Especial sobre las protestas y la crisis desatada en el país en octubre publicado en Artes y Letras de El Mercurio.

El trance que atraviesa Chile, iniciado en lo inmediato por la decisión de un «panel de expertos»; el recurso al estado de emergencia, el desconcierto de la clase dirigente. En ese escenario, siete intelectuales chilenos –entre ellos Claudio Alvarado, director ejecutivo del IES– responden: ¿Qué factores han destruido el debate y la acción política de calidad? ¿Qué hacer para recuperar la política?

Claudio Alvarado: se dieron por aseguradas la estabilidad y la democracia

Se trata de una pregunta sumamente compleja, que sólo admite aproximaciones provisorias o preliminares. Pero ensayar una respuesta es indispensable para intentar comprender qué ocurre en el país. En ese sentido, intuyo que acá confluyen factores nacionales y globales, de corto y largo plazo.

Un primer elemento a considerar es la dinámica propia del orden posdictadura. Después de haber sufrido las consecuencias de las planificaciones globales, tanto las elites como la ciudadanía privilegiaron vivir en paz. Este anhelo fue eficaz y positivo en muchas dimensiones, pero condujo a ocultar las diferencias y, por tanto, a degradar la sede política como instancia de deliberación acerca de la vida común. A ello se sumó el endiosamiento de la tecnocracia y la recepción acrítica de la tesis según la cual llegábamos al “fin de la historia”. Se dieron por aseguradas la estabilidad y la democracia, como si no fueran frágiles; como si no dependieran de supuestos culturales que las posibilitan o debilitan según el caso.

A esto cabe añadir la progresiva dificultad del hombre moderno para reconocer y cuidar las cosas comunes, aquello que nos pertenece a todos. Si vivimos en forma tan desigual –efectivamente hay dos Chile–, y si el ciudadano promedio vive ensimismado, al punto de que hasta el sufragio es mirado con recelo, la decadencia de la actividad política no debiera sorprendernos tanto. En este contexto, los múltiples escándalos de corrupción pública y privada sólo incrementaron la desconexión entre la dirigencia partidista y la generalidad de la población. Este factor no es trivial. La política moderna, al ser representativa, requiere constantes esfuerzos para legitimarse y mantener vigente el vínculo entre política y sociedad. Por desgracia, hemos seguido el camino contrario.

Es muy probable que esa distancia haya aumentado aún más con el excesivo uso de las encuestas como herramientas para leer (infructuosamente) la sociedad. Se trata de un insumo útil en la medida en que se reconozcan sus limitaciones. Al asumirse como vía exclusiva o principal de acceso a la realidad, se olvida la necesaria reflexión teórica, la irremplazable observación sociológica y la insustituible conexión vital con los ciudadanos. No hay sondeo de opinión que llene el vacío de buenas lecturas o varias horas de feria: los grandes hombres públicos solían cultivar ambas. Ahí hay una clave fundamental para que la política logre estar a la altura de los enormes desafíos que supone la crisis actual.