Reseña al libro «Populismos. Una defensa de lo indefendible», de Chantal Delsol, publicada el 25.09.18 en El Líbero.

“El término ‘populismo’ es, en primer lugar, un insulto”. Con esas palabras arranca el agudo ensayo de Chantal Delsol acerca del fenómeno político que probablemente más preocupa hoy a las democracias occidentales. Aparecido en Francia en 2015, este texto vino a sumarse a las múltiples publicaciones que en el último tiempo se han esforzado por explicar el surgimiento y proliferación de corrientes populistas en distintas partes del mundo. Tales publicaciones, sin embargo, no parecen haber tenido demasiado éxito, más allá de sus innegables efectos mediáticos. Interesados ante todo en identificar con eficacia a un enemigo, han fracasado a la hora de dar cuenta de la especificidad del fenómeno –o, derechamente, no han querido hacerlo—, aumentando así el “griterío” que, a juicio de Delsol, inunda nuestros actuales debates.

Consciente de esa falencia, la francesa propone una aproximación original: si lo único que tenemos claro por ahora es que el populismo es un insulto, tratemos de recopilar los elementos que caracterizan a los “vilipendiados” detrás de esa etiqueta; hagamos el ejercicio de descubrir quiénes son los insultados y por qué. Así Delsol emprende una “defensa de lo indefendible”, develando paulatinamente aquello que las democracias liberales han condenado de modo progresivo al “ostracismo”: la referencia a la particularidad. En una apasionada y rigurosa reflexión, la exclusión y persecución discursiva de la particularidad se revelará finalmente como un espejo de los puntos ciegos, contradicciones e insuficiencias de los sistemas democráticos contemporáneos.

Hijo de la democracia

El populismo, afirma Delsol, sólo surge en contextos democráticos. Sólo en un escenario donde el pueblo tiene poder efectivo, la posibilidad de un tipo de vínculo político diferente aparece como una amenaza. En medio de la crisis de representación en la que se encuentran sistemas cada vez más complejos, el populismo, según la autora, se presenta como una alternativa para restituir el abismo creciente entre la élite y el pueblo (que es aquel que lo padece).

 ¿En qué consiste ese abismo? Podría decirse que el ensayo de Delsol es un intento por responder esa pregunta radical, ofreciendo como hipótesis el enfrentamiento entre dos cosmovisiones antagónicas: el arraigo y la emancipación. El primer término remite a la experiencia primaria de pertenecer a un tiempo y espacio concretos que nos hacen partícipes de una tradición y una cultura. Es a partir de ellas que podemos movernos en el mundo y, por lo mismo, les debemos lealtad y respeto para que aquellos que nos sucedan cuenten con la misma base para enfrentar la vida. La emancipación, en cambio, se relaciona con la experiencia de un hombre liberado de cualquier referencia particular, capaz de forjar su destino por sí mismo, sin necesidad de apelar a nada más que a una razón universalmente reconocida.

Para la autora, ambas visiones –aunque a ratos opuestas— constituyen dimensiones esenciales de la existencia humana. Sin embargo, ese dato ha sido olvidado –

deliberadamente, quizás— por una modernidad que decidió avanzar en otra dirección: la de la liberación y afirmación permanente de la autonomía, levantada como un principio absoluto que prescinde de cualquier otra consideración. La implicancia central de este olvido es que todos aquellos que se identifican con el arraigo se han vuelto objeto del más profundo desprecio, y que corresponden justamente a quienes forman parte del pueblo. Resurge así la lucha de clases en su versión más salvaje, y sobre el rechazo brutal de la élite al pueblo se siembra el camino para que florezca el populismo con el que esa élite tanto se espanta.

El enfrentamiento entre el arraigo y la emancipación no tiene, sin embargo, su origen en la modernidad. De ahí que Delsol estructure su ensayo en una permanente comparación con el mundo antiguo, el otro gran ejemplo de democracia occidental. La autora encuentra allí la raíz histórica de esta distinción, así como del desprecio que provoca en los “pocos” (la élite) el cierre en la particularidad de los “muchos” (el pueblo), incapaces de mirar más allá de sí mismos. Esa es la figura del idiotes: quien pudiendo hacer uso de su inteligencia para acceder a un “mundo común”, renuncia a esa posibilidad y da por verdad única su situación específica y limitada.

Desde temprano, entonces, el pueblo fue identificado con la ignorancia, ajeno a la reflexión sobre el logos y a la “meditación sobre lo que es bueno en sí, no para mí”. Esto explicaría la jerarquía entre el pueblo y la élite: la inferioridad del primero reside en el hecho de no poder escapar (por su pobreza, por su ignorancia, por su vulgaridad) de su particularidad, mientras la élite logra –supuestamente— observar la realidad “desde el punto de vista del logos”, y reconocer de este modo el “bien común”. Ahora bien, mientras la oposición entre élite y pueblo, así como el desprecio de la primera sobre el segundo, se ha mantenido desde los griegos hasta hoy, el concepto de logos –esto es, de verdad— cambió radicalmente con la modernidad. Si antes era una verdad efectiva pero no encontrada, con la Ilustración se creyó hallar esa verdad, y se le asignó un contenido definitivo. Y el idiotes, que para los griegos era el que no estaba dispuesto a abrirse a una verdad disponible para todos, se transforma en un idiota que deliberadamente se niega a reconocer en la emancipación el valor absoluto de la existencia.

