Reseña al libro ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, de Patrick Deneen, escrita por Cristóbal Bellolio* para la revista IES «Punto y coma». Lea el contrapunto escrito por Daniel Mansuy aquí.

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Se nos muere el liberalismo, ahogado por su propio éxito. Esa es la tesis de ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? de Patrick Deneen. Después de cinco siglos de aplicación, el liberalismo habría conseguido, sin querer queriendo, todos sus siniestros objetivos: enterró las viejas y edificantes concepciones de libertad como autogobierno personal y colectivo, reemplazándolas por un sucedáneo insípido de independencia individual y emancipación de los lazos sociales; destruyó a martillazos la tradición, la cultura y la comunidad, fuente de todo sentido y pertenencia de los seres humanos, dejándolos vacíos y desnudos, adictos a la inmediatez y esclavos del consumo insustancial; dinamitó las estructuras de apoyo y significado que mediaban entre el individuo y el estado —entre ellas la familia y la religión—, glorificando la soberanía de lo que Marx denunció como “mónadas aisladas y replegadas en sí mismas” y, paradójicamente para la prédica del propio liberalismo, elevando al Leviatán a categoría sacra; subyugó a la naturaleza, estrujando sus recursos y revolucionando sus categorías a merced de la avidez rapiña de la especie y al capricho de la voluntad política. En resumen, el liberalismo es prácticamente culpable de todos los males sociales que puedan enumerarse, incluyendo, por cierto, los efectos indeseables del internet o que las universidades ya no enseñen artes liberales.

El problema central de la crítica de Deneen es que resulta imposible someter al liberalismo a un juicio comprehensivo de esta naturaleza, principalmente porque el acusado tiene muchos rostros, varios de ellos en tensión —cuando no incompatibles— entre sí. A ratos, Deneen las emprende contra el liberalismo como teoría política, otras veces como conjunto de premisas antropológicas, otras tantas como práctica social. A ratos concentra su fuego en el proyecto moderno que se inicia con Hobbes, otras veces apunta contra la ambición racionalista que caracterizó al liberalismo revolucionario, para seguir con acusaciones algo vanas sobre fenómenos contingentes en los campus de su entorno académico.

Sobre esto último: el liberalismo siempre ha estado marcado por una discusión interna entre los ideales de la tolerancia que motivaron su advenimiento histórico y los ideales de autonomía racional que fueron incorporados en su etapa ilustrada. Mientras el primer liberalismo no supone una concepción unívoca de la vida buena y respeta la diversidad de fines humanos, el segundo aspira a que todos los ciudadanos sean capaces de escoger racionalmente un proyecto que empalme con sus esperanzas de progreso moral. El primero ha sido defendido por autores como William Galston, se identifica parcialmente con el Rawls de Liberalismo político e incluso con la propuesta de modus vivendi que ha hecho John Gray, otro crítico formidable del progresismo liberal. Deneen parece creer que solo existe el segundo. Curiosamente, en su libro no hay una sola mención a Kant, uno de los patrones del liberalismo de la autonomía. Curiosamente, digo, porque la noción de libertad que Deneen quiere recuperar —esa capacidad de ganarle a los deseos e inclinaciones sensibles y así elevarse al cumplimiento de una ley moral— es precisamente la noción kantiana. En este sentido, si bien es cierto que la mayoría de los liberales del panteón descansan en una noción de libertad como ausencia de coerción o interferencia, el tratamiento de Deneen ignora que las definiciones conceptuales no determinan necesariamente las posiciones normativas.

La libertad es importante para el liberalismo, pero no es el único valor, repetía hasta el cansancio Isaiah Berlin. En Rawls, el valor principal es la justicia. En Dworkin, la igualdad. Tampoco es enteramente cierto que el liberalismo sea un proyecto racionalista que se aplica “de arriba hacia abajo”. Deneen prefiere los sistemas sociales que emergen de “abajo hacia arriba”. Una larga tradición liberal, de Hume a Hayek, estaría de acuerdo. Finalmente, Deneen describe al liberalismo como un proyecto nietzscheano en busca de una nueva casta de superhombres, obviando imperdonablemente sus raíces cristianas.

En debates más contingentes, Deneen acusa al liberalismo de inflamar la política de las identidades. Pero, justamente por su orientación universalista, los liberales han sido los más críticos del fenómeno. Lo fue Brian Barry hace dos décadas ante el avance del multiculturalismo. Lo hacen actualmente intelectuales públicos como Steven Pinker y Mark Lilla. Deneen también le carga al liberalismo las culpas del posmodernismo. Otro cargo dudoso: mientras el liberalismo defiende el método científico como epistemología pública, la coalición que disputa el estatus del saber objetivo es variopinta y va desde el feminismo radical hasta los socios creacionistas de Deneen. También se confunde de adversario cuando sostiene que el liberalismo acusa de “falsa conciencia” a quienes no se adapten a un estilo de vida individualista y racional. Esa es justamente la crítica marxista al liberalismo, por afirmar una vida de elecciones (agencia) que no son tales por los condicionamientos de la estructura. Aquí faltó Popper: una teoría que explica todo, no explica realmente nada.

La sensación final es que Deneen subraya aquellos aspectos del liberalismo que han sido perjudiciales para su propia filosofía, una especie de comunitarismo tradicionalista católico que ha sufrido en el “mercado de las ideas”. Pero es un error pensar que el liberalismo persigue a la tradición per se o busca erradicar las prácticas culturales de una determinada comunidad en tanto no faciliten la autonomía. Lo que exige es que sean capaces de justificarse ante los individuos que serán sometidas a ellas. La ablación genital femenina es una práctica que subsiste en el Islam y otras denominaciones similares. ¿Debemos proteger dicha práctica en cuanto refleja la cultura de estas comunidades, o bien debemos proteger los derechos individuales de las niñas que la sufren? El liberalismo opta por lo segundo. En la lógica de Deneen, no hay nada que se oponga a lo primero.

Aunque solo en la conclusión nos advierte que no busca volver al medioevo —una aclaración necesaria— lo suyo suena como un lamento gregoriano, nostálgico de un mundo donde las personas nacen y mueren dentro de una misma comunidad y estatus.

PD: Escribo estas líneas desde la que probablemente sea la universidad más liberal de Chile, donde se imparte el programa más ambicioso de artes liberales del país.

*Cristóbal Bellolio es abogado y doctor en filosofía política por el University College de Londres, Inglaterra. Es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.