Columna publicada el 18.02.19 en El Mercurio.

Ricardo Palma Salamanca -el pistolero que acribilló a Jaime Guzmán y el secuestrador de Cristián Edwards, entre otros crímenes- decidió hablar. En una extensa entrevista concedida a Patricio Fernández, el refugiado en París intenta construir un personaje medianamente coherente. Más allá de los legítimos sentimientos que produzca su figura, el ejercicio resulta muy valioso. Por un lado, la narración en primera persona siempre devela aspectos que el observador no percibe con facilidad. Por otro lado, el intercambio permite atisbar los dilemas que fueron encerrando poco a poco al Frente Patriótico en un laberinto sin salida, laberinto del que Palma Salamanca aún no logra salir. Desde luego, no se trata de una cuestión puramente histórica. En efecto, y aunque cueste explicarlo, la historia del Frente sigue ejerciendo una extraña fascinación en parte de la izquierda chilena. Vale la pena entonces volver a preguntarse qué hay en esa aventura que justifique tanta nostalgia.

El primer dato es que Palma Salamanca rechaza enérgicamente convertirse en leyenda: no quiere responder a la figura épica del guerrillero latinoamericano. Sin embargo, y aquí parten las dificultades, tampoco reniega de lo obrado. No reivindica sus acciones con orgullo, pero no se arrepiente de ellas. No hay en toda la entrevista (que duró tres días) palabra ni gesto alguno dirigido a quienes fueron sus víctimas. Para explicarse, solo atina a decir que se trató de «una experiencia histórica». Además, de haber culpas, no son suyas: la cultura comunista y el entorno familiar no le habrían dejado mucha alternativa. Lo único que admite es, quizás, haber sido víctima de cierta inercia, que le impidió salir del Frente en el momento adecuado. Con todo, Palma Salamanca dice que quiere ser un vaso comunicante entre las viejas y nuevas generaciones, aunque no queda nada de claro en qué consiste aquello que querría transmitir.

No resulta fácil cuadrar estos elementos. El personaje que intenta construir el entrevistado es un poco decepcionante, en la medida en que elude sistemáticamente las preguntas que más nos importan. ¿Por qué eligió ese camino y por qué lo llevó hasta tales extremos? ¿Qué dudas lo acecharon, qué remordimientos quedan? Tampoco hay asomo de reflexión sobre el uso de la violencia como mecanismo de acción política, ni sobre las huellas que deja en quienes lo tomaron. De algún modo, Palma Salamanca quiere convencernos de que su trayectoria es rutinaria, casi mecánica, que no esconde nada fuera de lo común. Habría sido un actor pasivo de una historia que siempre le fue ajena. Incluso, se da el lujo de considerar la violencia como una «reacción natural». Todo se explicaría a partir de la mera inercia: para asesinar y secuestrar, bastaría con seguir la corriente. Hay en esta narrativa algo incómodo, algo insuficiente, algo que -en definitiva- violenta nuestro sentido moral: la violencia nunca es un instrumento más, nunca es fruto de la pasividad. Intuimos que en el origen de la violencia utilizada por Palma Salamanca -sus modalidades, su intensidad, su frialdad- tiene que haber algo adicional. Dicho de otro modo, el personaje de Eichmann ya no nos resulta creíble.

En este preciso punto reside el punto ciego del personaje construido por Palma Salamanca: el hombre no está dispuesto a enfrentar el enigma de su propia libertad. No quiere hacerse responsable de sus decisiones. Las elude, las evita, y está dispuesto a todo con tal de no mirarlas de cerca. Desde una perspectiva moral, se trata de un niño que rehúye las consecuencias de sus actos. Las culpas son de otros, sus acciones fueron fruto inevitable de un engranaje mecánico, su ingreso al Frente fue parte de «una experiencia histórica», y la inercia hizo el resto. Si se quiere, su figura es indolente: no le duele el daño causado, no le duele la sangre derramada, ni siquiera le duelen sus errores porque no cree haberlos cometido. Ante el horror, elige no mirar. Después de todo, si fue un instrumento pasivo de la historia, no tiene nada sobre lo que reflexionar. Su modo de explicar su pasado y sus acciones revela una atrofia moral particularmente grave: no tiene ninguna capacidad para dar cuenta de sí mismo. En ese sentido, su condición de prófugo termina siendo hasta anecdótica: el problema no es haber huido de la cárcel y tener cuentas pendientes con la justicia chilena; el problema es que huye de sí mismo con una persistencia patológica.

Llegados a este punto, uno puede preguntarse por qué motivos un personaje con estas características sigue siendo tan atractivo a ojos del Frente Amplio. El fenómeno es difícil de comprender, pero cabe pensar que parte de la izquierda nunca ha dejado de rendirle culto -más o menos consciente- a la acción ciega como mecanismo de liberación. Guste o no, solo una izquierda que prefiere actuar antes que comprender puede ver algo admirable en Palma Salamanca. Hasta el punto de visitarlo a escondidas en París.