Entrevista publicada el 10.11.19 en Emol.

Veinticuatro días han pasado desde que se inició la crisis más profunda desde el retorno a la democracia en Chile. Impulsados por el alza en el pasaje del Metro, miles de personas se hicieron parte de esa protesta, extendiendo su rabia hacia una larga lista de abusos amparados por el actual sistema económico y social.

«No son 30 pesos, son 30 años», fue la consigna inicial del movimiento, que comenzó con evasiones masivas y marchas pacíficas y que se fue radicalizando hasta ver graves actos de vandalismo. Un punto de inflexión fue la decisión del Gobierno de decretar el estado de emergencia ante la incapacidad policial para controlar los desmanes.

La presencia militar en las calles, los saqueos e incendios y las acciones erráticas del Gobierno activaron el miedo en la ciudadanía, sobre todo en las generaciones que vivieron el quiebre de 1973. Ello, más la aparición de «chalecos amarillos» y gente que ha llamado a armar a los civiles, ha terminado por configurar un cuadro preocupante y peligroso.

No obstante, existen algunas señales sobre cómo abordar ese temor y la incertidumbre que ha generado la crisis. A juicio del antropólogo, Magíster de Análisis Sistémico aplicado a la Sociedad por la Universidad de Chile e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad Pablo Ortúzar, la clave está en no entrar en la dinámica del odio, la cual puede conducir a la destrucción.

«Como en toda crisis, las cosas parecen moverse entre la euforia y el pánico», observa desde Inglaterra, donde está cursando estudios de doctorado en la Universidad de Oxford. En esta entrevista con Emol, detalla algunas de las alternativas para poder aminorar la crispación social, que a tres semanas del comienzo del estallido no se ha disipado.

Consultado sobre cómo ve el ambiente que se está viviendo en el país a raíz de esta explosión, Ortúzar lo resume en una frase. «Los que ayer se sentían poderosos hoy se sienten desvalidos, los que ayer se sentían desvalidos hoy se sienten poderosos. Pero el ánimo gira como veleta».

— ¿Qué peligros puede traer este miedo que siente buena parte de la ciudadanía, en términos de la institucionalidad del país?

—»El miedo es el combustible del odio. Y el odio es un sentimiento que tiene la cualidad de corrompernos profundamente. Es lo opuesto al amor: en vez de la disposición a sufrir por el bien de quien se ama, consiste en estar dispuesto a sufrir con tal de dañar a quien se odia. Si se entra en la dinámica del odio mimético, el destino es simplemente la destrucción».

Una advertencia para EE.UU.

—Esta situación puede abrir paso a liderazgos populistas, ¿cómo se puede evitar eso?

—»Con otro tipo de liderazgos. Necesitamos líderes democráticos y republicanos capaces de plantear una agenda de transformaciones profundas, pero también de hacer ver a las personas que esto tomará tiempo y que requerirá el esfuerzo conjunto de todos». «El gasto fiscal no es una piñata que cada uno agarra a palos hasta que le suelta lo que quiere. Mejorar Chile demanda un esfuerzo proporcional de todos. El populismo autoritario, en cambio, te dice que todos podríamos tenerlo todo sin mayor esfuerzo, pero que tal o cual enemigo no nos deja».

«Ese fue el fraude que condenó a Argentina, hace ya muchos años, ni siquiera al subdesarrollo, sino al desdesarrollo. Y ese lujo nosotros, que somos un país mucho más pobre que los transandinos, no podemos dárnoslo».

—Ya se ha visto que algunos líderes de opinión han hablado sobre la posibilidad de que la ciudadanía se arme para enfrentar la violencia. ¿Cómo se puede evitar que este clima siga avanzando?

—»Eso es lo más peligroso que hay. Créame que lo que está pasando en Chile es la antesala de conflictos similares que estallarán también en Estados Unidos. Es cosa de revisar sus niveles de desigualdad, pobreza y frustración. Trump debería estar estudiando muy de cerca lo que ocurre en Chile en vez de tuitear tonteras».

«Nosotros somos la copia pobre, pero el original tiene las mismas fallas. Y lo cierto es que tener una población civil desarmada, a diferencia de ellos, hace una tremenda diferencia a nivel del costo de vidas humanas de estos procesos, y también de la posibilidad de encausarlos políticamente».

— ¿Los acuerdos políticos o una nueva Constitución es una alternativa que pueda calmar a la gente, para aminorar la sensación de miedo?

—»Puede que algunos cambios constitucionales sean necesarios. Mi duda con cambiar la constitución entera es que toma muchísimo tiempo y resulta bastante inútil. Si se piensa, además, que la carta fundamental es una especie de lista mágica que hace realidad los deseos y esperanzas convirtiéndolos en derechos, la desilusión puede ser tremenda después».

«Y no necesitamos más desilusiones. Lo que sí necesitamos son prioridades, y aquí es donde La Moneda está al debe: la calle no está entregando directrices, pero es claro que hay grupos muy necesitados, por un lado, y grupos muy privilegiados, por otro. Suplir esas necesidades y recortar esos privilegios de manera inteligente es el primer paso para salir de la crisis».ç

«Y si el gobierno comienza a abordarla, está también en posición de demandar que la gente vuelva a sus casas y permita a carabineros concentrarse de una vez por todas en los grupos de vándalos y saqueadores».

— ¿Qué otras opciones existen para dar tranquilidad a la ciudadanía?

—»Es clave que la clase política haga gestos, primero, de que entienden lo que hay detrás de la crisis y, segundo, de que están unidos en una agenda básica para sacarnos adelante. Eso por un lado».

«Por otro, creo que es clave que cada ciudadano se plantee dejar la calle, al menos por un rato, y entrar a militar y a expresar sus inquietudes en el contexto de los partidos políticos. Ellos son instituciones que hay que revivir, cambiar, refundar o fundar, pero no dejar morir. De salvarlos depende salvar la democracia».

«Los cambios profundos que tienen que venir van a ser un esfuerzo de muchos años, y ese esfuerzo sostenido, para llevarse adelante de manera responsable, exige tener detrás a los partidos. Y esos partidos tienen que dejar de ser lo que son hoy. Pero cambiarlos depende de todos nosotros».