Columna publicada en diario Pulso, 17.01.14

manos-juntas1En un minúsculo artículo escrito en 1924 y titulado «Gift, Gift», el antropólogo francés Marcel Mauss resalta la ambigüedad semántica del concepto en las lenguas germánicas, donde aparecía significando tanto «veneno» como «regalo». La razón que Mauss da a esta asociación es que el regalo, en muchos contextos, puede operar como un instrumento de dominación: como el origen de un vínculo desigual entre la persona que entrega algo y la que lo recibe, quedando en deuda. Esto, por supuesto, no quita que el regalo, en otros contextos, se incline hacia la gratuidad, es decir, hacia una acción no principalmente instrumental.

La tensión entre estas dos visiones del regalo obsesionó por largos siglos a muchos intelectuales de Occidente. Si uno revisa los debates en el marco del catolicismo medieval en torno a la usura, por ejemplo, encontrará un intento sistemático por borrar de los préstamos todo interés instrumental, al punto de condenarse la «usura mental» (el deseo de recibir un contra-regalo a cambio de un regalo) como pecado. Solo la «antidora» era permitida: el contra-regalo no obligado y no esperado. El  libro de Bartolomé Clavero llamado, justamente, «Antidora», se dedica a narrar esta historia y reflexionar respecto de ella. El supuesto de fondo de este esfuerzo purificador del vínculo social era, por supuesto, una antropología que concebía al hombre como capaz del bien (la gratuidad), pero débil frente al mal (el egoísmo). Y es justamente esa antropología la que es arrasada por los dolores de parto de la modernidad. Calvino y Lutero, por poner solo un ejemplo, cultivarán una antropología que concibe al hombre como corrompido por completo por el pecado original. Esto, en términos seculares, significa una incapacidad humana para actuar gratuitamente.

Las sociologías ilustradas hacen eco de esta idea al declarar que el vínculo social fundado en la presencia, en la cultura, no existe. La experiencia dramática de las guerras religiosas, en el caso de Hobbes, y de la explotación del hombre en la Revolución Industrial en el caso de Marx, terminan por traducir la tesis de la corrupción radical del hombre a un lenguaje no teológico. La racionalización de los vínculos sociales mediante instituciones diseñadas con ese fin es el único camino, supondrán los modernos, para evitar la pavorosa guerra de todos contra todos. Buena parte del libro «Politización y monetarización en América Latina», de Carlos Cousiño y Eduardo Valenzuela, se dedica a describir este proceso.

Así, en la modernidad, el regalo y la gratuidad desaparecen de nuestro lenguaje. La guerra contra la idea de lo gratuito atraviesa el campo político de izquierda a derecha. Mucha gente de izquierda ve en el don gratuito el signo de la dominación. Por eso no creen que la caridad «privada» exista y consideran que solo algo proveído por el Estado «es gratuito», al no generar vínculo moral alguno.

Mucha gente de derecha, en tanto, suele recalcar que no hay actos desinteresados. Que nada es realmente gratis. Que siempre hay un interés oculto. Así, la frase famosa de «no existe un almuerzo gratis», que en principio se refiere a que siempre hay alguien que paga por la provisión de un bien, es distorsionada hasta convertirla en una proposición moral: «Nadie te dará nada porque sí». El regalo, en este sentido, también se ve como dominación: como endeudamiento. El Estado, en esta visión, «domina regalando las migajas de lo que los burócratas roban a quienes trabajan».

Ambas perspectivas sospechan de la gratuidad. No creen que el ser humano sea capaz de actos medianamente desinteresados. La antropología que sostienen lo niega. Resuelven, entonces, la tensión entre veneno y regalo optando por el veneno.

Un ejemplo nacional de este asunto es el debate entre los hobbesianos de izquierda, como Fernando Atria, y los de derecha, como Áxel Kaiser o Álvaro Fischer. Todos ellos concuerdan, en general, en que las intenciones privadas de los hombres son mezquinas y egoístas, y que la pregunta que debe responder la política es cómo se pueden convertir vicios privados en virtudes públicas. Atria invoca a su Leviatán filantrópico, Kaiser y Fischer al mercado. En el caso de este último, el rechazo a lo gratuito es tan consciente que, echando mano a especulaciones evolucionarias, termina explicando el «altruismo» como simple egoísmo genético.

El problema, como ha hecho ver magistralmente el filósofo y antropólogo Marcel Hénaff en su libro «El precio de la verdad», es que esta concepción del ser humano tiene muy poco sustento: todos los días damos y recibimos regalos medianamente desinteresados que juegan un rol central en nuestras vidas. El espacio para el intercambio desinteresado de ideas, de hecho, constituye lo público. La familia, base fundamental de la sociedad, es principalmente entrega gratuita. Hay una enorme cantidad de personas que hacen algo por otros sin buscar recompensa. Miles de ONG. Infinitas personas de buen corazón que ayudan a quienes lo necesitan.

Nosotros, como sociedad civil, tenemos el enorme y convocante desafío de redescubrir lo verdaderamente gratuito y su inmensa fuerza para resolver problemas. Además, América Latina, si seguimos el argumento de Hénaff, Clavero y Cousiño y Valenzuela, es el continente donde esta dimensión del vínculo humano menos se ha difuminado. Es quizá en este nivel -y no en el Estado o en el mercado devenidos en ideología- donde encontraremos respuesta a los dilemas que enfrentamos. Vale la pena darle una vuelta.