Entrevista publicada el 08.12.19 en los medios regionales de El Mercurio.

Para Daniel Mansuy, profesor de filosofía, académico de la Universidad de los Andes, investigador asociado del Instituto de Estudios de la Sociedad y columnista de El Mercurio, ser testigo de un proceso social como el que el país está viviendo desde hace más de 50 días es como para un astrónomo presenciar la formación de un agujero negro, si esto fuera posible: observar en directo un fenómeno poco usual, ver en acto una acumulación de energías poderosas. Su condición, por otra parte, lo lleva a intentar dilucidar las raíces más profundas de lo que ocurre. En sus columnas ha prestado atención a las posibles interpretaciones del llamado «estallido social», sin escatimar críticas a la actuación de la derecha (sector al que él se siente más cercano), del Presidente Sebastián Piñera, y de otros actores y sectores.

Mansuy escribió un libro que, en algún sentido, se percataba del malestar de la ciudadanía y del vaciamiento ideológico de buena parte del mundo político partidista chileno desde la transición. En Nos fuimos quedando en silencio (IES, 2016), constataba que el silencio era la práctica común, como un enmudecimiento de las capas dirigentes de los ambientes políticos que no sabían, no podían o no quería configurar un espacio público en que se debatiera. Tampoco la ciudadanía intervenía mucho, relegando la «política» cuestiones sin importancia para ella. Mansuy había advertido, como otros, que algo no andaba bien.

Desde la transición, la política y la ciudadanía, como dice su libro citando una canción “se fueron quedando en silencio” hasta que se alzó la voz en las manifestaciones de malestar del 2011 y ahora en que se han levantado no sólo voces…

Sí, ocupé esa canción de Schwenke y Nilo en el título del libro para referirme a la dificultad de la clase dirigente en general, y de la política en particular, para articular palabras pertinentes en el espacio público, palabras capaces de tener efectos políticos. No me refería tanto al silencio de la ciudadanía como al silencio de los políticos, bloqueados por la lógica de la transición. Pensaba, al escribir el libro, que los políticos cada vez tenían menos que decir, y me parecía un factor preocupante: no es posible gobernar sin palabras que calen. Desde luego, creo que esta crisis confirma ese diagnóstico, a un punto que yo no habría imaginado, ni menos deseado. Irrumpió una voz masiva que el sistema llevaba muchos años sin escuchar, percibir ni procesar. Irrumpió también una violencia que nos sorprendió, a pesar de que en esa materia había indicios hace tiempo. El gran desafío actual de la política es volver a hablar, volver a elaborar discursos que conecten con la realidad vivida por la población. Si la política no es capaz de narrar nuestra vida común, estaremos en graves problemas.

Que estamos viviendo una crisis parece indudable.  ¿Qué le agregaría: a) política, b) institucional, c) económica, d) del sistema democrático, e) todas las anteriores?  

Es complicado, porque tiene un poco de todo, pero creo que es fundamentalmente una crisis política e institucional, en la medida en que nuestras instituciones muestran un serio déficit a la hora de captar lo que está pasando al interior de la sociedad. Esto no quita que la crisis vaya a tener una resaca económica muy delicada. Pero esa desconexión es lo más grave, porque nuestra clase dirigente conoce poco y mal al país al que pretende gobernar, y eso es caldo de crisis. En los últimos años, todos los sectores han leído mal las elecciones, tomándolas casi como insumo exclusivo a la hora de elaborar un diagnóstico. Cuando la izquierda gana, cree que hay que echar abajo el modelo y comprar retroexcavadoras; cuando la derecha gana, cree que el país suscribió súbitamente a todas sus tesis, y que está todo muy bien. Sin embargo, ese tipo de adhesiones ya no tienen lugar en el mundo actual, y la realidad es mucho más ambigua. Seguimos leyendo con lentes tradicionales un Chile que se modernizó, y que se resiste a esas interpretaciones. La centro-izquierda tiene en esto una gran responsabilidad, porque no ha sabido darle viabilidad política a su propia lectura. Está dividida, no tiene liderazgos consolidados, y en la última presidencial se farreó la oportunidad de proyectar a alguien al llevar a Alejandro Guillier, a sabiendas de que perdería, y de que no jugaría ningún papel relevante en el futuro. Una de las grandes paradojas de nuestra situación es que ningún liderazgo de izquierda ha logrado cosechar a partir de un malestar generalizado que, en principio, podría ser encauzado por ese sector. Dicha incapacidad confirma cuán profunda es la crisis de ese mundo.

¿Fue sólo mala suerte que esta crisis se produjera en este gobierno?

