Columna publicada en La Tercera, 11.06.2014

clase

LA PRESIDENTA Michelle Bachelet ha dicho que existen muchos chilenos que aún no comprenden “en su integridad” la reforma educacional. Según ella, el corazón de esta reforma viene dado por el objetivo de tener, al fin, una “educación pública de calidad”. El mensaje implícito es que quienes se opongan al proyecto gubernamental, son también opositores a una “educación pública de calidad”. Es cierto que el razonamiento es un poco rápido, pero qué va, el debate no está para sutilezas.

Algo de esto sabe Ignacio Walker, que es acusado de herejía cada vez que plantea alguna duda respecto de los proyectos oficialistas. Para la falange, el trago es bien amargo: son indispensables para la foto, pero están excluidos de las deliberaciones importantes. El método es bien parecido al chantaje y busca reducir al silencio cualquier disidencia. Las épocas de borrachera ideológica sólo admiten amigos y enemigos y sospechan de toda moderación (¿cómo dudar del bien que emergerá luego de la reforma?). Sin embargo, es cuestión de tiempo: el péndulo siempre ofrece una revancha.

Pero, ¿no será excesivo hablar de borrachera ideológica? ¿Por qué descalificar así la legítima ambición de mejorar la educación de los menos favorecidos? El problema reside precisamente allí, ya que nada de esto apunta a la calidad, como han admitido los promotores de la reforma. No hemos discutido del estatuto docente ni de los problemas objetivos de la educación estatal ni de la sala de clases; la calidad es la ilustre ausente del debate.

Hasta aquí, el único objetivo es intervenir brutalmente la educación subvencionada -a un costo de varios miles de millones de dólares-, dejando a miles de familias en una incertidumbre bien parecida al desprecio. Y dicho sea de paso, ningún miembro de la elite aceptaría ser sometido a esa incertidumbre ni a ese desprecio. Hay aquí algo de cobardía moral.

Nada de esto es sorpresivo. Este gobierno nunca tuvo programa, sino que se limitó a recoger un conjunto de consignas cuya única virtud es funcionar en la calle. Ahora, el oficialismo se enfrenta a un dilema: o traiciona la consigna -y con ella, al “movimiento estudiantil”- o traiciona la realidad. Por ahora, parece estar optando por lo primero.

¿Exagerado? La semana pasada, el Liceo A-14, de propiedad estatal, tuvo que suspender sus clases por problemas en los baños, que no funcionan desde el año pasado. Se habían instalado baños químicos, pero devuelven las aguas servidas. Las clases quedaron suspendidas hasta el 23 de junio. En el Liceo Miguel de Cervantes -también de propiedad estatal-, el problema son las goteras, pues el colegio se llueve. Son sólo dos ejemplos pedestres, entre muchos otros, de los problemas de la educación que reciben los más vulnerables. Sin embargo, nada de esto conmueve al ministro, que prefiere desembolsar miles de millones para comprar infraestructura a los sostenedores, antes que invertir en mejoras efectivas. Importa poco que los colegios sigan agonizando, mientras la consigna perdure en su pureza impoluta.