? La razón parece ser la siguiente: Fukuyama sigue convencido de que el liberalismo es la meta de la historia, de que la tesis hegeliana es esencialmente correcta. Asume una filosofía del progreso que lo deja ciego frente a los aspectos problemáticos del presente, porque los interpreta como puro retroceso, no como algo que reclame categorías propias y originales. Si Borges decía que ser conservador es ser un escéptico, liberarnos “de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana”, quizá ser liberal significa, ante todo, albergar esa ilusión.