Reseña al libro ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, de Patrick Deneen, escrita por Daniel Mansuy* para la revista IES «Punto y coma». Lea el contrapunto escrito por Cristóbal Bellolio aquí.

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El primer mérito del libro de Patrick Deneen (¿Por qué ha fracasado el liberalismo?)es hacerse cargo de una realidad que parece cada día más palpable. Si en los años noventa creíamos que la historia había llegado a su estadio último y celebrábamos el consenso de Washington, hoy estamos invadidos por las dudas. Las democracias occidentales han perdido confianza en sí mismas: ya nadie puede garantizar que en el futuro seguirán existiendo tal como las conocemos. ¿Cómo explicar un cambio tan rotundo en el ambiente político e intelectual? Nuestro autor tiene al respecto una tesis provocativa que merece ser examinada con sumo cuidado. Según él, nuestro tiempo está marcado por el fracaso del liberalismo. Pero esto no es todo. Este fracaso no sería sino la contracara de su éxito, pues el despliegue del liberalismo ha sido tan profundo que ha ido agotando sus recursos. Deneen (un conservador) comparte el diagnóstico de Castoriadis (que viene de la izquierda): para perdurar, la tradición liberal debe ser equilibrada por principios no liberales. Por lo mismo, al convertirse en hegemónico, el liberalismo pone en riesgo sus condiciones de posibilidad. Cuando su dominación se ejerce sin contrapeso, tiende naturalmente al colapso.

            Para comprender el argumento, resulta imprescindible remitirse a los fundamentos antropológicos de la tradición liberal. Para Deneen, ésta se funda en una negación del carácter social del hombre. Este axioma supone dos ideas centrales: somos individuos titulares de derechos y tendemos a seguir nuestros apetitos. En esta lógica, todo lo que dificulte nuestras inclinaciones se convierte en un obstáculo a superar. Si se quiere, el liberalismo constituye —en la óptica de Deneen— una colosal empresa de emancipación; una emancipación tanto respecto de los otros (que, con frecuencia, impiden la satisfacción de mis apetitos) como de la naturaleza (que debe ser dominada para que se vuelva dócil a nuestros deseos). El individuo soberano no quiere saber nada del entorno, pues es totalmente autorreferido. Las consecuencias estarían a la vista: desastre ecológico y erosión de las formas de vida comunitaria.

            Según Deneen, este es el modo de leer la creciente insuficiencia de nuestras instituciones para enfrentar adecuadamente los desafíos actuales. Por un lado, el desarrollo exacerbado del aparato estatal se explica porque los tejidos sociales tradicionales ya no cumplen la labor que antes dábamos por descontada (piénsese, por ejemplo, en el cuidado de los ancianos). El Estado se ve obligado a intervenir más y más, pero su intervención es cada vez más vana. Por otro lado, el liberalismo económico aplicado a escala global no tiene ningún respeto por las comunidades locales, y se vuelve cada vez más agresivo. Estas dos lógicas no son contradictorias, sino perfectamente complementarias. En efecto, el Estado y el mercado tienden a convertirse en poderes tutelares que se ciernen sobre un individuo que carece de relaciones sociales sustantivas. De más está decir que, en sede liberal, la vida cívica no tiene un valor relevante, pues sólo vale la dimensión privada. Si las democracias ya no consiguen seducir al ciudadano, es simplemente porque en su proyecto inicial estaba programada su desaparición (basta leer algunas páginas de Constant para percatarse). En este contexto, el fracaso liberal no es sorpresivo: dado que su antropología omite elementos fundamentales del fenómeno humano, es natural que su despliegue termine chocando con la realidad.

            La tesis de Deneen, sobra decirlo, admite múltiples matices. Por de pronto, su caracterización del liberalismo es bastante gruesa. Nunca queda del todo claro, por ejemplo, en qué medida el proyecto liberal coincide o no con el proyecto moderno. El autor tiende a identificarlos enteramente, pero hay buenos motivos para pensar que la historia es un poco distinta. Además, el Tocqueville retratado en el libro deja varias dudas, porque toma en cuenta una sola perspectiva de un pensador multifacético. Ahora bien, sería mezquino aferrarse a ese tipo de motivos para descalificar el argumento principal. Deneen se ve obligado a generalizar, y eso no le impide acertar en buena parte del diagnóstico: a estas alturas, no podemos continuar atribuyendo todas las dificultades del mundo liberal a causas exógenas. Como bien notaba un liberal tan impecable como Aron, las sociedades occidentales tienden al vacío cuando dejan de proponer horizontes significativos a sus miembros. De esta ausencia se derivan patologías cada día más visibles, y el texto busca hacerse cargo de ellas.

            Con todo, en sus páginas finales, el libro sugiere que debemos inventar nuevas formas de asociatividad para superar el orden liberal, pero en este punto queda abierta más de una interrogante. Por de pronto, el autor no se pregunta en ningún momento por las causas que llevaron al establecimiento y triunfo de la doctrina liberal, las que cualquier análisis crítico no puede dejar de examinar en detalle. Si acaso es cierto que la modernidad perdió el rumbo, nuestra primera tarea —ya lo decía Strauss— pasa por determinar con suma precisión los orígenes intelectuales de ese extravío. Sin embargo, este libro no entra en esa discusión. En último término, ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? es un texto con fines programáticos, pues sus preguntas van más allá de lo intelectual. Como Lenin, Deneen quiere saber qué hacer. Tanto es así, que el último párrafo del libro afirma que necesitamos “nuevas prácticas” más que “mejores teorías”. La paradoja es manifiesta. Después de haber dedicado más de doscientas páginas a ilustrar el poder causal de las ideas liberales, Deneen —como Burke y como buena parte de la tradición conservadora— termina desconfiando del poder de la teoría. Desde luego, no se trata de abogar por una teoría desconectada de la práctica, pero en la tradición clásica (reivindicada por el autor) toda praxis debe estar iluminada por una comprensión del mundo. Si la crisis del liberalismo es tan profunda como piensa este autor, entonces nuestros desafíos intelectuales no son nada de secundarios respecto de la práctica. Todo intento precipitado por eludir esa cuestión conducirá, paradójicamente, al fracaso. Puede decirse que sortear ese riesgo es el principal desafío del mundo que representa Patrick Deneen. 

*Daniel Mansuy es doctor en Ciencia Política de la Universidad de Rennes, Francia. Es director del Centro de Investigación Social Signos, de la Universidad de los Andes, y profesor del Instituto de Filosofía de la misma universidad, e investigador senior del Instituto de Estudios de la Sociedad.