Liberación socialista

Para Delsol, entonces, lo nuevo en la modernidad no es la oposición entre el arraigo y la emancipación, o entre particularismo y universalismo, sino la naturaleza de esa distancia, que adquiere ahora un estatus normativo. El arraigo es el resabio que la emancipación busca superar. La historia del socialismo es especialmente ilustrativa de este fenómeno. Definido por Delsol como una de las versiones más acabadas del proyecto ilustrado, en sus inicios éste quiso acercarse a un pueblo idealizado que encarnaba la principal víctima de la historia. El objetivo era acompañarlo en el proceso de liberación de sus propias ataduras. Sin embargo, cuando la clase política descubrió que “las masas no despiertan como se esperaba”, que el obrero quería convertirse en un (despreciable) pequeño-burgués, lo interpretó como una traición. No había allí una resistencia que fuera señal de otras valoraciones, sino la negación al único principio relevante, ya resuelto de antemano. En su dura crítica de la figura de Lenin, Delsol muestra cómo para el socialismo ruso no eran relevantes las aspiraciones del pueblo, sino que éste se sumara a la marcha irrevocable de la historia. “El hombre real, que desea simplemente vivir, se sacrifica a un hombre imaginario dispuesto a borrar su existencia ante la tarea de la revolución total”. Y como no quiso unirse a ella, se lo abandona definitivamente.

Delsol establece una correspondencia –original y particularmente crítica— entre Lenin y la clase política de nuestros días. Los regímenes políticos han cambiado, sin duda, pero no la actitud de quienes dirigen el destino de las naciones, cuyo desprecio por el hombre común y su arraigo se vuelve aún más problemático en el contexto de sociedades que se presentan como democráticas. Es el pueblo, según la autora, quien padece los efectos no deseados del progreso, pero cuando expresa su descontento la ideología emancipadora, en vez de escucharlo, prefiere desacreditarlo, desprestigiarlo. Si el pueblo se opone a la inmigración, la opinión dominante lo tilda a priori de xenófobo y racista; si reclama por leyes que a su juicio atentan contra la familia, se lo presenta como homofóbico o tradicionalista; si rechaza medidas ecológicas contra el cambio climático, es un estrecho; si afirma su identidad, un ensimismado. Y así va apareciendo el “amplio campo semántico” con el cual se construye la imagen de un pueblo retrasado, ignorante y pusilánime (si se usan algunos de los adjetivos recopilados por Delsol), por el solo hecho de oponer al pensamiento emancipador la defensa de lo único que tiene: su arraigo.

El desprecio por el pueblo le parece a Delsol una señal de empobrecimiento y deterioro de nuestras democracias. Y eso es lo que explica que en su ensayo realice una defensa del populismo, de tan mala prensa en nuestros días. La autora logra reconocer en él un fenómeno mucho más complejo que el de líderes autoritarios dirigiendo a masas incultas, estúpidas y desposeídas. El populismo es, en palabras de Delsol, el movimiento que emerge cuando el universalismo se ha vuelto dogma y no admite ya la pregunta por los límites de un progreso que se afirma como irrevocable. Frente a esa ideología, el populismo alza la bandera de la defensa del arraigo, y consigue el apoyo de quienes se identifican con esa causa y experimentan el abandono de una elite incapaz de ver una humanidad “liberada” pero “sufriente”. No se trata entonces de demagogia, de mera protesta indignada, de elevación de caprichos a un programa político irresponsable, ni menos de un proyecto antidemocrático. El populismo, según la autora, aspira a la representación política y demanda a las democracias la ampliación del debate para que considere legítimo aquello que defiende.

Perversiones del arraigo y la emancipación

Delsol, sin embargo, no idealiza ni el populismo ni la defensa del arraigo. En efecto, es muy consciente de los excesos y derivaciones problemáticas de ambos. De hecho, dedica parte importante de su texto a describir las perversiones monstruosas tanto de la emancipación como del arraigo en el siglo XX, expresadas respectivamente en el comunismo y el nazismo. Pero le sorprende que sólo el segundo sea objeto hasta hoy del más profundo rechazo, mientras el comunismo goza de legitimidad a ojos de la opinión ilustrada. La explicación de la autora, una vez más, es que mientras el nazismo encarnó en sus inicios la defensa de la particularidad, el comunismo se identificó con el universalismo al cual las elites adhieren hasta hoy. Y acá aparece una de las afirmaciones más polémicas de Delsol: al nazismo se lo condena no tanto por su criminalidad, sino más bien por haberse afirmado en el arraigo. Cualquier señal o gesto que remita a la particularidad hoy se interpreta como indicio certero de totalitarismo. 

La motivación más profunda del ensayo de Delsol es recordar la necesidad del diálogo permanente entre estos dos polos constitutivos de la experiencia humana. Su crítica radical a la ideología emancipadora, entonces, no tiene tanto que ver con lo que ella afirma, como con aquello que desconoce y rechaza. Una sociedad no sabe vivir mutilada, afirma la autora, y si por terror a la crítica se excluyen las voces disidentes, ellas encontrarán vehículos cada vez más violentos para hacerse escuchar.

Pero no se trata simplemente de poner atención al arraigo para evitar la escalada de insultos y violencia, sino de reconocer allí un punto de vista legítimo y valioso; un juicio que representa mayoritariamente la experiencia de un pueblo que también tiene algo que decir respecto de su destino. En esta tesis reside la originalidad del ensayo de Delsol, y también su principal aporte. Mientras nos encontramos bombardeados de libros que anuncian la “explosión populista” y describen con tono apocalíptico al enemigo paradigmático de nuestras (incuestionables) democracias, Delsol presenta al populismo como el lugar desde el cual se articula la crítica que esas democracias no logran (o no quieren) formular. La defensa de lo indefendible no es, así, otra cosa que un recordatorio –a ratos desesperado— de que la democracia no es nunca un proyecto acabado. Se trata más bien de la búsqueda permanente y dramática por resolver la pregunta de cómo vivir juntos, cuya condición para no paralizarse -y convertirse en los monstruos que teme- depende de la atención y el reconocimiento de todo aquello que siempre se le escapa.