Entrevista publicada el 22.09.19 en el diario El Centro de Talca (pág 12 y 13).

Según Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, autores de Cómo mueren las democracias (Editorial Ariel, 2018), el autoritarismo ya no comienza con golpes de estado o guerras civiles, sino más bien con la degradación sistemática de las instituciones que sustentan la democracia. A la larga, esto permite que los gobiernos autoritarios se puedan sostener por mayor tiempo, pues escudan su acción a través de medios supuestamente legítimos e imparciales, pero que están a su servicio, como tribunales de justicia o colegios electorales.

Temas conversó con el investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad, Guillermo Pérez Ciudad, acerca de este libro que ha sido un éxito mundial. Pérez escribió una lúcida reseña sobre Cómo mueren las democracias, publicada en la revista «Punto y Coma», del IES.

Guillermo, ¿la situación mundial revela que estamos al borde del autoritarismo?

No creo que el contexto político sea tan apocalíptico. Es evidente que los consensos posteriores a la caída del Muro de Berlín están en crisis, pero eso no implica necesariamente la proliferación de gobiernos autoritarios.

Ahora bien, los llamados líderes populistas han sido presentados en su mayoría como expresión de autoritarismo. Sin embargo, la acusación de autoritarismo parece sostenerse más en un análisis de la calidad moral de esos líderes que en una caracterización adecuada o rigurosa de los distintos ordenamientos políticos.

La historia del populismo ha mostrado efectivamente derivas autoritarias y eso es problemático. Pero hay que cuidarse de los análisis demasiado apresurados y escandalizados, que han sido la tónica, más concentrados en vilipendiar al líder que nos disgusta que en comprender bien el escenario que permitió su elección.

Levitski y Ziblatt indican cuatro criterios para identificar el comportamiento autoritario, ¿son suficientes?

Uno de los objetivos de los autores es encontrar características comunes para todos los autoritarismos. Eso es importante, pero caen demasiado rápido en un análisis concentrado en la definición del autócrata como una figura independiente del contexto en el que se despliega. Me explico. Al diseñar lo que ellos llaman “una prueba decisiva que ayuda a identificar qué personas podrían convertirse en autócratas en caso de ascender al poder”, invisibilizan las diferencias que pueden existir entre uno u otro contexto, como si cualquier crisis política pudiera abordarse siguiendo el mismo manual estandarizado de instrucciones.

La pregunta inevitable es si acaso no es necesario entender los rasgos particulares de cada proceso y de cada cultura o sociedad donde ocurren antes de establecer modelos para reconocer tiranos. Si sometemos la historia política al cumplimiento de indicadores rígidos, ¿no perdemos de vista elementos esenciales para un adecuado diagnóstico de nuestros problemas?

Los autores del libro también señalan que en democracia hay dos reglas esenciales que deben respetarse: la tolerancia mutua y la contención institucional. ¿De qué se trata cada una de ellas?

Al hablar de tolerancia, los autores se refieren a la idea de que los partidos deben respetarse mutuamente y coexistir de forma pacífica, considerándose adversarios legítimos y no enemigos acérrimos. En sus palabras, sería la “disposición colectiva de los políticos a acordar no estar de acuerdo”. La contención institucional, por su parte, consistiría en “evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu”. En concreto, la contención es renunciar al juego sucio y a las estrategias brutales.  

Parecieran ser bastante generales…

Se trata sin duda de principios valiosos, pero son descritos con demasiada ambigüedad. De hecho, estas normas permiten, por un lado, interpretar casi cualquier escenario político, y, por otro, comparar procesos distintos sin mediar ningún tipo de especificidad. Para los autores, Hitler, Pinochet, Franco y Maduro serían, con pocos matices, consecuencia directa de partidos políticos y autoridades que no respetaron la contención y la tolerancia. Sin embargo, ¿no hay factores diferentes a considerar tras cada uno de estos fenómenos?

