Columna publicada el 12.03.19 en La Segunda.

Por si quedaba alguna duda, la masiva jornada del “8M” –al menos 190 mil personas, sólo en Santiago– obliga a tomarse muy en serio el momento feminista. Desde luego, no faltan sus críticos, y la retórica que dominó la convocatoria admite más de una pregunta. ¿Por qué identificar el respeto a los derechos básicos de las mujeres con el anticapitalismo, el aborto libre o el anticolonialismo (sea lo que sea que signifique esto)? ¿Acaso no se está instrumentalizando una causa justa?

Pero la crítica, por fundada que sea, resulta demasiado insuficiente si aspiramos a comprender este fenómeno a cabalidad. En este sentido, la pregunta fundamental es otra: ¿cómo es posible que, pese a la ensalada de reivindicaciones del «8M», el movimiento continúe apropiándose de la categoría “feminismo” con tal nivel de adhesión? Naturalmente, la respuesta remite a la extensión de los abusos y discriminaciones arbitrarias que sufren las mujeres, pero también a la ausencia de miradas alternativas que logren empatizar con ellas, y así canalizar sus inquietudes desde otras veredas políticas y culturales. Guste o no, se trata de una tarea pendiente para quienes se han limitado a cuestionar el movimiento.

Lo anterior no significa aceptar a priori algunas consignas del progresismo ambiente (como la diatriba de Daniel Matamala contra el mundo católico por la falta de sacerdotisas y el sufragio femenino: curioso clericalismo asumir que el orden sacerdotal es lo más relevante, y más curioso aún su olvido del aporte de Abdón Cifuentes y otros políticos católicos al voto de las mujeres en Chile). El punto es precisamente que entre progresismo y feminismo no tiene por qué existir una identificación necesaria. Es lo que se advierte al revisar sus antecedentes más remotos –Laura Cereta, Juana Inés de la Cruz u Olympe de Gouges–; las exigencias de las sufragistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX; e incluso, el panorama completo –y no sólo dos o tres aspectos polémicos– de la segunda ola inaugurada por Simone de Beauvoir.

Esa historia larga del feminismo manifiesta un constante reconocimiento de la experiencia vital que comparten las mujeres de carne y hueso. Fue eso lo que ha permitido denunciar múltiples injusticias en su contra, muchas de las cuales siguen vigentes, especialmente en los entornos más vulnerables. La violencia física, los abusos sexuales y la desigualdad salarial, sin duda, pero también la ausencia paterna, la poca participación masculina en el cuidado de los hijos y la cosificación del cuerpo femenino. Ahí debe estar el foco de quien desea reivindicar la dignidad de las mujeres. Y nada de eso es patrimonio exclusivo del progresismo: si él se lo apropia con éxito, somos otros quienes fallamos.