Entrevista publicada el 07.04.19 en el Diario El Centro de Talca.

Alexis de Tocqueville puso las bases de la teoría democrática contemporánea con la publicación de su obra «La democracia en América», aparecida en París en 1835 y 1840. «El valor de su obra es el análisis de la democracia en el contexto moderno. Las reflexiones que hace nacen a partir de un viaje a Estados Unidos en 1831, donde observó que la democracia es la expresión política del fenómeno moderno», precisa Fernando Contreras Santander (Viña del Mar, 1992), abogado e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad, con motivo de la publicación «Tocqueville y la naturaleza de la democracia (IES, 2018), de Pierre Manent.

Fernando, aunque escribió hace casi 200 años, ¿qué explica la actualidad de la noción de democracia de Tocqueville?

El valor de la obra de Alexis de Tocqueville es el análisis de la democracia en el contexto moderno. Las reflexiones de Tocqueville nacen a partir de un viaje a Estados Unidos en 1831, donde observó que la democracia es la expresión política del fenómeno moderno. El aspecto distintivo de la modernidad, como explica Pierre Manent en su análisis de Tocqueville, es el sentimiento de igualdad. Las costumbres políticas, las leyes, las opiniones, los sentimientos, nuestros códigos sociales, todos ellos nacen o encuentran su génesis en un mismo hecho: la igualdad de condiciones. El análisis de Tocqueville está marcado por un constante ejercicio de contraste entre la democracia y el régimen que le precede, la aristocracia, cuya cualidad era más bien mirarse como diferentes, no como semejantes. La aristocracia, por lo demás, la conocía muy bien, pues él mismo era de origen aristócrata. Es la igualdad, entonces, el factor central en la democracia moderna. Esto es lo que da vigencia al análisis del francés dos siglos después, pues si hay algo en que todos podemos estar de acuerdo es que el sentimiento de igualdad avanza a paso fuerte, particularmente en Chile. Se trata, en definitiva, de una reflexión en torno a nosotros mismos, a nuestra identidad.

Tocqueville vivió la democracia en Estados Unidos y concibió que es más que un sistema político. ¿Qué es en definitiva?

Lo que Tocqueville sostiene es que la democracia es mucho más que un conjunto de procedimientos para elegir a nuestros representantes. Es el movimiento por la igualdad de condiciones. Esta igualdad de condiciones hay que verla no tanto como igualdad material, sino como una suerte de igualdad moral. Lo que predomina en la democracia moderna es el sentimiento de semejanza. Si antes el aristócrata estaba en una posición superior, hoy nos miramos como iguales. Aunque tengamos diferencias de ingresos o de bienes culturales, el elemento novedoso de la democracia moderna es que se derriban barreras que antes nos separaban, por definición e irremediablemente, desde la cuna hasta la tumba.

Ahora bien, es interesante el punto de si la democracia es o no un sistema propiamente político. Es decir, que incentiva a una vida cívica politizada. El campo de lo distintivamente político tiene que ver con aquello que ponemos en común —lo público— y la manera de articularlo. Pero se produce una paradoja. El movimiento de la igualdad democrática tiene como principio fundamental que somos soberanos de nosotros mismos. Y al abolirse la aristocracia, el ciudadano democrático no obedece más que a sí mismo. Esta nueva forma de libertad tiene muchas virtudes, pero uno de sus efectos, según Tocqueville, es que nos terminamos aislando. Por eso él piensa que el individualismo es un fenómeno democrático. La aislación de las personas debilita el tejido social, empobrece lo público y genera apatía. Todos estos factores generarían una vida social menos politizada y más privatizada. 

La democracia aparece cuestionada por la crítica situación, por ejemplo, de Venezuela. ¿Muestra sus debilidades?

