Reseña de Guillermo Pérez Ciudad sobre Cómo mueren las democracias (Barcelona: Ariel, 2018), de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicada en la sección «Horas en la biblioteca» de la revista IES Punto y coma.

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Al leer este libro no pude dejar de pensar en la enorme ovación que recibió Robert de Niro luego de insultar a Donald Trump en la entrega de los premios Tony 2018. La actitud del aclamado actor no fue ni es demasiado novedosa: sea cual sea la ocasión, diversas celebridades no pierden oportunidad para mostrar la desazón que les provoca ser gobernados por un errático y excéntrico millonario con ínfulas autoritarias. Así, la moralina hollywoodense —que dicta los estándares de lo políticamente correcto y los valores de moda para el año en curso— se ha vuelto más aprensiva desde que Trump asumió el poder. Lo llamativo es que la actitud del mundo del espectáculo parece haberse extrapolado a otros lugares. Varios sectores de la élite intelectual estadounidense (prensa, academia y think tanks incluidos) están librando una guerra permanente, y a ratos personal, con el cuestionado presidente. El problema de esta dinámica es que no ayuda a comprender las tensiones que se generan más allá de Trump y su entorno, impidiendo articular una respuesta que no sean meras vociferaciones indignadas.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, académicos de Harvard y autores de Cómo mueren las democracias (Ariel, 2018), han intentado salir de esta lógica, aunque sin mucho éxito. A pesar de su exhaustivo análisis sobre las últimas décadas de la política estadounidense, concluyen, quizás de manera demasiado simplista, que el principal responsable de la crisis norteamericana es el Partido Republicano, inseparable de la figura de Trump. Él vendría siendo el efecto más devastador del incumplimiento sistemático, por parte de los republicanos (aunque también de los demócratas, pero en menor medida), de las dos reglas no escritas más importantes de la política estadounidense: la tolerancia mutua y la contención institucional.

Al hablar de tolerancia, los autores se refieren a la idea de que los partidos deben respetarse y coexistir, considerándose adversarios legítimos y no enemigos acérrimos. En otras palabras, sería la “disposición colectiva de los políticos a acordar no estar de acuerdo”. La contención institucional, por su parte, consistiría en “evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu”. En concreto, la contención “implica renunciar a los trucos sucios y a las tácticas brutales en nombre del civismo y el juego limpio”.

La ambigüedad y generalidad con que Levitsky y Ziblatt describen estas normas hace que, por un lado, sirvan para interpretar casi cualquier escenario político, y que, por otro, les permitan comparar procesos distintos sin mediar ningún tipo de particularidad. Para los autores, personajes disímiles como Hitler, Pinochet, Franco y Maduro serían, con pocos matices, consecuencia directa de partidos políticos y autoridades que no respetaron la contención y la tolerancia. Sin embargo, ¿no hay asuntos específicos tras cada uno de estos fenómenos? Si sometemos procesos multidimensionales al cumplimiento de dos reglas rígidas, ¿no perdemos de vista elementos esenciales para un diagnóstico más adecuado?

Quizá estos problemas derivan del esfuerzo de los autores por definir al autócrata como una figura independiente del contexto en el que se despliega. El intento de ellos es ofrecer una suerte de taxonomía que sirva para analizar circunstancias diversas, más allá del escenario norteamericano actual. Este objetivo se explicita desde las primeras páginas del libro, cuando Levitsky y Ziblatt señalan que han ideado “una prueba decisiva que ayuda a identificar qué personas podrían convertirse en autócratas en caso de ascender al poder”. Con ese objetivo en mente, diseñan un índice de cuatro factores capaces de identificar el comportamiento autoritario, como si una crisis política de esta naturaleza pudiera abordarse siguiendo un manual de instrucciones, sin importar el escenario en que esta se desarrolla. La pregunta inevitable es si acaso no es necesario entender los rasgos particulares de cada proceso antes de establecer modelos para reconocer tiranos.

Por otro lado, lo relevante para los autores no es tanto entender la irrupción de estos personajes, sino más bien la capacidad de las instituciones políticas para impedirles llegar al poder. Los partidos, dirán Levitsky y Ziblatt, deben ser capaces de aislar a los extremistas y alejarlos de los cargos principales, incluso “haciendo causa común con la oposición en apoyo a candidatos democráticos”. Pero si ya es discutible creer que una dictadura se puede evitar siguiendo indicadores de desempeño, más complejo aún es sostener que la crisis democrática global se soluciona por medio de la exclusión de las figuras problemáticas.

En el texto, a fin de cuentas, no parece importar una pregunta en extremo relevante: ¿qué tensiones hacen aparecer, representan y conducen cada uno de estos personajes? Dicho de otro modo, ¿por qué la gente vota por Trump o Bolsonaro? ¿Logran ellos visibilizar y encarnar algún problema ciudadano? ¿En qué han fracasado los sistemas políticos que hoy no logran explicar su aparición? Para los autores, Hitler o Fujimori serían autócratas que aparecen repentinamente a romper las reglas de buena convivencia imperantes, sin importar demasiado la historia o la realidad social que hay detrás de cada uno de ellos.

En suma, podríamos decir que este libro es performativo: las reflexiones parciales y a ratos antojadizas que hay en él constituyen la mejor prueba de aquello que las élites no han sido capaces siquiera de comprender. Así las cosas, es probable que haya Trump para rato.