Artículo de Pablo Chiuminatto para la revista IES «Punto y coma».

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Seguramente cada día será hará más frecuente asistir —mientras vivamos— a la celebración del centenario del natalicio de alguien que conocemos. Alguien dirá que es simple, se vive más. El centenario de Nemesio Antúnez (1918-1992) no se trata de esos nuevos aniversarios gerontológicos, sino, como se solía pensar en otros tiempos, uno póstumo. El 2018 se cumplieron cien del nacimiento de alguien que partió y esta nota es, de algún modo, un obituario casi tres décadas después. Serían muchos los énfasis si intentara un panegírico, pero tampoco se trata de eso, Nemesio no lo necesita. Mirar a la distancia todo un siglo es más que un ejercicio de memoria; se vuelve en parte hacer algo de historia. Y, como suele suceder en Chile, historia por las propias manos. En su honor se han celebrado y celebrarán exposiciones, publicado libros, y dedicado —aunque nunca parezca suficiente— homenajes. Me disculparán si al pasar menciono más ilustres idos que vivos, pero así son estos recuentos: se vuelven una necrológica de otros, una especie de vanitas de la historia del arte en el Chile reciente. Perdonarán también las fechas, cuando sea pertinente, de entrada y salida, pero un obituario lo amerita; no vamos a caer en inexactitudes con la muerte.

Nemesio fue un intelectual público, uno que asumió —no sin costo— un hecho un tanto incomprendido, y es que los artistas visuales no son solo artesanos de imágenes, más o menos tecnológicas, afanados en el encierro cartujo del taller. No, Nemesio Antúnez fue mucho más que eso. Fue una persona de esas en quien residen a la vez varias vidas, para recordar el título de la película de Raúl Ruiz (1941-2011), Tres vidas y una sola muerte (1996). Poner en perspectiva esas múltiples vidas que Nemesio tuvo implica más que un método de hacer historia; es preciso comprender una combinación biográfica que, a la hora del balance, parece imposible de integrar o componer: artista visual, profesor, político, arquitecto, actor, gestor cultural, director de museo, diplomático, curador, editor de grabados, maestro y aprendiz. Todo eso fue, aunque igualmente su muerte fue una sola, como su nacimiento.

No se trata de celebrar su efigie, diseminando algunas anécdotas para agrandar su semblanza, sino precisamente lo contrario. Quisiera mostrar cómo un artista visual chileno, como tantos otros, fue más que una pura faceta centrada en su obra visual catalogada y catalogable. Tal como aceptamos que otros artistas mundiales fueran tantas cosas a la vez —poetas, músicos, ajedrecistas o directores de cine, con la explicación que en otros tiempos se podía—, en el caso de Antúnez y dada la realidad de Chile, más que poderse, se debía. Hoy también, solo que estamos muy encima para juzgar, para entender y valorar su obra en el contexto del siglo XX. Un siglo de inmenso desarrollo, pero, al mismo tiempo, con implacable e impenitente pobreza y brutalidad, no basta la medida del arte. Ese fue también el caso de otros intelectuales del siglo XX en Chile, incluyendo nuestros Nobel y aquel que no lo consiguió nunca. La capacidad que tuvo Nemesio para terciar en ese contexto tiene nombre: se llama pasión, entusiasmo y voluntad.

Antúnez fue todo eso que mencioné, pero además lo fue, muchas veces, al mismo tiempo, continua e intermitente a la vez. No por ambición (la ambición es enfocada, no se excede ni se desvía). Nemesio fue lo contrario, energía creativa que cobraba forma según la necesidad y la oportunidad. Una especie de manía (entusiasmo para los griegos) que lo impulsaba hacia el quiebre de la figura unitaria del artista, diseminándose de modo simultáneo en varios ámbitos, sin necesidad de decidir, renunciar, ni prescindir. Pero la suya fue una manía compleja, porque no se trataba de una forma de ingenuidad, diletancia o locura, sino precisamente lucidez, sentido de la contingencia en un mundo que cambió de manera radical, desde aquellos años del nacimiento del siglo hasta su otro único día.

