Columna publicada en La Segunda, 23.05.2017

Aunque parezca paradójico, los denominados sectores liberales suelen impulsar cambios de índole moral y cultural. Si en la presidencial anterior Andrés Velasco promovió el aborto y una mayor flexibilidad en materia de drogas, hoy es el turno de Felipe Kast y Evópoli, con su defensa del matrimonio entre parejas del mismo sexo, adopción de niños inclusive. Pero si nos tomamos en serio algunas tesis propias del pensamiento liberal, la iniciativa -aunque sea bienvenida en Twitter- no está exenta de dificultades.

En primer lugar, conviene advertir su inconsistencia con la creciente valoración del complemento hombre­-mujer. Estos sectores (y no sólo ellos) subrayan la necesidad de transitar desde el antiguo predominio masculino hacia visiones más equilibradas, que aprecien la insustituible contribución femenina. La pregunta cae de cajón: si hombres y mujeres ofrecen aportes diversos y valiosos en las más variadas esferas de la vida social -desde el Congreso hasta los directorios empresariales, pasando por foros y paneles de TV-, ¿por qué el matrimonio y la crianza podrían prescindir impunemente de aquel complemento y aquella diversidad?

El punto anterior remite a una interrogante aún más profunda: ¿cuál es el interés público que exige modificar el matrimonio y la adopción en pos de las parejas del mismo sexo? Esta pregunta tal vez sea incómoda, pero -guste o no- ella emerge naturalmente desde una óptica liberal. A fin de cuentas, para crear instituciones o ampliar la regulación del Estado, esta perspectiva requiere algo más que la sola constatación de intereses privados, por legítimos que se consideren. Quizás a otras visiones baste el recurso a los afectos, pero no a la que suscribe un marcado escepticismo respecto de la ley y el aparato estatal.

Llegados aquí, no faltará quien invoque la importancia de reconocer los diversos estilos de vida. Sin embargo, cabe recordar que una de las premisas fundantes del régimen liberal es precisamente que el Estado no debiera reconocer ningún estilo ni contenido de vida en cuanto tal. Después de todo ¿cómo compatibilizar un reconocimiento de esa especie con la idea del «Estado neutral», característico de las corrientes liberales? Nada de esto es sencillo y, por ende, formular esa clase de preguntas resulta indispensable. Eludirlas conduce a ignorar aquello que en realidad se propone.

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