Columna de Josefina Araos y Mariana Canales publicada el 16.02.19 en El Mercurio.

El anuncio del proyecto de ley Admisión Justa despertó nuevamente el debate educacional en nuestro país, discusión que había quedado en la penumbra, a pesar de su centralidad en nuestro andamiaje social.

Sin embargo, aunque es por cierto valioso volver a hablar de educación, las intensas polémicas de las últimas semanas parecen moverse en los márgenes de aquello que está realmente en juego.

Mientras el Ejecutivo presentó una iniciativa centrada en la excelencia, la oposición respondió con una «Ley Machuca», más preocupada por el problemático elitismo de la educación privada que por la situación de las escuelas a donde llega más del 90% de los niños del país. Así, ambos proyectos se focalizan en un grupo minoritario de la población, al mismo tiempo que se muestran indiferentes a preguntas fundamentales. En este sentido, es relevante que la clase política -frente a la tentación de aislarse en sus disputas- establezca, al fin, la construcción de un proyecto de educación nacional como objetivo prioritario.

Este desafío requiere, junto con la concurrencia de todos los actores involucrados, introducir un elemento hasta ahora ausente en el debate: ¿en qué consiste una educación propiamente pública? Se trata, sin duda, de una pregunta difícil de responder. Como bien señaló Sol Serrano en su último ensayo, «El Liceo» (Taurus, 2018), la educación pública chilena dejó de encarnar un «proyecto de sociedad».

Hasta mediados del siglo XX, afirma la premio nacional de Historia 2018, con todas sus limitaciones, el liceo constituyó el lugar donde debían forjarse los lazos comunitarios de la sociedad chilena. Era allí donde el Estado esperaba que cada ciudadano se sintiera parte de una misma historia y de un mismo futuro. De este modo, por más segregado que haya sido el sistema, quienes accedieron a la educación en los liceos se hicieron parte de un ethos compartido que los dotó de conciencia histórica: todos ellos estaban llamados a cumplir un papel relevante en el desarrollo de su país. Debían ser ellos, finalmente, los protagonistas de la transformación que el relato del liceo prometía.

Esa «experiencia vital», en palabras de la historiadora, es la que parece haber desaparecido en la actualidad. Esto se debió, en gran medida, a que la interpretación histórica en torno a la cual se articuló el proyecto del liceo chileno entró en crisis (y también su promesa).

Y es que ni el liceo ni la educación pública permanecieron ajenos a los dramáticos hechos de nuestra historia reciente. Sin embargo, que haya desaparecido ese consenso no significa que no requiramos -y con urgencia- de un espacio donde la sociedad chilena pueda seguir estableciendo esos lazos comunitarios. Pero esto exige formular, en primer lugar, la pregunta por una nueva interpretación compartida, un nuevo proyecto acorde a las circunstancias del Chile de hoy. Después de todo, parece difícil rehabilitar la educación pública mientras no volvamos a asignarle un relato que defina su papel en el destino del país. En ese sentido, las narrativas meritocrática e igualitarista que predominan hoy, de lado y lado, no parecen suficientes, por más movilizadoras que sean sus premisas.

La mejor prueba de ello es que, hasta ahora, ambos lados han coincidido en postergar, sistemáticamente, la reflexión sobre el lugar donde la mayoría seguirá llenando las aulas que el sistema político, por décadas, se ha resistido a dignificar.