Entrevista publicada el 10.03.19 en el diario El Centro de Talca.

En medio de la preocupación por elevar el nivel de nuestra discusión pública, la filosofía no ha estado ausente. Entrevistamos aquí a Manfred Svensson, quien, además de dirigir el Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes, es investigador asociado del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Conversamos sobre las obras que el IES ha publicado sobre distintos filósofos del mundo antiguo y su relevancia para la discusión nacional.

¿Qué opinión tiene de los intentos de disminuir o eliminar la filosofía en la formación de los jóvenes?

La verdad es que al menos en esto no estoy entre los pesimistas. Es cierto que en una cultura utilitarista siempre habrá gente que quiera arrinconar a las Humanidades, pero hay un alarmismo dentro del gremio que genera en la ciudadanía la ridícula impresión de que esto está a punto de desaparecer. Creo que la presencia de la filosofía es hoy razonablemente buena, y que nuestra preocupación debiera estar más centrada en su calidad.

¿Por qué leer a los filósofos en la actualidad?

Una respuesta típica es que así se forma el pensamiento crítico. No estoy muy convencido de esa respuesta. Por una parte, porque el pensamiento crítico también se forma cultivando otros saberes. Por otra parte, porque eso nos da una visión reducida de los beneficios de la filosofía. Pensemos en la «Consolación de la Filosofía», de Boecio. El solo título nos recuerda que a ella se le ha atribuido también funciones terapéuticas, sin que por eso se le quite su condición de disciplina rigurosa.

El IES se ha caracterizado por una serie de libros, como “El derrumbe del otro modelo”, que contribuyen al diagnóstico del Chile actual y sus problemas. ¿Cómo se vincula eso con haber publicado simultáneamente una serie de introducciones a filósofos antiguos, como Platón, Aristóteles o Agustín de Hipona?

Aunque parecen carriles que van por separado, estas cosas se relacionan muy estrechamente. De hecho, cabe destacar que estas introducciones fueron publicadas con anterioridad a estos ensayos de diagnóstico o de reflexión contingente, y han nutrido ya por un buen tiempo la reflexión de la que brotan luego los libros de diagnóstico. Me permito decirlo de un modo sencillo: si estás leyendo lo mismo que todo el resto, no vas a poder decir nada nuevo, por muy al día que estés. No se trata de tener una preocupación desequilibrada por la filosofía antigua, pues tenemos en la misma colección obras sobre Hayek y Tocqueville. Pero, por decirlo de modo figurado, se requiere ir a pozos profundos para traer agua fresca.

Entre esos libros el primero fue una Introducción a Aristóteles, algo más extenso que los otros.

Efectivamente, es una obra algo mayor, pero por buen motivo: este libro de Alejandro Vigo –destacado profesor argentino que ha hecho parte importante de su carrera en Chile– es tal vez la mejor introducción a Aristóteles que jamás se haya escrito en español. Me gustaría destacar dos ideas de este libro y de Aristóteles en general. Una es la independencia del pensamiento práctico, y la otra es el cultivo de una perspectiva distintivamente política.

¿Qué quieres decir con “independencia del pensamiento práctico”?

Aristóteles es el primer filósofo que cultivó el saber práctico –la economía, la ética, la política– como algo relativamente independiente del resto de la filosofía. El punto era que al margen de tus ideas generales sobre el mundo puedes participar de una deliberación racional sobre la vida práctica. Hoy tal vez sea más importante guardar cierta distancia de las estadísticas que de la reflexión más amplia sobre el cosmos, pero se trata de una idea muy importante para ver cómo nos aproximamos a la discusión pública. Uno podría decir que el modelo de Aristóteles invita a que la deliberación pública sea racional, de alto nivel, y que sin embargo no sea una discusión de expertos. De la mano de eso va, como mencionaba, el énfasis en una perspectiva distintivamente política, en lugar de una reducción de la vida política a una pregunta que se centre exclusivamente en la economía o la moral.

¿Y eso de una perspectiva propiamente política no es maquiavélico, como si hubiera que separar la política de la moral?

Muchas veces el riesgo es ése, que en el esfuerzo por tener una mirada política de ese tipo se esté dispuesto a renunciar a todo criterio moral. Pero también hay un tipo de realismo político, que creo bien representado por Aristóteles y por la tradición que lo sigue, en que hay una idea de humanidad guiando la reflexión política, en que la justicia es integral a la reflexión, pero sin creer que solo falta “inyectar valores” a la política para mejorarla. El esfuerzo del IES ha sido en buena medida el de desarrollar este tipo de lente aplicándolo a una infinidad de temas –desde la familia hasta la inmigración– en que estamos más acostumbrados a moralizar. No se trata aquí de imaginar una línea nítida que separe lo moral de lo político, pero sí de reconocer que hay algo propio de cada dimensión de la existencia humana.

