Columna publicada en La Segunda, 26.09.2017

«En un país decente, una persona que fue ministro o subsecretario de un dictador no puede estar en un gobierno y no debería estar en un programa de televisión». Así, aludiendo a Sergio Melnick, Beatriz Sánchez justificó su inasistencia al programa «En buen chileno». La paradoja es manifiesta: los periodistas no suelen defender la censura, sino la libertad de expresión. Pero eso no es todo.

El problema es más profundo, y Kenneth Giorgio Jackson se encargó de evidenciarlo (y de confirmar que la renovación de la política requiere más que rostros jóvenes). Para respaldar a su candidata presidencial, el diputado Jackson difundió una curiosa analogía en Twitter: «Si eres candidato/a y Krassnoff te invita a programa d Radio desde Punta Peuco y dices q no, por lo q hizo, ¿sería censura?» (sic). Cualquiera sea la opinión que nos merezca Melnick — personalmente no lo conozco, y con frecuencia discrepo de sus análisis—, lo menos que puede decirse es que resulta muy desproporcionado comparar al panelista con un militar condenado por violaciones a los derechos humanos.

Pero tamaña desproporción no sorprende demasiado. En alguna época nos importó la reconciliación, pero ese propósito ya desapareció de nuestra vida pública (y quienes lideraron la transición de lado y lado bien podrían preguntarse por qué). En algún momento entendimos que la condena política y moral era tan imprescindible como insuficiente, pues el debido homenaje a las víctimas también exigía intentar obtener lecciones de lo ocurrido y, por tanto, enfrentar interrogantes incómodas; pero hoy quien se atreva siquiera a formularlas es mirado con sospecha. Y lo más relevante en este caso: en algún minuto comprendimos que, así como hubo muchos —quizás miles— que pudieron hacer más por detener o denunciar los brutales crímenes perpetrados en dictadura, no era sensato asumir una posición unívoca ni sobre los civiles ni sobre los militares que participaron en ella. Después de todo, y tal como dijera monseñor Sergio Valech al ser consultado al respecto en estas mismas páginas el año 2004, «las personas que colaboran con un gobierno buscando el desarrollo humano, social, económico y espiritual de su país hacen bien en procurar desde adentro corregir los errores (y horrores) de injusticia social, corrupción económica, tortura y otros atentados contra la vida, desde el interior al gobierno al que sirven, con el fin de modificar su rumbo».

Aunque la cátedra se resiste a aceptar la ambigüedad y complejidad propia de lo humano, no cabe descartar a priori que algunos o varios de quienes colaboraron con el régimen de Pinochet hayan compartido esa motivación. En rigor, todo esto es parte de nuestro drama. Aceptarlo puede ser difícil, pero es signo de decencia.

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