Al revisar el recuento de lo que hizo en su vida pienso que fue, sin duda, mucho más que pintar, tal como muchas veces se sopesa retrospectivamente a los artistas según su técnica predominante: pintor, escultor, punto. En fin, al menos todas estas celebraciones, homenajes y retrospectivas en curso demostrarán que hizo más que solo lo que la reducción inevitable de las semblanzas obliga. Su obra, aunque creamos abarcarla expuesta en las pinturas, los grabados o los murales, no son más que una parte. Si queremos ver, es más que eso. Es precisamente la materialización del desborde, una fuerza que le permitió comprometerse con la dirección del Museo de Bellas Artes en dos oportunidades, con la realización de programas culturales para la televisión y, en otro largo momento, con el Taller 99 en su primera fase y, luego, en su refundación en 1984 en La Casa Larga. Un lugar central para las artes visuales de fines de los ochenta que nos recuerda años enérgicos. Proyecto impensable —quizás— en estos tiempos, impulso de la galerista chilena Carmen Waugh (1932-2013). En ese lugar apasillado, compartí con él y con quienes trabajábamos en ese espacio hoy medio irreal, junto, entre otros, con Anselmo Osorio, Emilio Miguel (1939-1987), Maya Mora, Nicole Aquarone (1954-2016), Guillermo Frommer (1953-2017), Alfonso Fernández, para dejar —si me lo permiten— una foto que en alguna parte está, pero que no recuerdo nos hicieran. Como pueden ver, este obituario tardío también celebra a otros. Recuerda todo en diferido. Aunque es de celebrar que, en el caso del Taller 99, ha tenido larga vida gracias al tesón de Rafael Munita e Isabel Cauas quienes, junto a la familia de Antúnez, han velado por él.

Así es la vida. Pasa, y con los años, todos pasamos. El contexto era bien concreto y complicado. Una escena del arte consciente día a día de una necesidad, la misma pero distinta, que hoy se ha diluido en un modelo de cultura casi global. Tampoco aquel vértigo podía mantenerse, pero nadie, estoy seguro, imaginó que sería así de diferente e implacable el futuro brillante. No quiero ser como los viejos (que ya lo soy) que dan cátedra de cómo en su tiempo sí se vivía con compromiso y sacrificio. No se trata de eso, aunque algo de eso hay. Tampoco había un proyecto cultural de parte del Estado. Tampoco había plata, como se dice. Por lo mismo, no puede haber nostalgia de tanta poca libertad. Hoy seguramente las necesidades son otras, así como el mundo es otro. De seguro en algún lugar de Chile existe otro artista que está fraguando en su trabajo cotidiano y en su ánimo, la multiplicidad que generosamente compartió Nemesio. No obstante esta certeza, la propia historia —y su obra en conjunto— nos muestra y nos interroga por el compromiso público desde esa dimensión integrada en todas sus fases.

Nemesio quería mejorar el mundo, no cambiarlo, porque él sabía que ese objetivo mayor podía conducir a las zonas más oscuras de lo humano. En su momento yo no lo entendí completamente; discutimos, nos alejamos. Solo el tiempo me permitió comprender que Nemesio quería cambiar el mundo sin romperlo. Su perspectiva del siglo se lo recomendaba. Una parte se rompió y en parte él vivió para verla reconfigurarse, en parte no. Me disculparán la anáfora, pero, insisto, tenía una idea de lo que se podía esperar de un mundo en constante cambio, pero igualmente repetitivo porque está hecho para soportar una corriente equivalente de conservación. Cambio y conservación; en ese momento no comprendí la tensión, la vida me demostró lo que para él era una constatación. Todo cambia y no. Quizás, esto se puede llamar historia pasada, pero reconozco que en las discusiones que tuvimos, en las preguntas enfrentadas, él, su experiencia en el mundo, tenían la versión más parecida al futuro. Nemesio hablaba con esa esperanza que es fundamental para soportar lo que se repite en la vida, que no es poco y nunca lo mismo.

