Columna publicada el 04.05.18 en Revista Qué Pasa.

Mario Vargas Llosa regaló al mundo obras que serán leídas hasta mucho después de su muerte. Además, tuvo el coraje, en su juventud, de renegar del socialismo cuando hacerlo era un suicidio político. Por todo esto es que resulta difícil criticarlo. Sin embargo, es un deber: sumarse al aplauso fácil es no tomarlo en serio. Y si les debemos algo a las personas que respetamos, es justamente tomarlas en serio.

Procedamos, entonces.

Vargas entró con fuerza a nuestro debate público a fines del 2017, cuando declaró que la derecha que no apoyaba el aborto era “cavernaria”. Hizo arder las redes sociales. Un día después, el escritor, ahora en calidad de “presidente del consejo de la Fundación Internacional para la Libertad”, estaba entregándole a Sebastián Piñera, que se oponía abiertamente a la ley de aborto, el premio Defensa de la Democracia y la Libertad.

Esta semana el nobel volvió a Chile, y recurrió al mismo truco, pero ahora decidió llamar “cavernaria” ya no a la derecha que se opone al aborto, sino a la que defiende a Pinochet. Derecha que conoce bien, ya que en el consejo de la Fundación Internacional para la Libertad están Hernán Büchi (a quien apoyó públicamente en 1989) y Carlos Cáceres, sin mencionar que esta vez vino invitado por Nicolás Ibáñez, financista principal de la Fundación para el Progreso y La Otra Mirada, y defensor del régimen militar.

El escritor arequipeño llegó, además, con una nueva obra bajo el brazo: La llamada de la tribu. En ella analiza su tránsito desde el socialismo al liberalismo, inspirado por Thatcher y Reagan, y facilitado por autores como Smith, Hayek y Popper. El título hace referencia a una idea de Popper que Vargas describe como “el irracionalismo del ser humano primitivo que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados, quienes nunca hemos superado del todo la añoranza de ese mundo tradicional —la tribu— cuando el hombre era todavía parte inseparable de la colectividad”. Esta identificación del “colectivismo” con las “tribus” le permite reflotar la retórica positivista y colonialista de “civilización o barbarie”, tildando a quienes considera tribales ya no sólo de equivocados, sino de cavernarios, salvajes o primitivos. Esto, a pesar de que en el libro destaca que la tolerancia es uno de los rasgos que más admira de la “doctrina liberal”: la aceptación, nos dice, “de que ella podría estar en el error y el adversario tener la razón”.

El conjunto, hay que decirlo, es desconcertante. El nivel de contradicciones lógicas (entre las cosas que se dicen) y performativas (entre lo que se dice y lo que se hace) de este, el Vargas Llosa político, es brutal. Representa aquel proceder que en otras épocas fue llamado “jesuítico” y que en Chile podría denominarse “embolinante de la perdiz”. Vargas, quien nos previene de las “ideologías”, los fanatismos y la mentalidad tribal, nos visita en calidad de testigo y predicador secular de una “doctrina” cuya “integralidad”, nos dice en su libro, es la única receta para el progreso, esa salvación terrena. ¿A quién viene a predicarle? A su propia tribu de convencidos, en instancias organizadas por la maraña de fundaciones extendidas a lo largo del mundo que se premian y aplauden entre sí, y cuyos miembros se consideran freedom fighters, militantes de “la causa” e intelectuales orgánicos de ella. No hay civilización, nos advierte Vargas, fuera de esa causa: todas las religiones y corrientes políticas que no se adscriban al liberalismo económico y al soberanismo individualista son cavernarias, criminales y barbáricas. ¡Anathema sint! Pero pueden ser perdonadas y toleradas si reconocen que el liberalismo es la única doctrina política y se remiten al espacio privado. ¡Vaya tolerancia! ¡Vaya pluralismo! Uno queda con la impresión de que el autor peruano se desilusionó del socialismo, pero no de su lógica. Y es bien distinto decidirse a combatir fuera de las trincheras, que simplemente cambiarse a la trinchera opuesta.

Su nuevo mensaje contrasta profundamente con su anterior obra política, La civilización del espectáculo, donde construía una fuerte crítica a la tecnificación, racionalización, estandarización y banalización del mundo occidental capitalista, condenando la expansión de la razón instrumental a todas las esferas de la vida y calificando de “engañosa” la noción de progreso. Eso, además de rechazar tajantemente la expansión de la lógica de la farándula, en medio de la cual chapotea ahora con naturalidad.

El dogmatismo político del nuevo texto, de hecho, llega al ridículo cuando nos dice que “el liberalismo es una doctrina que no tiene respuestas para todo, como pretende el marxismo, y admite en su seno la divergencia y la crítica, a partir de un cuerpo pequeño pero inequívoco de convicciones… Por ejemplo, que la libertad es el valor supremo y que ella no es divisible y fragmentaria, que es una sola y debe manifestarse en todos los dominios —el económico, el político, el social, el cultural— en una sociedad genuinamente democrática”. Esto es como decir que el catolicismo es una doctrina sencilla y general, adherible por cualquiera, pues admite grandes divergencias, y luego arrojar el catecismo completo sobre la cabeza del interlocutor.

Por otro lado, en su tránsito por el país, al igual que en otras instancias internacionales, Vargas aduló y se dejó agasajar y condecorar por los mismos que, en teoría, considera “cavernarios”. No sólo por quienes están, por ejemplo, en contra del aborto o admiran a Pinochet, sino por quienes, como Axel Kaiser, han predicado contra la igualdad de oportunidades, que el peruano dice considerar un elemento central de la “doctrina liberal”, y a cuyos opositores califica de “pequeñas pandillas de economistas dogmáticos, intolerantes y a menudo racistas”.

¿Cómo interpretar todo esto? Puede que Vargas simplemente nos esté tomando el pelo. Puede ser que su transformación política haya consistido simplemente en saltar de una trinchera a la del frente. Puede ser que la adulación permanente, el codeo constante con los poderosos y los viajes de lujo hayan obnubilado su entendimiento y apagado su rebeldía. Puede ser que el nobel considere tan malvado y peligroso al enemigo socialista, que crea que todas las armas son legítimas en la lucha en su contra. Pero una cosa me parece segura: el liberalismo de guerra fría que Vargas contrabandea entre agendas “valóricas”, apelaciones al mérito y anatemas moralistas es un equivalente funcional, aunque de signo opuesto, al apolillado e inerte marxismo soviético oficial, y está, con toda probabilidad, igualmente jodido. Camus escribió una vez “durante un cuarto de siglo, verdaderamente los marxistas condujeron el mundo. Pero entonces tenían los ojos abiertos. Hoy lo siguen conduciendo por la fuerza del impulso, pero con los ojos ya cerrados”. Esas mismas palabras parecen describir ahora la situación de quienes fueron los enemigos jurados del marxismo, incluyendo, lamentablemente, a nuestro admirado escritor.