Columna publicada en La Segunda, 12.09.2017

Si nos tomamos en serio las libertades civiles básicas, lo menos que cabe decir es que hay motivos para estar intranquilos. Por mencionar sólo un par de ejemplos, la libertad de expresión puede verse directamente amenazada por el proyecto que penaliza la incitación al odio —no faltan quienes denuncian fobias ante el más mínimo disenso—, y la libertad de asociación se respeta sólo hasta que la cátedra decide censurar ciertos idearios (basta recordar lo que ocurre con la UC).

Sin embargo, nada de esto pareciera figurar entre las principales inquietudes de nuestros liberales, cuyos énfasis van por otro lado: aborto y matrimonio son la cruzada del momento. Sin ir más lejos, en los últimos días algunos de sus más conspicuos representantes nos invitaron —en defensa de esa cruzada— a dejarnos llevar por las encuestas y el «irreversible» curso de la globalización y de la historia. Acá asoma un curioso y paradójico aroma liberal­determinista. Después de todo, y tal como subrayaba Raymond Aron, el historicismo marxista también creía ser un confidente de la providencia.

Todo lo anterior manifiesta un problema más amplio. Para el credo liberal dominante, sólo quienes adoptan un decidido progresismo parecieran calificar como «auténticos liberales». Y esta perspectiva, además de desconocer la multitud de corrientes y variantes del liberalismo —la reflexión política no comienza ni termina con Rawls—, abraza acríticamente una serie de lugares comunes muy discutibles, al menos según el modo en que usualmente se expresan en el debate nacional. Por ejemplo, la pretendida neutralidad ética en materia política y legislativa (olvidando que ambas actividades son siempre directivas y necesariamente suponen una determinada antropología); la invocación del «respeto irrestricto por los proyectos de vida ajenos» como criterio político definitivo (como si  dicho respeto no implicara proponer una orientación válida para todos, y como si su significado estuviera libre de controversias), y el recurso al lenguaje de los derechos como argumento concluyente a la hora de discutir cualquier cosa (asumiendo a priori que la propia postura responde a una exigencia de justicia).

Quizás la mayor dificultad de este fenómeno sea el olvido de las limitaciones inherentes al pensamiento liberal. En términos esquemáticos, para fundar un orden social  necesitamos algo más que libertades. Desde luego, ellas son muy valiosas, pero por sí solas son incapaces de garantizar sus propias condiciones de posibilidad, y más incapaces aún de otorgar sentido o finalidad a la acción humana. Sin duda, hay liberalismos que son conscientes de sus restricciones, como los de Tocqueville, Röpke o Aron; pero otros lo son menos.

Y en Chile ya sabemos cuáles han sido más observados.

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