Por cierto, algunos recuentos del arte en Chile podrán decir que su obra visual no estaba a la altura de las corrientes de ruptura del siglo. Pero así es, es parte del destino de una sección del catálogo del arte latinoamericano: local, vernáculo, autorreferente si se quiere. Por eso ha costado tanto integrar las artes visuales que se hacen desde Chile al concierto internacional. Por una parte, se hacen esfuerzos para entrar en la escena mundial, con temas internacionales —arte político, conceptual, performance, video, digital, sonoro— qué decir… arte contemporáneo. Por otra, la fuerza tectónica de ese lento reloj del anacronismo marca la vida del arte nacional y no hemos logrado que el mundo nos mire más allá que con los ojos, primero, del colonialismo en el que no entramos en el cuadro, por pobres y sin Barroco; sin oro y con poca plata. Luego, fríos y lacónicos para encarnar el color local que ilumina los trópicos, y, cuando se pone buena la fiesta, nos da por volver a los movimientos ya perdidos en la Europa eterna. Como sea, siempre desfasados. Para por estos días, llegando al primer tercio del XXI, con una escena internacional que pareciera que solo quiere que seamos la encarnación de un tipo de arte político, con suerte dos, identitario. Sí, político e identitario, porque es así como nos ve el hemisferio norte, como lo piensan las grandes instituciones culturales y museográficas boreales. Es decir, determinados por temas, casi por caricaturas, que definen la actualidad, y que no pueden fascinarles más, porque nada mejor que la revolución se haga, se filme y se encarne lejos de casa.

Nemesio Antúnez sabía que mientras no se sumara a una corriente internacional como la abstracción, el surrealismo, el hiperrealismo o el pop de aquel siglo XX, no podría ser catalogado por la mirada internacional que busca lo internacional. Ni por la mirada internacional que decide lo local. Para mayores males, tampoco era completamente local, había vivido y aprendido en lugares tan distintos como Nueva York y París. Una, la nueva cuna, la otra, el sarcófago del arte del siglo XX. Él tenía conciencia de que había que hacerse parte de la realidad porque de otro modo ni la tradición ni el cambio hacen mucho por mantener a sus figuras.

Al mismo tiempo, Nemesio tenía la calma de quien, como bien decía el poeta y crítico T. E. Hulme en 1929, sabe que “las piezas de arte no son como los huevos”, no necesitan ser nuevas ni recién puestas. Antúnez sabía que algo se arregla en el juicio de la historia. Era consciente de lo que, en una metáfora inmejorable, me explicó Enrique Lihn (1929-1988), mirándome con la ceja empinada y con claridad de estratega, sobre el mapa imaginario de la historia del arte en Chile: no le des tanta vuelta, si en Chile se gana por walkover.  Solo puedo decir que el tiempo no solo le dio la razón a Lihn, sino también a Antúnez. La victoria por la no presencia del contrincante, ganando por default, gana Cronos, todos pierden. Y, aunque pueda parecer ser injusta, es la ley de la historia. Así para los nobles como para los metecos, los extranjeros, como pensaron los griegos, el tiempo es el gran escultor. Por lo mismo, la suerte no está echada; aún falta que sepamos quiénes fueron los que llegaron al final de esta saga que aún no se escribe. Porque sabemos que, en Chile, aunque no han faltado intentos, la historia del arte del siglo XX está por escribirse. Se perdieron las instrucciones, no se sabe cómo juntar los pedazos, no ha llegado el señor de la puerta.

El caso de Nemesio Antúnez es el de varios, aunque único. Quién sabe qué combinaciones se están configurando en este mismo momento en una realidad desbordada de medios y técnicas, donde somos testigos a diario del desvanecimiento de los gremios. Las técnicas y la cultura habitan un ministerio con funcionarios. Esto es sin llorar. Todo más rápido que la energía y los cambios del siglo que vieron los ready-made, el dadaísmo, del futurismo y el pop. Todo eso ya es viejo y, sin embargo, aún no tenemos las categorías para poder mirar la producción artística en la localidad más empujada del continente americano por mar y tierra. Nemesio Antúnez, desde la centena, tiene un lugar, aunque no tenga aún la etiqueta para esas páginas que faltan del gran panteón del arte nacional. Un panteón donde no siempre están los que fueron y tampoco los que serán.Pablo Chiuminatto es artista visual y académico. Es licenciado y magíster en artes visuales y doctor en filosofía de la Universidad de Chile. Profesor de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito y editado varios libros sobre filosofía, educación y estética, entre los que destaca su edición de El Quijote. Versión editada y adaptada al español de