Reportaje publicado el 28.10.18 en Artes y Letras de El Mercurio.

Hoy en Brasil quizás se elige a Jair Bolsonaro como Presidente. En «Tocqueville y la naturaleza de la democracia» (IES), el filósofo francés Pierre Manent expone las ideas del pensador decimonónico y, sin caer en el anacronismo, ayuda a comprender fenómenos como la despolitización de los ciudadanos, el individualismo y el avance de líderes autoritarios. «Estas tendencias están inscritas en la naturaleza de la democracia moderna», explica.

Alexis de Tocqueville fue un aristócrata francés, nacido en 1805, después de la revolución que echó abajo al antiguo régimen que daba sentido a su título nobiliario de vizconde. En 1831 viajó a Estados Unidos, donde observó el irrefrenable avance de la democracia o del sentimiento de igualdad. Esa experiencia la convirtió en «La democracia en América», un libro publicado en dos partes (1835 y 1840), que casi dos siglos después sigue siendo uno de los más lúcidos estudios para entender la democracia: esa realidad en la que Tocqueville reconoció no solo otro régimen político, sino que, antes, la esencia de la modernidad, una nueva forma de sociedad y hasta una nueva naturaleza humana.

La democracia, esa fuerza irrefrenable, en la segunda década del siglo XXI parece estar en crisis: mientras usted lee estas líneas, los brasileños votan para elegir a un nuevo Presidente, entre Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores, y el ultraderechista Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal. O quizás ya habrán elegido a este último, si se confirma lo que las encuestas han previsto.

Se dice que vivimos en una sociedad despolitizada e individualista, que los partidos políticos están en crisis, que una brecha separa a las élites globales de los ciudadanos. En ese contexto se propagan los movimientos y líderes nacionalistas y xenófobos, misóginos y homofóbicos, autoritarios y demagogos. ¿Será, entonces, que la democracia no era irrefrenable?

Desaliento y escepticismo

«Tocqueville elaboró su pensamiento en un contexto político totalmente diferente del nuestro. En su época, el movimiento democrático era ascendente, seguro de sí mismo, productivo, lleno de ardor y de promesas». Quien habla es el filósofo y teórico político francés Pierre Manent (Toulouse, 1949), profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París: un pensador liberal, en la línea de Raymond Aron, reivindicador de la condición política del ser humano, autor de obras como «Historia intelectual del liberalismo», «Curso de filosofía política» y «La razón de las naciones», y lúcido intérprete del pensamiento de Tocqueville, como queda claro en «Tocqueville y la naturaleza de la democracia». El libro, publicado en 1982, recién se traduce al castellano gracias al Instituto de Estudios de la Sociedad (IES Chile), y será presentado este martes 30 de octubre a las 18:45 horas en la sede del IES (Renato Sánchez 3838, Las Condes). «Pierre Manent pertenece a esa generación que -inspirada por Aron- volcó su mirada a Tocqueville, y su primera convicción es que la comprensión de la modernidad exige una perspectiva específicamente política», escribe el filósofo chileno Daniel Mansuy en el prólogo del libro.

Si en los tiempos de Tocqueville la democracia ascendía, «hoy -afirma Manent, desde Francia- domina un sentimiento de fatiga, lleno de desaliento y cargado de escepticismo. Los dos grandes elementos que fueron enarbolados juntos por el movimiento democrático, a saber, la extensión de los derechos individuales y la construcción de gobiernos fundados en la soberanía del pueblo, estos dos elementos hoy están separados. Para los gobiernos, para las clases dirigentes y los medios de comunicación, al menos en Europa, la democracia se resume en la extensión de los derechos individuales en un marco globalizado, y consideran la soberanía del pueblo como un principio arcaico y peligroso. Entonces, los pueblos, o los elementos de los pueblos que se sienten dejados de lado por el proceso de globalización y por ciertos aspectos de la extensión de derechos, son tentados por movimientos ‘populistas’ que no tienen un programa político real, salvo dar voz al malestar colectivo».

