Columna de Josefina Araos y Guillermo Pérez publicada el 24.03.19 en El Mercurio.

El surgimiento de movimientos populistas a nivel mundial ha despertado la alarma de una clase política que no logra explicar su éxito. Frente a la incertidumbre, diversos intelectuales han planteado la hipótesis de que el populismo se debería, en parte, a la creciente desconexión de las élites gobernantes con el sentir de los sectores populares: no es solo que les cueste entenderlos, sino que por lo general los mira con desprecio. Algo de este fenómeno comienza a observarse en Chile, y quizás el debate migratorio sea uno de los mejores ejemplos, donde no parece existir conciencia de esta brecha ni de las tensiones que genera.

Basta ver el descrédito de ciertas élites hacia aquellos que sostienen una posición crítica sobre la migración en nuestro país. Se ha vuelto común etiquetar como «ignorantes» o «discriminadores» a quienes creen que los inmigrantes inciden en las oportunidades de empleo o en los índices de delincuencia. No cabe duda de que la aparición de argumentos racistas o ideas erradas sobre la inmigración tiene efectos problemáticos, pero, ¿son el racismo y la ignorancia razones suficientes para explicar los reparos de ciertos grupos ante la llegada de extranjeros?

La inmigración en Chile se relaciona directamente -aunque no de forma exclusiva- con la pobreza y la exclusión. El encuentro cotidiano entre chilenos y extranjeros suele estar marcado por la precariedad, y basta analizar algunas encuestas de opinión (como Espacio Público-Ipsos 2018) para notar que las críticas al fenómeno tienen mayor intensidad en los sectores vulnerables. Por lo mismo, quienes viven las tensiones más problemáticas de la inmigración no son las élites, sino los más desfavorecidos. Son ellos quienes ven el proceso como una amenaza -aunque sea infundada- para su frágil situación, asociando a los extranjeros con el riesgo de perder el trabajo, o culpándolos por la calidad de los servicios públicos, que ya son precarios.

Que las personas de bajo nivel socioeconómico muestren un mayor grado de recelo frente al tema no debiera, entonces, conducirnos a asociar su rechazo con la ignorancia. Esta tendencia recurrente en algunos representantes de nuestro debate público olvida una pregunta esencial: si acaso estas críticas tienen algo relevante que decir acerca de los problemas que hoy experimentan miles de compatriotas.

Esta suerte de desprecio de las élites por la opinión de los sectores populares no es inocua. Como ha señalado la filósofa Chantal Delsol, la agenda cosmopolita que tantos promueven aleja a la clase política de las demandas de los más vulnerables. No es extraño, entonces, que luego sean los pobres quienes, excluidos de los beneficios de la globalización, se vuelquen hacia líderes populistas que sí están dispuestos a reconocer e identificarse con sus demandas.

Para evitar este riesgo, que hoy despierta tanto escándalo, la solución no es evadir discusiones difíciles. De lo que se trata justamente es dejar de responder con gritos -«todos somos migrantes»- a las voces más escépticas, para preguntarnos si acaso en ellas ese pueblo ignorante está mostrando algo que a las élites gobernantes, una vez más, se les escapa.