Creo que más bien muestra sus fortalezas, que el anhelo por la igualdad tanto formal (de derechos) como material está muy vigente. En algún sentido, el anhelo por la igualdad explica tanto que Hugo Chávez haya llegado al poder como que hoy se quiera derrocar a Nicolás Maduro. La desigualdad previa a Chávez generó terreno fértil para la promesa socialista, y no es raro encontrarse con venezolanos que son chavistas pero anti Maduro. Maduro no sólo ha generado hambre, sino una especie de nueva élite, que es la que gira en torno al poder. Esto genera diferencias entre ciudadanos, tal como ocurría en la aristocracia, frente a la que la democracia se rebeló. Quienes quieren derrocar a Maduro, en el fondo, están buscando la igualdad que observó Tocqueville hace más de 200 años.

En los tiempos de Tocqueville la democracia ascendía, hoy domina un sentimiento de fatiga, lleno de desaliento. ¿Qué se puede esperar?

Hay dos fenómenos que merecen atención. Por un lado, se habla de que en Chile estamos viviendo una época denominada como “malestar”. A grandes rasgos, se trata de una suerte dicotomía. Chile en los últimos 30 años ha experimentado un crecimiento económico nunca antes visto. Pero si bien sacó a buena parte de la población de la pobreza, esas nuevas capas sociales, la llamada “clase media emergente”, se siente vulnerable. Con una seguridad social aun débil, el riesgo de volver a caer en la pobreza está latente. Por otro lado, muchas de sus expectativas se han convertido en frustración, porque los títulos profesionales valen menos que antes. Algunos lo llaman la paradoja de la modernización, otros la nueva cuestión social; y fue sobre esto que el segundo gobierno de Michelle Bachelet intentó capitalizar, porque interpretaron que esa desconfianza era con el modelo completo. Pero se equivocaron.

¿Y cuál es el segundo fenómeno?

Se da a nivel global, y se dice que estamos viviendo una crisis de la democracia liberal. Con fuerza han emergido líderes políticos antiprogresistas. Lo que parecía el fin de la historia —que había vencido el capitalismo, la globalización y los valores morales progresistas— ha demostrado ser una predicción falsa. Tocqueville fue claro en señalar que lo genuinamente liberal es que el futuro depende de nosotros, y eso es contingente. No hay un curso irremediable de la historia, menos un lado correcto de la historia, como al Frente Amplio le gusta decir. Además, y esto es especialmente importante para Chile, Tocqueville sugirió que una condición clave para mantener una democracia sana era fortaleciendo el tejido social mediante una sociedad civil dinámica. Esta idea podría ser de utilidad para enfrentar el fenómeno del malestar, pues nos llama a responsabilizarnos unos de otros, a ser más solidarios, y generar una comunidad que nos brinde seguridad mutua para realizar nuestros proyectos personales y comunitarios.

La vida cívica libre ofrece la mejor condición para ejercer nuestra humanidad en el respeto a los límites humanos. Esta condición en estos tiempos turbulentos, ¿está en peligro?

En algún sentido, sí. Que la democracia tienda a la despolitización es problemático. La democracia misma necesita de ciudadanos activos, empoderados, con virtudes cívicas. Sin embargo, el aislamiento tiende más a separar que a unir. La democracia corre el riesgo de debilitar las bases sobre las que se sustenta. Por eso Tocqueville cree que la sociedad civil es tan importante, porque es allí donde socializamos y adquirimos esas virtudes claves para que la democracia se sostenga. En Chile la sociedad civil es mirada con desconfianza por la izquierda. El proyecto político de Bachelet, inspirado en “El otro modelo”, buscó debilitar a la sociedad civil. El caballo de batalla más simbólico fue intentar suprimir la objeción de conciencia institucional en casos de aborto. Lo que subyace a esta forma de ver las cosas es que la asociación de personas que buscan brindar servicios de salud conforme a su visión de mundo —incluyendo el respeto por la vida del que está por nacer— es peligrosa. Tocqueville receta lo contrario: a mayor diversidad de asociaciones, y mientras más fuertes sean ellas —que se les permita a las clínicas, por ejemplo, no practicar aquello que ellos consideran un homicidio— es una condición necesaria para que podamos seguir funcionando como iguales. Para seguir avanzando, en otras palabras, en el anhelo de la revolucionara democracia moderna.