Sin embargo, no quiere decir eso que Tocqueville se haya equivocado cuando vio a la democracia como una fuerza imparable. De hecho, quizás la crisis de la democracia sea en realidad la consolidación de ciertas tendencias inscritas en su naturaleza. «A pesar de lo diferentes que son los contextos, es claro que Tocqueville ya había comprendido esta fuerte tendencia de la democracia que triunfa hoy, esta tendencia que él caracterizó con dos expresiones: ‘individualismo’ y ‘sentimiento de semejanza'», explica Manent.

El anhelo de igualdad, la progresiva realización de esta, implica que los seres humanos no reconozcamos ni toleremos ninguna superioridad ni inferioridad en los otros, ninguna diferencia, que no le otorguemos autoridad a nadie que no sea uno mismo, yo, como individuo. Eso es justo, dice Tocqueville, hay verdad en la igualdad, sin embargo implica un debilitamiento de las relaciones sociales, pues el ideal democrático -la igualdad- se realiza erosionando la influencia o poder que unos individuos puedan tener sobre otros.

«El ideal democrático asegura su influencia sobre la sociedad real aislando a los miembros del cuerpo social. Así, cada individuo se interesa por sí mismo», explica Manent en su libro. O en palabras de Tocqueville: «La igualdad coloca a los hombres unos al lado de los otros, sin un lazo común que los retenga». Tocqueville «retrata admirablemente este estado de la sociedad en el cual sus miembros pierden de vista que son parte de un colectivo que debe gobernarse», dice ahora Manent. «En resumen, él percibe vivamente los riesgos de despolitización, de pérdida del sentido cívico que conlleva el movimiento democrático».

-¿Entonces los problemas políticos de nuestro tiempo -autoritarismo, despolitización, individualismo- son un resultado esperable de la democracia?

«Todo esto es normal. Estas tendencias están inscritas en la naturaleza de la democracia moderna, que está dominada por el sentimiento de la semejanza humana; es decir, por un afecto que es al mismo tiempo un valor, y que lleva a juzgar como inútil e incluso peligroso el esfuerzo cívico; ese esfuerzo por el cual un grupo humano se constituye en un cuerpo político capaz de gobernarse a sí mismo. Ahora, para Tocqueville, este esfuerzo cívico era, por el contrario, una expresión particularmente deseable de la dignidad humana o, como le gustaba decir, de la ‘grandeza humana’. Es en el esfuerzo de cada ciudadano por hablar y actuar ante sus iguales en el espacio público que la democracia moderna supera su tendencia a la despolitización y al individualismo. Hay, pues, una tensión entre la tendencia natural de la democracia y aquello que Tocqueville llama el arte de la democracia, que a través de las asociaciones, la libertad de prensa, la educación cívica, la acción colectiva ejercita a los miembros de una sociedad en la acción conjunta».

-¿Qué lugar ocupa la libertad en la democracia, según Tocqueville?, ¿cómo interactúa con la igualdad?

«Tocqueville enfatiza que la libertad moderna, a diferencia de la libertad de los antiguos, es una libertad igual [la libertad antigua es el privilegio de una aristocracia, se asienta en la desigualdad]. Los modernos desean, inseparablemente, ser libres e iguales. ¿Pero qué significa este deseo concretamente? El objetivo de la libertad y el objetivo de la igualdad son dos movimientos diferentes del ser humano, que entran naturalmente en tensión. A los ojos de Tocqueville, la pasión más constante, la más profunda del hombre democrático es la pasión por la igualdad. El hombre democrático ama espontáneamente tanto la igualdad como la libertad, pero no de la misma manera, no con la misma profundidad o sinceridad. Si tiene que elegir, tiende a elegir la igualdad. En la medida en que la pasión por la igualdad encuentra un instrumento en la maquinaria del Estado, que se eleva por encima de la sociedad y le impone reglas de conformidad, los ciudadanos de las democracias ven restringido el círculo de posibilidades, sus ambiciones se marchitan, y la humanidad se convierte en un círculo cada vez más estrecho. Debemos admitir que nos reconocemos en este diagnóstico».