Según ellos, Trump y el partido republicano vendrían siendo la encarnación del incumplimiento de estas normas.

Como explicaba, estas normas son tan generales que cualquier gobierno podría estar pasándolas a llevar. Con esto no estoy exculpando a los republicanos, pero el partido demócrata tiene una cuota importante de responsabilidad en la crisis política estadounidense. Por mencionar un ejemplo, en “El regreso liberal”, Mark Lilla reflexiona sobre este tema e intenta comprender el fracaso demócrata en las últimas elecciones presidenciales. Su tesis, compartida por varios, es que el mundo demócrata renunció a interpretar a las mayorías, y, en lugar de promover una visión común de país, se involucró en una fuerte defensa identitaria de las minorías. A la larga, esto terminó por distanciarlos de las preocupaciones de gran parte de la ciudadanía.

¿Comparte la afirmación que desde fines de la Guerra Fría la mayoría de los colapsos democráticos han sido causados por los propios gobiernos electos?

Sí, de hecho, creo que uno de los principales aportes de este libro es mostrar cómo a lo largo de los años se fueron modificando las dinámicas autoritarias. Según los autores, el autoritarismo ya no comienza con golpes de estado o guerras civiles, sino más bien con la degradación sistemática de las instituciones que sustentan la democracia. A la larga, esto permite que los gobiernos autoritarios se puedan sostener por mayor tiempo, pues escudan su acción a través de medios supuestamente legítimos e imparciales pero que están a su servicio, como tribunales de justicia o colegios electorales.  

De alguna manera todo lo que corroe la democracia ocurre a los ojos de todos…

Muchas veces quienes desgastan la democracia son los mismos que dicen defenderla. Chile no está exento de cosas de este tipo. Basta ver cómo reaccionó una porción significativa del mundo progresista a la designación de Sergio Micco como presidente del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Algunos argumentaban que no estaba capacitado para asumir el cargo por ser católico y contrario al aborto. En otras palabras, Micco no podría ejercer cargos públicos relacionados con los derechos humanos por no adherir a las premisas del progresismo. Una lógica así es totalmente antidemocrática, pues termina por excluir del espacio público a quienes piensan distinto.

¿Y qué ocurre en Chile con el auge de la derecha más dura?

Si queremos evitar que proliferen los extremos, no podemos cometer el mismo error que los demócratas estadounidenses hace algunos años. La mayoría, al menos al inicio, despreció al votante de Trump, en lugar de intentar comprender las razones que explicaban su apoyo.

Esta experiencia nos demuestra que los opositores a José Antonio Kast no sacan nada con tildar de “facho pobre” a quienes lo apoyen en las presidenciales, pues eso solo potenciará su crecimiento.

El desafío, por tanto, consiste en intentar entender cuáles son las tensiones de nuestro sistema político que estos líderes logran visibilizar. No es suficiente con denunciar potenciales populismos. Llegó el tiempo de dar respuesta a los problemas que los hacen emerger.

¿Cómo cuáles?

La inmigración es lo primero que se me viene a la cabeza. Nuestra clase política no ha podido dar una respuesta suficiente al fenómeno migratorio. Desde una parte no menor de la izquierda enarbolan el discurso de que “todos somos migrantes” y en ciertas ocasiones tienden a igualar el racismo con una posición más restrictiva sobre la inmigración. Ciertos sectores de la derecha, en cambio, reducen el fenómeno a un asunto puramente económico, como si lo único importante fuera disponer de mayor mano de obra barata y sin importar el costo que esto pueda provocar en los sectores más vulnerables.  

Ambas posiciones no logran ver que la inmigración puede generar problemas de convivencia e integración que son urgentes de abordar. Por lo mismo, las percepciones negativas de algunos sectores de la ciudadanía pueden ser una reacción a esos problemas y no solo xenofobia o ignorancia. Es fundamental que la clase política logre ver eso, y así responder quizás con mayor eficacia que con indicadores homogéneos para identificar dictadores.