Un poco después de eso publicaron una introducción a Platón. Ahí la acusación podría ser la de que su proyecto es utópico. Tal vez interesante para los filósofos, pero un poco extravagante para la discusión pública.

Efectivamente, existe en Platón ese lado; en el verano releí la República y mi principal sensación fue que se nos olvida cuán extravagante puede parecer a ratos. Pero Platón sigue siendo central para nuestras preguntas. Al comienzo de la República hay una discusión sobre la justicia en el alma, y los participantes de la conversación pronto quedan entrampados, no saben cómo seguir adelante. En ese momento a Sócrates se le ocurre que deben dirigir la mirada a algún lugar donde esté escrito “con letras grandes” lo que es la justicia. Así pasan de hablar sobre el alma a hablar sobre la ciudad.  Lo que está detrás de ese movimiento es la convicción de que el alma de cada persona y la ciudad se comportan como espejo la una de la otra. El tipo de personas que somos y el tipo de comunidad política que somos se explican mutuamente. Y el punto es que esa idea –y ella no es nada extravagante– hoy nos resulta algo ajena y merece ser reconsiderada.

¿Y de verdad no se puede separar esas dos cosas, el alma y la ciudad?

Ese es uno de los grandes proyectos de la filosofía política moderna, organizar la sociedad de modo que funcione aunque cada uno de nosotros sea un demonio. La idea de Kant, de quien tomo esa imagen, era que, aunque seamos malas personas, podamos ser buenos ciudadanos. Puede estar bien concederle algo de razón a esa perspectiva, que pone el foco en las instituciones más que en las personas, pero como lente dominante creo que ha mostrado sus límites. Como dice el dicho, hecha la regla, hecha la trampa: los buenos procedimientos no bastan. Esto de que el alma y la ciudad se reflejan recíprocamente Platón lo traslada incluso a la discusión sobre las formas de gobierno, tocando las equivalencias entre el régimen democrático y el alma democrática, entre el alma oligárquica y el régimen oligárquico, etc. En la actual crisis de la democracia parece muy pertinente volver a tener esas discusiones a la vista. Además, hasta hace muy poco vivíamos con la idea de un progreso lineal de la democracia; pero con el resurgimiento de los populismos por un lado, y de formas despóticas del liberalismo, por otro, vuelve a tener cierta actualidad la idea antigua de ciclos entre tipos de régimen distinto.

Y finalmente está la introducción a Agustín, de Christoph Horn. Con eso llegamos a un filósofo antiguo que también es cristiano.

Sí, y está muy bien subrayar que es alguien perteneciente al mundo antiguo. Agustín es un cristiano que escribe en el mundo antiguo, inmediatamente después de la caída del imperio. Y solemos olvidar lo fuerte que es nuestro parecido con ese mundo: globalizado, con un mercado religioso y filosófico muy variado, y con muchas preguntas abiertas respecto del rumbo futuro de la historia. Agustín es uno de esos pensadores que en ese contexto están dedicados a la difícil reflexión en torno a lo que vale la pena preservar del pasado, y a la más ardua tarea aún de transformarlo para que efectivamente pueda ser preservado. Para tiempos de cambio, como los nuestros, es sumamente formativo enfrentarse con calma a quienes en el pasado han acometido ese tipo de tarea.

Pero si uno toma estos tres autores, Aristóteles, Platón y Agustín, se podría decir que ustedes están simplemente dedicados a algo así como una defensa de la “civilización occidental cristiana”. ¿Es así?

Aunque creo que hay mucho que importa preservar y transmitir de dicha tradición, también creo que vale la pena intentar una respuesta bien diferenciada a esa pregunta. No solo porque el cristianismo importa más allá de Occidente, sino también porque Occidente le importa no solo a los cristianos. Entonces hay aquí un conjunto de prácticas e ideas que algunos querrán defender como un bloque y que otros querrán mirar más caso a caso. Pero en ambas circunstancias, sigue siendo relevante preguntarse por el valor de esa tradición. Además, ningún proyecto que sea simple “defensa” de algo, por valioso que sea ese algo, tiene mucho futuro. Las defensas pueden ser parte de un proyecto, pero la vitalidad de una visión de mundo se revela ante todo en su capacidad para efectivamente responder a problemas en específico, evitar unilateralidades, e integrar adecuadamente los aciertos de sus rivales.