Opinión pública

En el libro, Manent escribe que la «idea de la soberanía del pueblo» se hace realidad gracias a «la fuerza de la opinión pública». Sin embargo, Tocqueville está hablando del Estados Unidos del siglo XIX, cuando el gran medio de comunicación era la prensa. Hoy, con internet y las redes sociales como principal medio, ¿se puede hablar de opinión pública?, ¿qué efectos políticos tiene esta nueva «opinión pública»?

«No sé responder a su pregunta -reconoce Manent-. Todos ven el lugar que ocupan las redes sociales entre nosotros. ¿Cuáles son las consecuencias políticas, morales, sociales de estos nuevos instrumentos de comunicación? Solo diré esto: Por una parte, sus efectos son, a mis ojos, esencialmente negativos, nos hacen vivir en una urgencia y también en una histeria permanentes, premian a las pasiones más básicas y ciegas; por otra parte, no cambian fundamentalmente nada de nuestra condición política que sigue determinada por las acciones de aquellos que nos gobiernan y para quienes las redes sociales son solo otro instrumento o turbación. No tienen efecto sobre la soberanía de los regímenes que quieren preservar su soberanía. Vea la manera implacable en que el gobierno chino ha hecho de internet un instrumento más al servicio de su despotismo».

-La democracia trae un «hombre nuevo». ¿En qué medida la pregunta por la democracia es la pregunta por el hombre? ¿Y por qué, según usted, la última es la única que debiera interesarnos?

«La pregunta por la democracia y la pregunta por el hombre son preguntas inseparables la una de la otra. De hecho, en el orden político, en tanto que animal político, el hombre despliega su naturaleza y descubre lo que puede y buena parte de lo que siente y piensa. La promesa democrática es equívoca. Ella lleva a esperar una suerte de fin de la historia, un estado de la humanidad donde las necesidades materiales y morales de los hombres estarían, en lo esencial, satisfechas. Pero una condición tal significaría el despliegue final y el cumplimiento de la humanidad del hombre, o al contrario, su degradación última: si no hay más tarea, si no hay más elección, si no hay más peligro ante nosotros, ¿qué será de nuestra humanidad? Nos convertimos en turistas de nuestra propia historia. Tocqueville ha descrito este peligro con una agudeza y una fineza inigualables, y al mismo tiempo ha trazado respuestas prácticas moderadas y juiciosas: la vida cívica libre ofrece la mejor condición para ejercer nuestra humanidad en el respeto de los límites humanos».

Reabrir la historia

Ya que para Tocqueville la democracia -la igualdad- es «un hecho providencial», que es «universal, duradero y escapa a la potestad humana», podría creerse que el filósofo francés tenía una visión progresista y determinista de la historia, en línea con la de pensadores contemporáneos suyos, como Auguste Comte y Karl Marx. Pero no. «Tocqueville -aclara Manent- ciertamente no era determinista. Al contrario, lucha contra el determinismo, más precisamente contra una concepción de la historia que tiende a imponerse en los siglos democráticos, que no ve más que las ‘tendencias fuertes’ de las colectividades y no tiene lugar ni consideración para las iniciativas individuales o aquellas de los grupos pequeños».

«Al mismo tiempo -agrega Manent-, Tocqueville reconoce la fuerza de estas tendencias, pero toda nuestra tarea es reabrir el espacio para las posibilidades, para emprender acciones que testimonien la grandeza humana frente a las tendencias que nos encierran en el círculo estrecho de las preocupaciones mezquinas. A sus ojos, lo que es ‘irresistible’ es el progreso de la igualdad. Lo que está abierto es la cuestión de saber si las sociedades de la igualdad serán sociedades libres o sociedades sumidas en un nuevo despotismo. Por lo tanto, para Tocqueville, el movimiento de la historia no nos libera de la obligación de hacer elecciones. Siempre encontramos frente a nosotros dilemas morales, políticos, espirituales. En ese sentido, difiere de Marx y Comte, y se acerca a Nietzsche. Pero, a diferencia de Nietzsche, no busca la grandeza humana más allá del hombre».