No, no fue sólo mala suerte. Hay también un acelerante: este gobierno fue particularmente torpe a la hora de leer el estado del país. Se pensó que el triunfo de Sebastián Piñera equivalía un deseo masivo or retrotraernos a los años noventa; por eso el Presidente insistió tanto en la segunda transición, nombró a un gabinete con aires noventeros y despachó sin más todas las alternativas un poco más críticas. Pero la verdad es que el escenario era infinitamente más complejo. Es cierto que había mucho cansancio con la Nueva Mayoría, y su incapacidad para darle cauce político a sus ideas. El fracaso de la Nueva Mayoría, y la votación elevada alcanzada por Sebastián Piñera, abría una oportunidad histórica y muy difícil de repetir para elaborar a partir de allí un discurso efectivamente político que pudiera ofrecer algo sustantivo, más allá de la administración. No hubo grandes proyectos, no hubo infraestructura, no hubo reformas de fondo ni horizonte de sentido, sólo hubo gestión, cuyos resultados tampoco llegaron. Lamentablemente, se optó por la complacencia y las parkas rojas. Si a esto le sumas la ausencia total de inteligencia y el descabezamiento de Carabineros, tienes la tormenta perfecta, porque el gobierno no fue capaz de controlar el orden público —que es la primera promesa de toda derecha—, y eso sin duda agravó la crisis.

Usted ha sido, desde hace ya un tiempo, muy crítico con la falta de fundamentación y cuestionamiento intelectual en la derecha. ¿Haberlas tenido habría permitido enfrentar mejor el problema o haberse anticipado a él?

Me parece que, en términos generales, en la derecha han dominado ciertas categorías muy insuficientes para comprender la realidad actual, para hacerse cargo de las tensiones que produce el progreso. Cuando la modernización se lee desde la pura complacencia, te vuelves ciego frente a sus nudos problemáticos. La derecha, si se quiere, ha sido víctima de cierta filosofía de la historia: pensar que el desarrollo económico trae de por sí prosperidad, paz y armonía. La derecha se obnubiló con Fukuyama, los prósperos noventa y el Consenso de Washington. Cuando estás convencido de eso, dejas de ver las dimensiones complejas de ese crecimiento, que no son pocas. No se trata de negar el progreso que ha tenido Chile en las últimas décadas, pero ese progreso trae nuevas preguntas, nuevas dificultades que no pueden ser superadas desde los mismos paradigmas originales. Por eso, la derecha ha tardado tanto tiempo en entender la naturaleza del movimiento. Oscila entre la preocupación exclusiva por el orden público (que es fundamental pero insuficiente), y repartir bonos variados en función del clima. No obstante, nada de eso le permitirá hacerse cargo del problema colosal que enfrentamos todos. En todo caso, bastaba con haber leído con un mínimo de atención las múltiples advertencias de Gonzalo Vial, por mencionar un pensador que nadie identificaría con la izquierda. El Presidente se estuvo preparando cuatro años para volver a La Moneda, allí hubo tiempo y recursos para emprender un esfuerzo de otra naturaleza. Hoy se pagan los costos de ese inmovilismo, de esa negligencia.

Por otro lado, al parecer no bastaba apostar por el “crecimiento” o la modernización capitalista…

No, no bastaba, es una lectura demasiado estrecha que no da cuenta de la sociedad actual. Hay lecturas individualistas de la modernización capitalista que enfatizan exclusivamente el aspecto liberador del mercado, la liberación del individuo frente a la sociedad, y que conciben al orden social como puro constreñimiento. Esas lecturas apenas le dan relevancia a la política como condición necesaria de la cohesión social. Hoy sabemos que la política no puede ser concebida desde una perspectiva puramente instrumental. Al mismo tiempo, el paradigma del consumo que se ha vuelto predominante choca con la lógica política. El consumo es inmediato e impaciente, mientras que la política es lenta y deliberativa.

Ahora, cierto reduccionismo económico pudo estar acentuado en la derecha, pero parecía bastante repartido en todo el espectro político. ¿Por qué?

Porque hubo, durante muchos años, un predominio de la economía como categoría para ordenar el debate político. Eso fue útil en los noventa, pero fue perdiendo pertinencia sin que la clase política tomara nota de ese cambio, ni modificara su discurso en atención a las nuevas circunstancias. Estamos en medio de ese desajuste, que naturalmente produce mucha confusión en los actores. La economía es fundamental y necesaria, pero debe estar integrada en una visión más amplia, porque la economía no es capaz de captar toda la realidad, sino sólo una dimensión. Allí emerge el reduccionismo, y se olvida que también hay otras disciplinas y perspectivas que pueden enriquecer el debate. En muchos sentidos, esto es una oportunidad para elaborar diagnósticos y discursos alternativos: puede dibujarse un escenario muy interesante.

Lo que ha quedado de manifiesto también ha sido el distanciamiento creciente entre las élites y las capas populares e incluso medias…

Sí, esto es bien notorio. La movilización duró semanas sin tener vocerías ni petitorio: nadie pudo articular nada. Eso, creo, es bien inédito, y es quizás el mejor síntoma de esa desconexión. La desconfianza es total, y tomará mucho tiempo reconstituir ese tejido. Pareto decía que la historia es un cementerio de aristocracias, y nuestras elites deberían tomarse en serio esa idea. No existe sociedad humana sin elites, pero esas elites deben tener responsabilidad respecto del entorno social.

¿Por qué el sistema político en su conjunto se muestra lento y enfrascado en discusiones intempestivas? Si se piensa en las exigencias de género y otras respecto del acuerdo constitucional…  

Creo que una de las causas de nuestra crisis es la persistente sensación de bloqueo del sistema político, que es mucho más profundo que la lentitud propia de la democracia. Esto tiene varios motivos, pero tiendo a pensar que el sistema electoral chileno produce una fragmentación indeseable, pues no hay liderazgos reconocidos ni suficientemente sólidos. El sistema político no genera la impresión de poder darle una conducción a nuestras dificultades, y es percibido como más bien como un retardante, como un obstáculo. En lo referido a la discusión constitucional, me parece que quienes buscan poner en peligro el acuerdo, al intentar agregar elementos que no están en el texto original, lo están de hecho botando, aunque no siempre se den cuenta.  

¿Cree que el plebiscito de abril descomprimirá la situación? Falta harto tiempo, en todo caso.

Yo creo que el plebiscito sigue siendo todavía una mera declaración de intenciones. Una elección de ese tipo debe ser antecedida de una deliberación y discusión pacíficas, y estamos lejos de tener las condiciones para eso. Es imposible hacer elecciones sin requisitos mínimos de seguridad y paz. Aún no sabemos, por ejemplo, si los jóvenes podrán rendir la PSU, aún no hemos sido capaces de organizar un partido de fútbol. Al mismo tiempo, el Presidente debe mantenerse al margen y no ceder a la tentación de convertirse en actor principal.

¿Qué explicación le da al fenómeno de la violencia en las calles por ya más de siete semanas?, ¿piensa que ha disminuido o disminuirá pronto?

Creo que ha tendido a disminuir, pero nadie sabe cuándo ni cómo podría resurgir. Por un lado, hay un fenómeno sociológico: hemos producido enormes masas anónimas y anómicas sin horizontes vitales. Ha habido en Chile una disolución de los vínculos sociales que conduce naturalmente a ciertas formas exacerbadas de individualismo, y de violencia. Por otro lado, el Estado ha fallado gravemente a la hora de proveer orden. Después de todo, estamos viviendo la extensión natural de fenómenos muy rutinizados: barras bravas, narcotráfico, Instituto Nacional. Estamos pagando muy caro nuestras sucesivas renuncias.

¿Es el nerviosismo el que alimenta teorías conspirativas de la violencia: desde autogolpes hasta intervenciones foráneas de Cuba o Venezuela?

Dado que no hay información confiable —el Estado no ha hecho su trabajo— es natural que abunden todo tipo de teorías. Todo esto viene a confirmar que el Estado chileno es muy vulnerable, y lamentablemente no veo a la clase política preocupada por este aspecto, cuyas responsabilidades son compartidas.

En un régimen como el nuestro, como alguien dijo, el presidente es parte fundamental de la maquinaria. ¿Están bien aceitados los engranajes?

Es, desde Portales, el resorte principal de la máquina. Si falla, el sistema entero falla. A lo largo de esta crisis, creo que el Presidente ha sido extraordinariamente errático, y no ha logrado dar señales de conducción eficaz, salvo cuando se retiró y permitió que otros llegaran a un acuerdo amplio. Parece estar un poco encerrado en cierto tipo de lecturas, y le cuesta mucho salir de los moldes tradicionales. Los anuncios han sido por gotas, sin nunca articularlos en un discurso coherente. Él ha enfrentado muchas crisis a lo largo de su vida, pero naturalmente hoy la pregunta central es si acaso está preparado para enfrentar una crisis de esta envergadura. Yo no tengo la respuesta, sólo puedo decir que las herramientas que siempre ha utilizado no le servirán de mucho en esta encrucijada. No sé cuán asumido esté ese dato.

Pero si bien el presidente es el protagonista, también puede escoger a los actores secundarios. ¿Qué opina de la labor del ministro Briones?

Creo que ha sido la gran cara del gobierno en estas semanas. Ha mostrado talento, conexión y empatía. Es, sin duda, la esperanza del gobierno. Es un economista que, como decíamos antes, es capaz de integrar variables distintas en su análisis, haciéndole honor a esa célebre frase de Hayek: un economista que sólo sabe de economía no puede ser un buen economista. Sin embargo, actúa en un contexto delicado donde muchas cosas no dependen de él. Por mencionar un solo ejemplo, el mismo día que anunció su primer acuerdo importante, el Presidente lo opacó con una inexplicable citación al Cosena. No la tiene fácil, pero admiro su esfuerzo, su perseverancia y su patriotismo.

No es una buena imagen si pensamos en la vida de la República, pero ¿ve alguna luz al final del túnel? 

Yo creo que la luz hoy la constituye el acuerdo constitucional, que es la única base que tiene la clase política para tratar de avanzar. Sin embargo, hay muchos interesados en botarlo. Se requerirá de mucho talento para sacarlo adelante.